Con montones de lata calcinada acumulándose sobre las veredas; olor a tierra, arbustos y caucho quemado; militares armados en cada esquina; y helicópteros con bolsas de agua colgantes sobrevolando muy cerca de un monte repleto de chatarra, el cerro La Cruz de Valparaíso es lo más parecido a un campo de guerra tras un bombardeo.

A poco más de 40 horas que grandes llamaradas de fuego arrasaran con lo que estuviera a su paso, los rastros del incendio perfecto que conmociona a Chile se repiten en las miles de caras jóvenes que ayudan cubriendo casi todos sus rincones.

Dos días después del fuego vivo, el cerro que desemboca en avenida Francia está repleto de voluntarios de caras carbonizadas. Son tantos y tantas entre los damnificados que a ratos llegan a impedir –pala al hombro, rescatando gatos y perros y ofreciendo ayudar en lo que sean- el libre paso de camiones que suben y bajan a punta de bocinazos hacia el plan.

Desde el paradero 7 de La Cruz hacia arriba hay poco espacio para las lamentaciones: la reconstrucción no es algo nuevo y hay que despejar rápido lo que no sirve y sacar la basura tostada para comenzar a imaginar cómo edifican una vez más la vida que les tocó y que quieren seguir llevando en las alturas del puerto principal.

Entre los escombros, una vereda ensanchada de El Vergel recuerda a los muertos de hace seis años en el mismo sector. El 14 de enero de 2008, el fuego consumió 101 casas por completo, dejó 9 con graves daños y se llevó a cuatro personas, incluido al bombero Gabriel Lara Espinoza, mártir de la Cuarta Compañía de Bomberos de Valparaíso.

Ayer, con la emergencia y la prioridad de retirar la basura lo antes posible, pocos fueron los que repararon en la piedra roja y las dos placas que recuerdan a los fallecidos de ese entonces. Solo una persona puso flores frescas tras el monolito que conmemoraba la tragedia que los dejó en la calle al igual que hoy y que nadie pensó que iba a volver a pasar.

Sergio

Quince años tenía Sergio Flores cuando vivió su primer incendio en el cerro La Cruz. Dice que no tuvo tanto miedo, pero sí una frustración enorme por no alcanzar a salvar al Rolo, su perrito de ese entonces. Un incendio por vida es lo que uno podría entender que le tocaría enfrentar a cualquier ser humano, de no ser bombero.

Pero a Sergio le tocó de nuevo. Ahora con 21 años, una hija de uno y medio y una casa nueva ayudada a levantar con un subsidio, que ampliaron con el esfuerzo de sus padres, las llamas volvieron a dejarlo sin techo.

“Pensamos que nunca iba a llegar algo pacá, si nunca antes llegó. Más encima uno cree que ya, una vez puede pasar, pero no dos po. Y mire, quedó la pura cagá”, dice el hijo mayor del matrimonio Flores Zeguel.

Eso sí, Sergio dice que éste incendio, el que consumió por segunda vez el hogar de su familia, no se pareció en nada al otro. Éste, cuenta, no quería parar y parecía que se agrandaba al tirarle más agua.

De su cuadra, las calles que van por la calle Francisco Ruiz Tagle, se salvaron solo las ubicadas abajo de una cancha de baby fútbol, que sirvió como cortafuego.

“En cualquier lugar uno corre riesgos, pero acá podrían talar esos árboles pa que no se expanda. Porque uno es de aquí y no piensa moverse. Yo nací acá y no me quiero ir. Si pudimos una vez, podemos dos veces. Ya no se puede hacer nada, pero queda tirar parriba, nada más”.

La madre de Sergio, Teresa Zeguel, apenas pudo recuperar el anillo de matrimonio. De la pieza de él se salvaron dos televisores, aunque aún no sabe si se dañaron igual con el fuego.

“Yo estaba cagao de miedo, no como la primera vez, pero ahora no sabía qué chucha hacer. Uno no podía ni caminar, no se podía ni respirar, ni nada por el calor. Nos costó caleta estar arriba, perderlo todo y tirar parriba’ pa que se queme todo de nuevo… Lo bueno es que no le pasó nada a nadie”, dice.

O casi: el abuelo de su ex pareja, Raúl Retamales Godoy, fue reconocido ayer entre los escombros de su casa, pasada la quebrada. Pero Sergio dice no haberlo conocido y siente más por como murió: inválido y envuelto en llamas.

Sergio se quedó con lo puesto, tres mil pesos en la billetera y su celular. Dos medallitas que cuelgan sobre su cuello, una de ellas con la cara de su hija grabada, se salvaron dentro de un joyero. Pero el dinero que tenía bajo el colchón se quemó.

“No estoy así por la plata. Estoy triste al máximo porque era lo de mi papá, lo de mi mamá y mira como quedó. La vez pasada teníamos pa comprar casa en villa alemana, pero yo no quería irme, mi mamá tampoco. Acá nos conocen todo, nos cuidamos entre los vecinos y acá nos vamos a quedar”, cuenta.

Luis

Luis Muñoz termina de barrer el primer piso de su casa, ubicada en la esquina de Picton y El Vergel. Era más chica que la que tenía antes del subsidio, pero era de concreto, lo que suponía podría salvarla en caso de que, por los azares del destino, el fuego nuevamente llegara a su puerta.

No fue así. A sus 66 años, le tocó ver por segunda vez cómo las llamas se llevaban todo lo que tenía. “Me tocó con la misma mano que antes: la de los carboneros”, dice.

