A lo largo de su carrera, el premio Nobel de Literatura de 1982 alcanzó este objetivo con éxito: no solo el recurso de su descripción cautivante será reconocido, sino su capacidad de crear personajes inolvidables a lo largo de sus novelas y cuentos.

Muchos nombres pueden ser incluidos en esta lista: José Arcadio Buendía, Rebeca Montiel, la Mamá Grande, Sierva María de todos los Ángeles, Esteban, el ahogado más hermoso del mundo, Graciela Jaraiz de la Vera; personajes que reflejan la diversidad de un país, de un continente, y que Gabo creó de su mano armado solamente con una máquina de escribir e imaginación.

Aureliano Buendía

En el libro “El olor de la guayaba”, García Márquez afirma que el mítico coronel está inspirado en la figura del militar y político colombiano Rafael Uribe Uribe, quien, como el héroe literario, “perdió todas la batallas que emprendió”.

Sin embargo, Aureliano Buendía es tal vez el personaje donde más puso Gabo su propio pellejo, su historia, su alma: el coronel sublevado es en muchos aspectos el único que contiene a García Márquez, el niño que se asombra al conocer el hielo, que se recluye en su casa para hacer pescaditos de oro (en el caso del escritor, escribir monumentos literarios como “Cien años de soledad”), en el personaje histórico que quiere ir por mil batallas.

Además es el nombre que más cita en sus otras novelas: está en “La hojarasca”, en “El coronel no tiene quien le escriba”, en “La mala hora” y posteriormente, cuando borra a Macondo de la faz de la tierra, lo rescata de nuevo en “Crónica de una muerte anunciada”.

Pero más allá de su relación sentimental e íntima, el coronel Aureliano Buendía es quien sufre en mayor proporción el rigor de la soledad: no puede expresar sus sentimientos de amor, ni a sus amantes ni a sus hijos y termina recluido en la casa hasta su muerte.

Y entonces, cuando llega el momento de partir -orinando en el castaño de la casa-, Gabriel García Márquez siente que algo de él se quedó allí, en ese momento. Como lo admitió en una entrevista, fue el personaje que más le costó matar cuando estaba desarrollando la novela: “estuve llorando por horas ese asesinato”.

Úrsula Iguarán

Macondo es, sin duda, el lugar imaginario más bello de la literatura en español. Y su corazón es Úrsula Iguarán. Ella funda Macondo y cuando fallece, tras el diluvio de los “cuatro años, once meses y dos días”, comienza la decadencia del pueblo.

Es una mujer exuberante, redentora, generosa (adoptó como suyos a los 17 hijos naturales de Aureliano Buendía). Es justa, pero a la vez rigurosa y, sobre todo, de una firmeza marmórea irreductible: expulsa de su propia casa a sus dos hijos, Rebeca y José Arcadio, cuando se entera de que están casados, y destituye al alcalde del pueblo a correazos cuando comete una injusticia.

Su carácter matriarcal, que servirá de soporte al pueblo por más de 100 años, es fundamental para entender el espíritu de la obra de García Márquez, pero sobre todo su visión sobre las mujeres: en los libros del escritor colombiano ellas tienen poder, deciden y sobre todo, son conscientes de la realidad que las rodea; mientras los hombres están persiguiendo fantasías o peleando guerras, Úrsula Iguarán se queda al frente de la casa –y el pueblo- para sacarlo adelante: “Esta es una casa de locos”, dijo Úrsula cuando ya alcanzaba la edad de la vejez, “pero mientras siga viva, no faltará el dinero”.

Florentino Ariza

¿Quién espera 53 años, 7 meses y 11 días para estar con el amor de su vida? Solo Florentino Ariza pudo hacerlo con tal tenacidad. Hijo del dueño de una compañía fluvial que navegaba el río Magdalena, ve a Fermina Daza una tarde después de llevarle un telegrama y se enamora perdidamente para siempre.

Pero para siempre es para siempre.

Florentino promete todo: su amor y su virginidad. Aunque lo segundo no lo cumple a cabalidad (se le contaron más de 300 amantes), es su promesa de amor eterno que no duda en reafirmar apenas Fermina Daza queda disponible, lo que convierte a el “El amor en los tiempos del cólera” en una de las mejores expresiones literarias sobre el amor y el destino en los últimos 30 años.

Los lectores nos dejamos conquistar por la convicción de Florentino ante su empeño, como una versión caribeña y romántica del capitán Ahab de Moby Dick.

Sus palabras y su valentía de aparecerse en la casa de Fermina Daza solo horas después de la muerte de su esposo es de un arrebato incendiario, pero a la vez, concluyente, que nos deja sin aliento cuando lo leemos y nos hace quitarnos el sombrero ante su determinación.

El Coronel

Es su respuesta -al final del libro “El Coronel no tiene quien le escriba”- la que ha quedado flotando en el tiempo de la literatura: “Mierda”.

Con la misma persistencia de Ariza, pero sin su ilusión erótica, el personaje principal de “El coronel no tiene quien le escriba”, aguarda que llegue una pensión que sabemos nunca le va a llegar. Esa esperanza, despojada de la exuberancia del Macondo de “Cien años de soledad” y que camina sobre un atmósfera asfixiante entroniza la figura del Coronel.

Escrita en París, mientras Gabo esperaba alguna respuesta para regresar a Colombia después de una misión periodística, se convirtió en la génesis literaria de su Macondo (aunque ya había sido mostrado en “La hojarasca”). El Coronel evidencia los primeros rasgos de sus demás habitantes: retraídos, solitarios y en sus horas finales, pero a la vez retrata la idiosincrasia de un país entero: su capacidad de aguante.

Este hombre, casi desahuciado, armado apenas de un gallo de pelea, no se rinde, a pesar de las burlas de sus amigos, de su vecinos. No cede ni siquiera ante el acoso de su mujer, desesperada por la situación.

Él continúa su viaje hacia la batalla final donde el gallo les dará la comida que necesitan a gritos. Y mientras eso pasa, nosotros esperamos al lado del Coronel.

Nena Daconte

Cuando Macondo fue borrado de la faz de la tierra, Gabriel García Márquez tuvo que recurrir a otras fuentes de inspiración para seguir adelante con su literatura. En “Doce cuentos peregrinos”, su último libro de relatos, aparece una mujer -lejana de la imagen bucólica de su pueblo imaginario-, moderna, educada y con pantalones: Nena Daconte.

En “El rastro de tu sangre en la nieve”, ella conoce a Billy Sánchez en medio de un ataque de adolescentes brutos al balneario donde se está bañando. Lo que nos muestra Gabo es una mujer que maneja su destino y que sería capaz de regir el planeta con su inteligencia y dulzura.

Después, en el camino de su luna de miel en Europa, su tragedia, que tal vez no advierte como grave, no la hace perder ni el buen humor ni su naturaleza de mujer fundamental: siempre tiene una respuesta acertada para todo.

Y todo en la brevedad de un cuento, lo que hace más poderoso a este personaje. Nena Daconte no sobrevive ni la mitad del relato, pero vive su agonía con una dignidad asombrosa, que la convierte en un personaje inolvidable en el extenso legado literario del Nobel colombiano.