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Opinión

22 de febrero de 2013

All Inclusive

Llevo cinco días en un resort All Inclusive de Punta Cana. Mis hijos y sus primos deambulan libremente por sus territorios como los niños de El Señor de las Moscas, o los de La Guerra de los Botones. Al igual que esos pequeños salvajes olvidados en una isla, pueden disponer de lo que deseen sin […]

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Llevo cinco días en un resort All Inclusive de Punta Cana. Mis hijos y sus primos deambulan libremente por sus territorios como los niños de El Señor de las Moscas, o los de La Guerra de los Botones. Al igual que esos pequeños salvajes olvidados en una isla, pueden disponer de lo que deseen sin pagar ni pedir permiso, sólo que aquí todo es más fácil y abundante: los mocosos se sientan en la barra de un bar, junto a alguna de las dos grandes piscinas que pueblan esta especie de provincia independiente, y piden un coco loco o una piña colada, exactamente igual que la de sus vecinos barbones, o las ucranianas despampanantes, sólo que sin alcohol.

Una de las fronteras de este reino es el mar. El asunto es raro y contradictorio, porque desde ese borde la vista se pierde en el horizonte. Basta caminar unos metros por la playa, para encontrarse con algo del país real. Haitianas hablando en creol, reclamándole a un empleado dominicano por echarlas de una orilla protegida, como si fueran orcas, gatos o culebras.

Quienes atienden el resort pasarían del todo desapercibidos si no fueran muchísimo más morenos que los turistas. Los dominicanos, no obstante, llaman “negros” a los haitianos. De los trabajos menores, como en todo el país, se encargan estos fugitivos de la miseria que alguna vez fueron los gobernantes de toda “La Española”. Si Chile se liberó del “yugo” español, República Dominicana se liberó del “yugo” de Haití, la mitad occidental de la isla.

Hoy, si llegan, les recuerdan que fueron esclavos, mandándoles a cortar caña o limpiar baños, todo muy cariñosamente, casi con cuidado, porque los haitianos pueden ser miserables, pero jamás esclavos. Lo último que sueltan antes de morir, es el orgullo. Son bravos; dueños de una dignidad irreductible.

Pero volvamos al All Inclusive. Ahí los empleados hacen alarde de una amabilidad y buena disposición que quizás se deba al encanto de los dominicanos, pero tiendo a sospechar que también a la estricta disciplina que se oculta bajo ese exceso de complacencia. El mal humor está prohibido para ellos. Como sea, a diferencia de lo que sucede en ambas películas, en el All Inclusive la libertad está bajo control. Nada nunca se desborda. La libertad es, para tranquilidad de los vacacionantes, una ilusión. Como el socialismo, como la justicia, como la felicidad que allí imperan. Todo es de todos y a nadie le falta nada… aunque de prolongarse la situación, descubriríamos las trampas, y nos faltaría todo.

Los senderos, de buenas a primeras laberínticos, recorren un jardín de palmeras y otras plantas tropicales. Por ellos deambulan pavos reales, flamencos rosados y ciertas aves enteras negras, salvo la cresta roja, encendida como el último centímetro hirviendo de un carbón que se apaga en la parrilla. Cunden la calma y la abundancia. La alimentación no tiene límites y está siempre disponible. Al interior del resort, hay varios restaurantes: italiano, tailandés, mexicano, grills, internacionales… Viene al caso detallar aquí lo siguiente: en todos estos restaurantes la ambientación es distinta y el nombre de los platos pone la distancia entre uno y otro local que, el sabor, unifica. La comida, en realidad, es siempre la misma, sólo que con distinta presentación.

Al cabo de un par de días es sencillo constatar que aquí se encuentra todo el mundo, pero que este lugar no es ninguna parte. El paisaje es maravilloso y la atención, impecable, mas nadie se queda allí. La perfección que ofrece esconde la condición irrenunciable de partir. Se trata de un negocio efímero. Las ciudades y los pueblos viven de las familias que se asientan y los fundan; estos centros vacacionales, en cambio, viven de las familias que pasan. La fascinación con la pluralidad, se extingue al constatar que no genera convivencia ni puede ser permanente.

Como estoy escribiendo desde el mismísimo resort, desde la habitación 3722, mientras mis hijos juegan “libremente” y en estado de encantamiento con otros niños de su edad, no necesito decir que estoy muy lejos de pretender retratar un infierno vivencial. Muy por el contrario, este All Inclusive cumple sus promesas a cabalidad. Se trata, finalmente, de una ilusión pagada. Una réplica muy bien conseguida de lo que alguna vez invitó a imaginar “La Isla de la Fantasía”, esa famosa serie de televisión protagonizada por Ricardo Montalbán y por Tatú, un enano que lo tuvo todo –fama, dinero y mujeres- hasta que conoció la ruina y se suicidó.

Aquí la oferta consiste, en primer lugar, en la ausencia de problemas (descanso es acá igual a olvido de cualquier dificultad). Todo está pensado para agradar y neutralizar el esfuerzo de sus clientes. Lo consiguen de tal manera, que al cabo de unos días, alguien medianamente sensible constata la importancia del empeño. Es todo tan fácil, que a medida que oscurece y amanece, aburre. Como en la Isla de la Fantasía, el sueño sólo se completa verdaderamente al partir.