Luis está convencido que esta vez, como en otras dos oportunidades –incluida la que terminó con su antiguo hogar- el incendio fue provocado por carboneros o ladrilleros irresponsables que trabajan en el cerro.

Incluso apunta a Miguel Ángel Pino Lastra, el joven analfabeto que fue acusado y después absuelto del incendio de 2008 y que confesó haber trabajado en hornillos de carbón vegetal en la parte baja del cerro La Cruz hace un año, cuando otro siniestro consumió 39 casas de esa zona.

“Está prohibido hacer carbón pal cerro, pero lo hacen igual porque nadie los vigila. Son los mismos. Dos veces lo hizo el mismo chiquillo, que tenía 15 años cuando fue el primero. Pero a los quince años uno sabe todo, lo bueno y lo malo”, cuenta.

Muñoz reclama incluso que hubo tiempo para detener el incendio. Dice que llamó temprano cuando apareció la columna de fuego. “Le dije a mi hija que con el viento que hay esto no lo van a parar. Eran unas lenguas que pasaban así por arriba. Si nos salvamos todos, menos dos gatos que están en la veterinaria”, dice, agregando que para más remate los carros bomba subieron por un camino que no daba donde se quemaban los pastizales.

Sus críticas no paran. Dice que ahora no sirve de nada poner cuatro helicópteros cuando uno se queda con lo puesto. Hoy tiene un terreno lleno de chatarra y el esqueleto de un segundo piso de fieros derretidos por el fuego, además de las zapatillas grises, el pantalón verde y la camisa roja que hoy ocupa casi totalmente desabrochada.

“Nunca había visto un incendio como ese y eso que ya perdí una casa. Yo creo que éste lo superó todo, con la cantidad de casas afectadas. Esa vez incluso murió un bombero”, recuerda sobre el siniestro anterior, del que les costó varios años salir adelante.

Sin embargo, mira el horizonte con optimismo. Dice que ya se pondrán de acuerdo con su hijo para ver qué hacen, pero asegura que de ese terreno, no lo moverán. “A toda la familia se le quemó la casa, no quedó ninguna con un techo bueno, pero nos quedamos. Si somos de acá, a dónde más vamos a ir”, dice.

Ramón

Como pensionado de Capredena (Caja de Prevención de la Defensa Nacional), Ramón Romero (72) hizo los trámites del siniestro ayer por la mañana, para intentar que un seguro contratado le devuelva parte de lo que perdió.

Se cumplen tres días del siniestro y sigue confundido. La casa de al lado, del frente, de la esquina y la del otro lado se quemaron, además de la suya, pero no la ampliación de su hija, en el fondo del terreno del 763 de la calle El Vergel.

“Yo vi que empezó en el Camino de la Pólvora, tiró por ese lado de la quebrada, por abajo, y agarró todo. Pero nunca creí que me fuera a quemar la casa de nuevo”, dice, resignado, encogiendo los hombros.

Cuenta que antes de que llegara el fuego a ese sector del cerro, su nieto le dijo que salieran arrancando. Desde las torres de más arriba vio cómo avanzaban las llamas. “Después hubo mucho humo y nos fuimos corriendo y corriendo hasta que nos fuimos hasta Villa Alemana”, cuenta.

Dice que dejó todo cerrado con llave, igual que hace seis años. En su casa aún hay vestigios del incendio anterior: el piso del hogar hoy calcinado se paró sobre la loza de 12 metros de largo por 7 metros 50 de fondo que tenía antes del incendio de 2008.

“La cocina era más grande, pero con el subsidio levantamos esta. A todos nos dieron por igual. Pero esa vez eran cajas de madera, parecían cajas de fósforos. Y ahora nunca pensamos que nos iba a pasar esto. Yo nunca pensé que podía pasar algo así”, dice.

Ramón cuenta que aguantó el terremoto sin ningún problema pero que ahora capotó. Muestra las grietas en el concreto que da hacia el quemado antejardín e indica los arreglos que él mismo le había hecho: una reja de fierro sobre la puerta de la cocina, una puerta de seguridad en la entrada principal, las protecciones de las ventanas y el respaldo de la escalera al segundo piso, que había puesto hace menos de un mes.

“También atrás le puse cerámica al baño hace apenas unas semanas. Pero con el calor también capotó”, algo parecido a lo que ocurrió en 2008, cuando perdió también todo lo que tenía en su hogar.

Ahora, su casa demuestra el lamento y la impotencia de lo sucedido. Su hijo tenía una casa en el patio trasero, que también desapareció con el fuego. Solo la de su hija, pegada al fondo del terreno, fue la que se salvó. “Nadie sabe cómo, pero no tiene ni un rasguño. Ahora nos quedamos ahí”, dice apuntando a una construcción de dos pisos que parece no tener ni una mancha por las llamas.

Ramón solo contempla su hogar y apunta los detalles que pensaba hacerle. “Vamos a ver si nos dan de nuevo el subsidio, si nos ayudan o si se puede arreglar esta. Va a tener que venir el técnico de la municipalidad y ver lo que quede bueno para repararla. Lo demás lo hago yo”, comenta.

Dice haberla tenido bien “amononada”, para que estuviera “como corresponde”, pero que ahora no hay mucho más que seguir luchando. Al igual que Sergio y Luis no piensa irse del lugar donde ya perdió dos veces su hogar. “Estamos todos vivos, lo material se recupera de a poco”, dice.