Vía El País

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Atentos a las fechas y a las cifras. Who I am, la autobiografía de Pete Townshend, salió al mercado en octubre de 2012. Tres meses después, me encuentro montañas de ejemplares del libro en una cadena británica de saldos, a la cuarta parte del precio oficial. De 20 libras a 4.99. Eso suena a pinchazo, me digo, mientras pillo varias copias, para mí y para amigos interesados. Sospecho que Who I am no está destinado a las ventas millonarias de Vida, el descacharrante libro de Keith Richards (que en realidad escribió James Fox).

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De principio, me resulta francamente injusto. Townshend lleva escribiendo desde los sesenta: diarios, ensayos, relatos, novelas breves, incluso artículos regulares para el semanarioMelody Maker. En su currículo, debe reseñarse que dirigió una pequeña editora (Eel Pie Books), que invirtió en una librería (Magic Bus) y, esta es la rareza, fue acquisitions editor en la poderosa Faber & Faber. Algo ciertamente único entre las estrellas del rock.

Durante los ochenta, Pete podía alardear de ocupar metafóricamente el sillón que calentó el poeta T. S. Elliott en la misma empresa a partir de 1925. No todos lo celebraron: la muy tory novelista P. D. James torció el gesto ante el intruso. Pete se ocupaba de encargar libros nuevos, relanzó títulos olvidados, rescató a Jean Genet para el mercado británico, le prestó un chalet a Eric Animals Burdon para que pudiera redactar sus memorias. Y todo por una remuneración extremadamente modesta para la horquilla de ingresos en que se mueve una estrella del rock: 7.000 libras al año más un porcentaje de las ventas. Se acostumbró, claro, a enmendar manuscritos, meter tijera, cambiar enfoques-

Así que uno no se explica como Who I am haya salido un libro tan lastimero, tan agobiante, tan plano. No es problema de sinceridad: ninguna figura del rock (o Rock, como él solía escribir) se ha mostrado tan explícita a la hora de detallar sus búsquedas, fueran espirituales, sexuales o artísticas. Sin duda, ahí está uno de los problemas: Townshend lo cuenta todo. Y llena páginas con la intrincada evolución de Tommy,QuadropheniaThe iron man y otras obras extensas, la especialidad de la casa, según evolucionaban de maqueta a disco y, a partir de entonces, lo que aguante el mercado: película, Broadway, musical en gira, versión orquestal, libro de lujo.

Asombra que el literariamente más curtido de  los gigantes del rock se equivoque tanto en la construcción de sus memorias. Cierto que su biografía rompe los esquemas: se reprimió en la vorágine de los sesenta y los setenta, antes de desmadrarse a partir del punk rock. Así que sus años más creativos corresponden con un estilo de vida monacal (“pareces un enterrador”, señala una groupie decepcionada). Por el contrario, la segunda parte de su existencia pública se convierte en un aturdimiento de novias, borracheras, ciegos, derroches, rehabilitaciones y la indignidad de ser señalado como un pedófilo.

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