A sus heroínas les daban tanto asco los a menudo horrendos paisajes de pueblo chico como los galanes en general y sobre todo aquellos que olían a tinto sureño. Nada raro que se las viera enjabonándose enteras o enjuagándose insistentemente la boca, escandalizadas por la visión de una letrina provinciana o por el gusto atroz de un beso con lengua. Al paso que se iba restando del amor libre y de la farándula literaria, Gloria Montaldo retrataba a Mulchén de una forma que hoy dejaría a Yerko Puchento y a Jaime Mañalich como regionalistas convencidos.

Hija de un soldado proclive a Balmaceda, la autora se obstinó en prescindir del repertorio de virtudes que en estos días suelen atribuirse a las descendientes de uniformados: no fue “cercana” ni se vistió “con estilo”; careció de “liderazgo”, desconfió del “carácter” y redactó bellos párrafos contra el uso y el abuso de palabrotas. A principios de los 50, cuando Enrique Lafourcade la incluyó en su “Antología del nuevo cuento chileno”, destacándola allí por su diestro manejo del poema en prosa, pareció que a la larga brillaría. En el resto de su vida y de su obra, sin embargo, no se registraron incidentes más espectaculares que algún novio gorrero, la confección de una sortija de pasto y el eco de las pisadas en una pensión pobre.

Quien naciera en Valparaíso y se graduara de maestra secundaria con una tesis sobre el Falstaff de Shakespeare, tuvo como modelo vital al rostro “feo y áspero” de Alfonsina Storni. Sus alumnas porteñas la llamaron “Miss Gloria” y en los campos de Quilaco, Los Ángeles y Negrete se la tuvo por excesivamente “allecahue”, es decir, pituca, melindrosa o a todas luces, cartucha. Por las riberas del Biobío quiso incentivar el estudio del inglés, la sinéresis y la lírica criolla, pese a la nula complicidad de unos pupilos que apenas conocían el abecedario y la peineta, así como de las gallinas y los pavos que acostumbraban colarse en su sala de clases. Habiéndose impregnado acaso de ese ambiente que consideraba insignificante y monótono, Montaldo fue construyendo una literatura cuyos principales acontecimientos (saludar al portero, tomar agüita de tilo, tejer un chal, bajar las notas, dirigir una reunión de apoderados) distaban mucho del frenesí capitalino que ella misma admiraba. Acerca de Mulchén o “Villa Florida” –como nombró a esta comuna en uno de sus libros– hizo tanta alharaca novelesca que los nativos estuvieron a punto de declararla persona non grata. Sus ojos imperiales sólo estaban aptos para ver moscas y ratones en cuanto el tren comenzaba a moverse desde la Estación Mapocho.

De puebluchos tediosos y de pasiones reprimidas se alimentaron los pocos versos que publicó. En “La entretención de rimar”, de 1983, insertó también una especie de making off poético donde describía el contexto de sus melancólicas creaciones. Habían inspirado a Gloria –de acuerdo a su testimonio– un colega angelino que se casaba con una más joven, el hartazgo de un domingo en cierta plaza aldeana, un adonis que se enfermaba de tisis, un pretendiente que se moría de nefritis y el duelo producido por un pololeo traidor. Casi idéntico temario llenó las 166 páginas de su primera novela, titulada “De otra arcilla” y publicada por Editorial Zig-Zag hacia 1960. El título aludía a la muy distinta ralea de quienes vegetaban en provincias (seres copuchentos, borrachos, a veces turnios o con granos en la cara) y de los sujetos que provenían de la metrópoli (por lo común al día en materia de cortes de pelo y de estrenos cinematográficos).

Diana Solar, protagonista de aquel relato, luchaba por mantener su discreción y sus buenas maneras mientras las demás profesoras hacían cola para inducirse abortos y las colegialas mostraban signos inequívocos de lesbianismo: algo de barba, menstruaciones irregulares y trabajos manuales por completo exentos de femineidad. Recordwoman de la abstinencia, mala para el baile y sin mayor currículum erótico que un par de amigos gays y una miradita con alguien que después se transformaba en cura, la inexperta Diana caía rendida ante los encantos del profe de historia y por él incurría en pecados irredimibles, como encerrarse juntos a ordenar una biblioteca o “arder de deseos de tomarnos las manos”. Ni el tufo ni los constantes desaires de ese tenorio pueblerino bastaban para que Diana renunciase a una ideología capaz de enfurecer simultáneamente a Carrie Bradshaw y a Simone de Beauvoir. Las mujeres –a su juicio– siempre necesitarían el apoyo de un hombre y para la casa habían sido creadas. Y aunque el decoro obligaba a trancar la puerta de la pieza de soltera y a pegarle codazos al que se pasara de listo en el teatro, Diana desarrollaba una conmovedora habilidad para conocer el pensamiento de su macho: “Lo nuestro llevaba visos de ser serio”, “nos queríamos, pero disimulábamos”, “teníamos muchas ganas de vernos”, “yo temblaba y él debe haberse sentido igual”.

Miss Gloria no logró inscribir su nombre en compilados de narrativa femenina como el de Patricia Rubio. Tampoco alcanzó a despuntar en el Diccionario de Autores de la Octava Región, que sí le concedió un espacio a su hermano Caupolicán, defensor del entorno campestre y acérrimo enemigo de los pseudointelectuales de Santiago. El elogio de Lafourcade fue insuficiente para integrarla a la generación del medio siglo, quizá porque su obra sonaba demasiado local en tiempos de siutiquería cosmopolita. Este desajuste pudo solucionarse cuando Gloria editó “La máscara inevitable” (texto cuyos personajes, de nuevo miembros del magisterio, se aventuraban por Colombia y Venezuela) o cuando algunas estrofas suyas aparecieron en una revista de Mozambique, pero en definitiva primó el dato doméstico y la ponderación de sus crónicas impresas por un diario de Osorno o de su merecido triunfo en los Juegos Florales de San Fernando. A los críticos nunca los puso en llamas, y la verdad es que nadie consiguió vislumbrar sus probables parentescos con el unheimlich psicoanalítico o con las teorías cronotópicas de Mijail Bajtín. Tildada de “sencilla”, “pudorosa” y “limpia”, Gloria Montaldo dejó líneas sobre una mujer que prefería no figurar en los créditos de la comedia humana, y que de noche todavía se soñaba en Mulchén, jugando al tablero chino o corrigiendo pruebas con un monstruoso lápiz rojo.