Vía Revista Vice

Decir que David Bowie es un genio es el ejemplo definitivo de la obviedad. ¿Pero como actor? Bueno, es extraño, pero le funciona. El aura etérea de Bowie y su habilidad para ir hecho un cuadro con naturalidad hace que todo forme parte de su persona. Haga lo que haga se sale con la suya.

Bowie hizo su mejor actuación en El hombre que cayó a la Tierra, de Nicholas Roeg. Narra la historia de un alien-Jesucristo un poco anoréxico llamado Thomas Jerome Newton, cuya nave espacial se estrella en medio del desierto de Nuevo México. Newton hace lo que haría cualquier extraterrestre en estos casos: vende su anillo de boda, se toma una copa y hace ver que es un señor inglés. Nuevo México sale más alienígena que Marte, un desierto árido de corporaciones corruptas y sórdidos moteles donde tus únicas elecciones son emborracharte, clavar los ojos en múltiples pantallas de TV y follar de manera extraña y atontada.

Bowie se interpreta a sí mismo perfectamente, como un alienígena perplejo y andrógino: ultra delgado, más blanco que la leche, con su pelo rojo alisado hacia atrás y una serie de trajes chocantes de su propia elección. Bowie había aparecido poco antes en Cracked Actor (vídeo de arriba), un documental de Alan Yentobb rodado en la cima de su adicción a la cocaína. Roeg fue listo y usó imágenes del documental como inspiración para El hombre que cayó a la Tierra, e incluyó el momento bizarro de una mosca flotando en leche. Bowie montado en su limusina, con la paranoia en la trastienda de su mente, también apareció en la película.

Su breve aparición en Twin Peaks: Fuego camina conmigo de David Lynch es exactamente como te la esperas: inexplicable y muy rara. Bowie adopta un acento sureño extraño y luce una camisa hawaiana con un traje oversize blanco y camina por un pasillo tras el agente especial Cooper.

La película fantasiosa ochentera Dentro del laberinto es terrible en casi todo, pero a Bowie casi se le perdona por su increíble transformación en Jareth, el rey de los duendes. Eso sí, la combinación de chollas y camisa de volantes debería estar castigada por al ley.

Pese que hay muchas más pelis que podría haber elegido (en concreto su desternillante interpretación de Andy Warhol en Basquiat, o haciendo de soldado pruso súper sexy convertido en chico de alquiler en el catastrófico fiasco Gigoló), es la contribución de Bowie en el sórdido drama heroinómano ambientado en Berlín Yo, Christiane F lo que nos lo termina de confirmar. Como un rayo de luz en una película tenebrosa, la escena del concierto de Bowie es espectacular.

El Delgado Duque Blanco, el personaje que encarna en la película (un ser vacío que canta canciones románticas con angustiante intensidad pero no siente nada) emerge de entre el humo ante un público extrañamente joven, pregonando su retorno con el tema principal de su álbum Station to Station. Christiane, una preciosa e infeliz Lolita alemana fanática de Bowie, se arrastra entre un público lleno de adolescentes alemanas con mullets y se pierde en los ojos de su querido Bowie cuando él canta para ella.

Bañado en un resplandor de un color sospechosamente sangriento, Bowie parece un dios y Christiane un querubín. Conmovida por su actuación, Christiane escarba en su bolso y saca un par de pirulas. La decisión de Bowie de contribuir con la banda sonora y su propia presencia a la película nos deja atónitos, dada su absoluta crudeza. Que el rock -y en especial la música de Bowie- puede ser la puerta de entrada a una adicción no es que se sugiera, es que prácticamente lo afirma.

La asociación de Bowie con Berlín se convertiría en legendaria, siendo la ciudad a la que huyó en 1976, en lo más alto de su adicción, mudándose al piso hecho trizas de Iggy Pop. Allí grabó 3 discos clásicos con su nombre y participó en otros dos de Iggy Pop no menos clásicos; uno de ellos, The Passenger (del que se dice que se basó en los largos viajes de Iggy en el metro berlinés) evoca la atmósfera visual de Christiane F: las calles secundarias, los lavabos públicos, las casas okupadas, las jeringuillas usadas.

Como muchas de sus decisiones a la hora de hacer películas, lo que al principio puede parecer extraño, e incluso dañino, adquiere finalmente una especial resonancia. ¿Y eso cómo puede ser? Bueno, pues porque es el puñetero Bowie. Por eso.