Cuando yo era chica y recién entraba en la adolescencia, me acuerdo de que en mi casa la marihuana era algo tan terrible como la coca y los upelientos. Los que se fumaban un caño, los frentistas y los que vendían pasta base a los niños eran todos malparidos, sin términos medios. Todos enemigos del éxito y la buenaventura en la vida. En esa época tenía sentido porque todos mis compañeritos que fumaban eran unos notorios sacosdehueas zorrounes, papurris, de la escuela del Chispa (Chispateamo!). Y como yo no sabía que eran pelotudos por otras razones más allá de la marihuana, le creía caleta a mis papis.

Pero después, hace poco, entré a la U y a ese mundo de “oye, pero si todos, todos, toditos fuman”. Y yo pensaba que no podían ser todos, todos. Pero sí, todos fuman, han fumado, fumarán. Hasta el candidato Lorence, que logró salir de Maipúfranjadegaza, dijo una vez que se había fumado un par de pitos en su juventud antes de ser UDI noalasdrogas, noalsexo, noaniunaheá. Y si fumó el hijo putativo del elefante del Jumbo, todos fuman, han fumado o fumarán.

Mi inicio en las fumarolas partió como otra de mis acciones revolucionarias pendejas anti mami y papi. En realidad, nunca le agarré el fanatismo. No tengo pipas, ni un matacolas regalón. Casi siempre los improviso con un pinche de esos negros larguitos, y no tengo poleras ni cuadros, ni tatuajes, ni aros, ni una hueá con una hojita de marihuana que le diga al mundo que fumo. Por lo mismo, nunca tuve a quién comprarle y siempre en los carretes la mano dependía del amigo de un amigo. Con una amiga nos lateamos de la cadenasolidariaporunpito y pusimos una plantita en su casa. Porque en la mía, nicagando.

En mi casa, hablar de marihuana, era peor que hablar de gays, divorcio, no querer casarse por la iglesia o Allende. Porque con todas esas mis papis en algún momento se enchuchaban y me mandaban a la mierda. Pero al hablar de legalización mis papis simplemente me ponían cara de “ya te pusiste jipidemierda pa’ tus cosas” y cambiaban el tema.

Eso hasta hace poco. Hasta que en una comida familiar mi papá me quiso poner de ejemplo de rectitud y me preguntó si había fumado. O dijo algo como “no, no todos fuman. La Cande no fuma”. No me acuerdo bien. Sí me acuerdo que en un arrebato de sinceridad le dije: “sí, yo fumo de repente”. Y mi papá quedó palacagá. Todos se rieron e hicieron como que no pasaba nada, pero a mi papá no le hizo ninguna gracia. Pero como mi papi ya está viejito en añosdemilico, quiso hablar conmigo seria, profunda, y cursimente. Si escucharlo hablarme de sexo había sido terrible, la charla de las drogas fue completamente insoportable. Todo terminó con un “soy la misma de siempre y tú también serías tan milico como siempre si te fumas un caño”. Ese día, yo les juro que volví a creer en el Jebús. Porque mi papi se quedó pensando y al final acordamos que todos, en familia bien constituida y unida, nos íbamos a fumar un pitito chiquitito.

Ese día, ese pulentísimo día, nos tomamos unas cervezas y dios se hizo caño. Mi hermana no estaba muy ni ahí porque nunca le había interesado ni disgustado el tema. Mi papi, yo sé que sí, lo pasó la raja. Mi mami, más cartucha que Carlos Larraín, lo agarraba como si fuera un dildo y se urgió más que la cresta y se fue en pálida. Harto rato después se le pasó y seguimos chupando. Lo pasamos la raja y yo nunca lo había pasado la raja haciendo nada con mi familia.

Y después de eso, igual mis papis, que yo sepa, nunca más han vuelto a probar la marihuana. Como Marcelita Sabat, siguen estando contra la legalización, aunque hayan caído en el pecadocapital de fumar, aunque ya no le dan tanto color. Y ahora, la plantita vive en mi casa (ven po pedeí). Y yo me siento súper rebelde porque tengo una plantita en una casamilica.

Pero en realidad, hace rato, mucho antes de la fumá familiar, había descubierto que toda esa pará de rectitud moral era terrible de mula. Porque en el momento que mis amigosmilicos, y pololospacos de amigas que se excitan con uniformados empezaron a fumar, antes que yo incluso, se quedaron piolita con el tema. En los encuentros formales y oficiales, todos miran para el lado cuando hablan de Matías Vega, porque yo no sé si venderá o no, pero por lo menos no lo pillaron con dos kilos de coca como al sobrinito de Hernancito Larraín.

Tampoco sé como a los jueces, pacos, pedeís, no les da vergüenza sacar a un pobre gil como Matías Vega de su casa esposado, a guatapelá, tapándose la cara cual violador de niños, por andar con marihuana y más encima de la buena. Ni una hueá prensá. No sé si no les dará esa cosa que mi mami llama pudor más encima calificar el operativo más mula desde la detención de Berkhoff, como un “trabajo de inteligencia”. No sé si no les dará una cosita en la guatita después irse para la casa a fumarse sus caños. Y no me digan que no, caritasderaja, que yo he carreteado con ustedes.