Columna: “Ahora, ahora por fin es el momento”

En la noche del viernes 4 de septiembre de 1970, el médico socialista Salvador Allende, celebraba su victoria hablando desde el balcón de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, en la Alameda. Pocas horas antes, millones de personas habían concurrido a votar dándole un triunfo histórico. Al día siguiente, el memorable periodista Gato Gamboa titulaba en El Clarín: “¡Allende Presidente! El Pueblo Arrasó en los Reductos Momios”, y esa misma tarde el vespertino de izquierda, Noticias de Última Hora, editorializaba alabando la participación popular, afirmando que: “no habría sido posible esta victoria sin una conducta consciente de las grandes mayorías”.

Para conseguir esa victoria, la izquierda chilena había dado una larga lucha universalizando el voto para crear un sistema electoral legítimo. En los años 30 había logrado que las mujeres pudieran sufragar en las elecciones municipales y en 1949 en las presidenciales. Asimismo, en 1958 se implementaba la cedula única electoral que puso fin al cohecho. Este proceso permitió a Chile poseer la más sólida democracia de América Latina.

Hoy es la noche del domingo 15 de diciembre de 2013, han pasado 43 años desde aquel viernes en que un socialista ganara por vez primera la presidencia de Chile. En este instante en un escenario de la misma Alameda, las personas que han elegido presidente de Chile a la doctora socialista, Michelle Bachelet, oyen su discurso y festejan con banderas chilenas y partidarias (socialistas, comunistas, demócratas cristianas y ppd). La victoria por más del 62% es nítida, no ofrece dudas: puede llevar con dignidad y legitimidad la piocha de O’Higgins como jefa de Estado.

Sin embargo, un problema serio ha quedado patente en estos comicios, ya que alrededor del 60% de las personas habilitadas no fue a sufragar. Se ve claramente que a un sector importante de la población no le interesa participar en política.

Este fenómeno lleva varias décadas incubándose. Después del golpe de 1973 la dictadura militar inició una política sistemática de eliminación de los partidos políticos y de sus militantes, denostando a la política como una actividad reprochable, y a la democracia como responsable del caos marxista. Pese a esta estrategia, una alta participación en el Plebiscito de 1988, puso fin a la dictadura. Se inició, entonces, el periodo de “la transición”, que consistió en la legitimación del sistema neoliberal, bajo un esquema de democracia binominal. La gente aceptó esta salida y mostró complacencia porque la otra alternativa, la de la lucha armada, había sido derrotada en 1986.

Más o menos desde fines de los años 90 comenzó a manifestarse un fenómeno que se materializó en la negativa de los jóvenes a inscribirse, provocando el envejecimiento del padrón electoral, y con ello la deslegitimación del sistema binominal. Para atacar este problema, después de años de discusión, se aprobó una reforma electoral con inscripción automática y voto voluntario, que ha hecho crisis en estas elecciones por la baja participación, especialmente, de los jóvenes, con lo que el fenómeno iniciado hace décadas se sigue acrecentado.

En los años próximos la presidenta electa tiene la oportunidad de gobernar para las mayorías, haciendo las transformaciones estructurales que el país demanda (nueva constitución, educación gratuita y de calidad, reforma tributaria), haciendo de la política una actividad noble y digna. Hacer lo que se ha prometido será el primer paso para reencantar a esos millones que en este domingo, a diferencia de aquel viernes de 1970, decidieron quedarse en casa. Que como dice la presidenta electa: “Ahora, ahora por fin es el momento”. ¡Que así sea!

*Historiador

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