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Opinión

29 de mayo de 2014

Sin santos en la corte

En el fondo de sus almas, un feto inmaculado les resulta más valioso que esas humanidades corrompidas. Así son los católicos recalcitrantes, para quienes el dogma es un instrumento de dominación. Están seguros que poseen una virtud que le falta a las mayorías. En el evangelio se les llama fariseos. Son los que “rasgan vestiduras”, los administradores de la ley y la oficialidad a la que deben su respetabilidad espuria.

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Recién ayer, los que ahora se oponen furiosamente a discutir acerca del aborto terapéutico, consideraban inaceptable que existiera una ley de divorcio. Son exactamente el mismo ejército.

Hoy les avergonzaría reconocer esas causas que defendieron y escuchar en público las excentricidades que argumentaron.

Según algunos, esa ley violaba sus creencias, porque les impedía obligarse a estar casados de por vida. “Siendo el divorcio contrario a la ley natural, la indisolubilidad del matrimonio rige para todo ser humano y no solo para los creyentes”, concluían.

La posibilidad de divorciarse, sin embargo, rápidamente se naturalizó, y luchar para volver atrás sería visto a estas alturas como una anacronía inconcebible. Son los mismos que defendían la censura cinematográfica y que, hasta fines de los 90, consideraban inaceptable que un chileno medio pudiera ver La Última Tentación de Cristo. La razón: que ofendía el honor del hijo de Dios. De su Dios, por cierto, el único verdadero y respetable.

Poco antes les había parecido inconveniente que la banda Iron Maiden hiciera un concierto en Chile, por considerarlos satánicos, y se lo prohibieron. Según el obispo Javier Prado “el grupo era atentatorio contra la moral de la juventud”. Los ciudadanos, estimaban, no estaban preparados para decidir por sí mismos qué era bueno y qué malo. Entonces la Iglesia tenía un poder enorme y un prestigio ganado a punta de defender perseguidos durante la dictadura. Con el paso de los años, lo perdió. Nuestro país hoy es la Meca del heavy metal. Ozzy Osborne, que un día se comió la cabeza de una paloma blanca en el escenario, viene a cada rato, y ellos ni se enteran.

Son los mismos que defendían la diferenciación entre hijos legítimos e ilegítimos, sosteniendo que igualarlos era un atentado contra la familia. Les parecía una inmoralidad. Son los mismos que hoy se oponen al matrimonio homosexual. Que no consiguen entender que semejante sacramento la ley se lo permita a esos degenerados. Ya nadie se atrevería a decirlo así, pero aún existen quienes lo sienten.

En el fondo de sus almas, un feto inmaculado les resulta más valioso que esas humanidades corrompidas. Así son los católicos recalcitrantes, para quienes el dogma es un instrumento de dominación. Están seguros que poseen una virtud que le falta a las mayorías. En el evangelio se les llama fariseos. Son los que “rasgan vestiduras”, los administradores de la ley y la oficialidad a la que deben su respetabilidad espuria.

Aunque finjan que no es así, más que la convicción los mueve la militancia: para ellos religión y política se parecen demasiado. Sus comportamientos privados no cuestionan sus discursos públicos, así los contradigan. Lo que importa es mantener las jerarquías y el orden existente.

Estuvieron en contra del condón y de la píldora, y la gran mayoría a favor de la pena de muerte. Maciel fue el líder de los antiabortistas más enconados. Karadima también se llenaba la boca con el tema. Joannon traficó guaguas de ricos para cuidar sus apariencias. Todos ellos las pintaban de santos. ¡Qué casa de putas más grande! Por lo menos, ahora estamos todos en pelotas. Llegó el momento de hablar de igual a igual. Las razones del cardenal al mismo nivel que las de la cabrona. A un lado los devotos de la pureza, de los ángeles y las nubes, y de sus ideas por encima de las personas. Del otro, nosotros, los vulgares, los faltos de imaginación y grandeza, incapaces de ver algo más conmovedor que una mujer que sufre y pide ayuda. Vamos poniendo, pecadores todos, los argumentos sobre la mesa.

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