Foto: Hipercandombe

La obra del argentino Osvaldo Lamborghini, a poco menos de treinta años de que éste haya muerto, ha terminado de llegar a las librerías de Chile: recién hace unos meses arribó el cuarto y último volumen con que César Aira, vía Mondadori, ha recuperado, editado y dado un orden posible a la totalidad de la obra lamborghiniana (exceptuado el teatro), la que dispuso en dos volúmenes de novelas y cuentos (tiene un puñado estomacalmente inolvidables), uno de poemas y otro, entero, dedicado a Tadeys, esa novela o saga novelesca o, mejor, esa empresa novelesca y ganadera de impiedad, derroche y destrucción que, escrita en Barcelona entre mediados y fines de 1983, es considerada, hoy, como el punto más extremo al que llegó el siempre extremo Lamborghini, autor de una escritura que es, quizá junto a la de Fogwill, la salida más radical (explícita pero igual sugerente, sórdida pero no repulsiva) del laberinto de contención, alusiones y síntesis en que Borges dejó atrapada hace medio siglo a la narrativa argentina.

Bolaño se refirió en más de una ocasión a Lamborghini: “A duras penas puedo leerlo, no porque me parezca malo sino porque me da miedo, sobre todo Tadeys, una novela insoportable, que leo (dos o tres páginas, ni una más) sólo cuando me siento particularmente valiente. De pocos libros puedo decir que huelan a sangre, a vísceras abiertas, a licores corporales, a actos sin perdón”. Poco más adelante, y siempre en plan enfático, Bolaño da en el clavo al indicar la inimitabilidad de esa prosa alucinada y alucinatoria, diciendo que quienes sigan su ruta están “condenados a plagiarlo hasta la náusea… a escribir mal, pésimo”. Es que se trata de una prosa cuya sintaxis enrarecida y cuyos quiebres lógicos pueden recordar, por avecindarlo en Sudamérica, al brasileño João Guimarães Rosa o, incluso, a César Vallejo.

¿Cómo leer hoy, 2013, en Chile, a Lamborghini? Una buena forma puede ser “sin más”, es decir, leerlo sin otras consideraciones que aquellas que, ya obtenidas, es imposible ignorar (por ejemplo que es argentino y que es pródigo en cadáveres), pero desentendiéndose del aparataje analítico e interpretativo que lo ronda y que intimida o puede hacerlo. Ya es suficientemente intimidante el volumen y el espesor de esta obra. Los cuatro volúmenes –más de un kilo, y otro kilo entero puede agregar quien se interese por la minuciosa biografía del autor escrita por Ricardo Straface (Editorial Mansalva, 2008)– no sólo permiten sino que merecen ser leídos sin predisposiciones, y también por cierto sin el miedo del que hablaba Bolaño, el que hay que entender, pienso yo, en sentido hiperbólico, como una invitación o tentación a la lectura que funciona de manera análoga a cómo la promesa de un cuento terrorífico interesa a los niños. Llevo un tiempo leyendo algunos relatos y poemas, y también Tadeys, que por supuesto se puede leer en tiradas de más de dos o tres páginas, aunque la lectura integral sea, en verdad, ardua, angustiosa, incluso dañina, quizá imposible. Pero la incompletitud es parte del proyecto de Lamborghini o, al menos, de las licencias que un lector que emprende su lectura se puede, o debe, tomar.

Material infinito para tesistas, pegada media con moco en el medusario del neobarroco latinoamericano, la versátil obra de Lamborghini, Tadeys muy específicamente, resiste –ha resistido– tales embestidas y reducciones y de seguro irá, lento pero firme, ganando espacio entre lectores como ya lo ha hecho entre críticos y escritores, aunque no creo que vaya a ser nunca un autor masivo. También hay que decir que su crueldad, el libre curso que da a la perversidad, el protagonismo de la fisiología, de la genitalidad, y su condición febril, nebulosa e impía, todo esto demanda otro tipo de lector, un lector intrépido, sensible a la belleza que la violencia extrema hecha texto puede deparar, y atento a los alcances que puede tener. Es como si el narrador de Lamborghini, sucio, amenazante, tratara al lector con gentileza afín a aquella con que, en el inicio de Tadeys, unos “ociosos” tratan a un borracho que circula: “Vení, vamos detrás de la arboleda, si el esfínter te lo pide, vení, barquito, hoy te cargaremos carne por la popa, al abrazo de las tormentas, atracado en el puerto”.