Son varias las impresiones que mutan a medida que avanza el tiempo al interior de estos paraísos artificiales: los senderos laberínticos van mostrando sus secretos, y la inmensidad del lugar se restringe, hasta volverlo enigmáticamente asfixiante. El misterio inicial de la infinitud va cediendo terreno a la verdad del conocimiento, y lo que parecía inmenso e irrecorrible, como un cuadro de Escher, muestra sus límites. Su gran escape es el mar.

La inteligencia ingenieril puesta en estos complejos turísticos, es fantástica. Jamás nadie te obliga a tomar tal o cual camino y, no obstante, los residentes de los distintos bloques de departamentos acostumbran dirigirse inconscientemente en la dirección dispuesta por el planificador. De lo contrario, no se entiende esta perfecta dispersión de la multitud.

Ahí es todo agradable, demasiado agradable. El trozo de playa en que desemboca es estupendo, pero si se camina por la arena más allá de los limites del establecimiento, la vida real, como decía, aparece súbitamente. Los haitianos se acercan a ofrecer sus productos, mendigan (como exigiendo), principalmente a los niños, botellas de agua y platos de alimentos (de esos que sobran ahí adentro como el agua en el océano), y los tratan de traidores si acaso roban (es un decir) la comida que les sobra para dársela a uno que no conocían. O sea, los pobres enamoran a los niños culposos, y los pequeños reyezuelos, desde la ventana de sus palacios artificiales, les arrojan las migas del buffet, como si se tratara de monedas de oro. A veces cambian un sándwich o unas botellas de agua por collares o amuletos.

Hay gente de todas partes del mundo en el resort. Nadie mira raro a nadie. Se mezclan ahí adentro tipos de múltiples culturas. La lengua franca es el inglés, aunque nos hallamos en un país latinoamericano. Pequeño, pero el país en que, a fin de cuentas, se fundó el continente. No hablo de primeros habitantes, sino de la cultura que llamamos “latinoamericana”, y en torno a la cual se han construido tantos sueños, tantos discursos, poemas y novelas.

Ninguno habló jamás de un falansterio parecido al All Inclusive, y, no obstante, la región ésa a la que llegaron las primeras carabelas de Colón, terminó traduciendo la maravilla natural al lenguaje de las expectativas del conquistador. Los tainos, o indios Caribe, entregaron como ofrenda el verdadero Edén que poseían, a la publicidad de otro tan vano como inexistente: el caribe de las agencias turísticas, el sol, el deseo, “el dios proveerá”, pagado esta vez con el sudor de vaya uno a saber qué frentes.

La mañana número 4 partí a Santo Domingo, la capital de República Dominicana, el país que no existía para nada en ese recinto neutro y fantasioso. La ciudad tiene lo suyo, aunque podría ser más. Se trata, a fin de cuentas, de la primera ciudad de América. Su centro histórico tiene encanto. La plaza de la Catedral es acogedora. Hay calles con pequeñas casas de colores que trepan las colinas del sector. Quedan pocas casonas verdaderamente antiguas, del tiempo de los descubridores. Cada tanto pasa una calesa tirada por un caballo con pasajeros sin apuro. El ambiente se acelera en las principales avenidas comerciales, aunque nunca tanto.

Santo Domingo tiene su Barrio Chino, con fachadas de pagodas, y de otra parte un malecón, al que miran edificios más modernos, nada impresionante hasta que se llega al Faro de Colón, inaugurado por Juan Pablo II, y donde se supone que están los restos del marino. Es una mole impertinente, una especie de pirámide chata y extensa, un mega mojón de cemento con cierta estética entre egipcia y fiscal, en cuyo muro de ingreso puede leerse la siguiente leyenda tallada: “Ustedes levantarán cruces en todos los caminos y veredas para alabar a Dios. Esta tierra le pertenece a los cristianos. El recuerdo de este mensaje deberá preservarse por siempre”. Debieron explicarme, porque no me di cuenta, que se trataba de una monumental cruz tendida que, ciertas noches, emite unas luces laser que la proyectan en el cielo y atraviesan el mundo.

En Santo Domingo son frecuentes los cortes de luz por falta de energía eléctrica, pero no importa, alimentar el poder de la FE bien vale una noche oscura. Ni los indígenas originarios, ni los que llegaron de África pueden ser dueños de este continente que “le pertenece a los cristianos”. ¡Impertinencia más grande! Nos sobraron más los curas que los piratas. No se sabe a ciencia cierta sin son los restos de Colón los que están en la urna. Su cuerpo trajinó entre la península y América como una carta perdida. Le saqué una foto al papamóvil expuesto bajo un toldo, y emprendí la vuelta al All Inclusive, donde nadie creía en nada, ni sabía dónde estaba, y la falta de cultura, entendiendo por tal la historia, no las emprendía más allá del instante despreocupado.

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