“Ustedes van a estar aquí. Yo les voy a dejar un consejo y me van a escuchar. Están trabajando de este lado, van a trabajar más después…Yo voy a dejar bien cerrado para que no los saquen de aquí. Después van a adueñarse de aquí los de Endesa que se llaman, ustedes no los conocen, pero después van a llegar. No dejen ustedes su campo aunque le ofrecen oro, de todo. No dejen su tierra”. Esas fueron las palabras de don Segundo Quintremañ, padre de las ñaña Berta y Nicolasa, las emblemáticas guerreras que defendieron por casi una década su rio Biobío como le gustaba llamarlo.

Diminuta, morena, bilingüe y con sus profundos ojos negros como de Cóndor, la papay Nicolasa fue emblemática en la resistencia del pueblo Mapuche ante la nueva desposesión territorial que sacudió a nuestro pueblo en la década de los 90’ por el neoliberalismo corregido de la Concertación. Sin duda que su lucha fue clave en la mapuchización de las generaciones de militantes que decidieron comenzar a rebelarse a fines de esa década ante los atropellos del Estado, ahora a nombre de la modernidad.

La construcción de ese tremendo muro de concreto en Alto Biobío, ejemplificó la intransigencia del modelo, de una clase política miope y empresarios dispuestos a todo para lograr sus objetivos. En cierta medida, Ralco y su antecesora Pangue, nos demostraron a los Mapuche que nuestros derechos como pueblos estaban supeditados al desarrollo económico del país.

Pero las papay Quintremañ ejemplificaron algo políticamente incorrecto en tiempos de consumismo: que no todo tiene un precio. Como lo dijo ella misma en un 12 de octubre de 1998, “nosotros no nos saldremos de nuestras tierras, la tierra es nuestra madre y está viva, nosotros la defenderemos y pelearemos hasta el final por ella, nuestra tierra no tiene precio”. Sentenció. Un año después, volvió a recordarle a la sociedad Mapuche que la riqueza nuestra está en la “propia tierra, en nuestra montaña y ríos”.

Varias humillaciones pasaron las ñaña en su denuncia ante tremenda injusticia. Una de las más recordadas ocurrió el 25 de octubre de 1998, en el gimnasio del pueblito de Chenquenco donde habían sido convocados los Pehuenche a una reunión con el gobierno y Endesa, para convencerlos que con la transnacional su vida mejoraría y la pobreza terminaría. Astuta la ñaña Nicolasa también fue y pidió hablar para denunciar aquella mentira, los concertacionistas le cortaron el micrófono y dieron por finalizada la reunión. Mayor impotencia es ver las imágenes de la junta de accionistas de Endesa, donde las Quintremañ con sus nerviosas manos sostienen el micrófono en medio de los abullecheos de los millonarios propietarios. La ñaña Berta solo alcanzó a decir: “estamos reclamando lo propio…que no nos pisoteen”. A lo lejos, la risa sarcástica de los dueños de Endesa. Hoy, hasta El Mercurio la denomina “ícono de la oposición a Ralco”.

Si existe una columna vertebral para comprender la radical protesta que ha tenido que afrontar el “Modelo chileno” bajo una reemergencia indígena, aquella es la resistencia a Ralco. Desde piedras en el camino, enfrentamiento a palos con carabineros, marchas civiles a los principales centros urbanos y camiones incendiados, el pueblo Mapuche ocupó distintos mecanismos para evitar la pérdida de esos legendarios territorios. Penosamente, el gobierno de Ricardo Lagos logró vencer en esa batalla y durante el 2003 ya la construcción de la represa era un hecho.

Durante el año 2002, literalmente solas y cansadas, las papay Quitremañ pactaron con Endesa y el gobierno. El contexto político para el movimiento más radical también era desfavorable, ya estaban siendo procesados por Ley Antiterrorista los Longko Pichun y Norín, comenzaría el juicio Poluco y Pidenco y Asociación Ilícita Terrorista. Ese mismo año, por un balín metálico disparado por carabineros acabó con la vida del joven Edmundo Alex Lemun. En ese retroceso sociopolítico, las emblemáticas opositoras a Ralco también fueron doblegadas. Marcando una importante derrota política para el movimiento.
Cerca de doscientos millones de pesos pagó la trasnacional por las tierras de ellas, nunca quisieron venderlas, pero no podían hacer mucho más frente a la poderosa empresa. Para aquel tiempo, todos los acuerdos políticos acordados en Nueva Imperial (1989) -como reconocimiento constitucional o el 169 de la OIT- eran inexistentes. No quedaba otra forma para lograr resistir que la movilización Mapuche. No obstante, posiblemente de estar ratificados, de igual forma Ralco se habría construido, como quedó demostrado con la salida de los Directores de CONADI que también se opusieron al proyecto. “¿Chile puede renunciar a construir centrales hidroeléctricas?” se preguntaba en 1999, en ese entonces el Presidente Frei, para recalcar: “es la única reserva energética que tenemos”.

Con todo, las papay guerreras, no sólo negociaron sus tierras. También pactaron con sus enemigos la libertad de los presos políticos Mapuche encarcelados en la cárcel de los Ángeles, entre ellos, el Longko Antolin Curriao. Pidieron el fin de los procesamientos judiciales a los activistas y Mapuche por las batallas de Ralco, y exigieron la creación del Municipio en Alto Biobío. El mismo que hoy ha decretado duelo comunal por su fallecimiento.

Cebadora de mate con agua hirviendo, para la papay Nicolasa, la lucha por la tierra no era para su propio beneficio, sino, para las generaciones posteriores. Como lo dijo ella misma en una entrevista, “uno cuida la tierra pa’ los nietos, pa’ los bisnietos”. Ese es el legado que nos deja sin duda uno de los personajes más importantes de la historia del segundo ciclo del movimiento Mapuche contemporáneo, que la tierra es la base material de la autodeterminación, que la dignidad no se transa y que luchar por lo que pelearon los más antiguos, es un deber continuarlo. Respeto eterno ñaña Nicolasa en su vuelo de Cóndor que parte a las cumbres nevadas de su Alto Biobío.