Al sisi

Envuelto en un discurso de maneras suaves y fondo contundente, el nuevo presidente de Egipto, Abdelfatah al Sisi, es lo mismo que promete: un “hombre fuerte” con mando en plaza para acabar con la zozobra de los tres últimos años en el país.

Para muchos egipcios, aquellos quienes le respaldaron con el 97 % de los votos en las elecciones presidenciales de mayo, se trata simple y llanamente del héroe que salvó al país de los Hermanos Musulmanes.

Para los otros, Al Sisi es más de lo mismo, un regreso a los tiempos de la autocracia tutelada por el Ejército, con libertades restringidas y escaso afecto por la democracia.

No resulta casual que a Al Sisi se le conozca todavía en Egipto como el “Mariscal”, pese a haber abandonado formalmente la jefatura del Ejército el mismo día en que anunció su candidatura.

De hablar quedo y paternalista, el hermetismo sobre su vida privada o sus opiniones personales es tal que apenas apareció en público durante su campaña electoral, ni se espera que lo haga con frecuencia ahora que ya es presidente.

Como antiguo jefe de los servicios secretos del Ejército, cuenta con información privilegiada para controlar de forma férrea a sus enemigos, mientras que de él apenas trascienden detalles, que llegan al público en una nebulosa de rumores y medias verdades.

Su afición por interpretar los sueños premonitorios que asegura tener -uno de los cuales lo predestinaba a gobernar Egipto- no contribuye a deshacer ese halo de misterio en el que tan cómodo parece desenvolverse.

Nacido en una familia de artesanos en el corazón de El Cairo islámico el 19 de noviembre de 1954, fue un joven disciplinado y deportista, muy centrado en los estudios y con profundas convicciones religiosas, explicó a Efe un primo suyo, Fathi al Sisi.

Esos hábitos saludables los ha mantenido a lo largo de su vida, puesto que “no bebe café ni té, ni tampoco fuma”, dijo Fathi, el único de sus parientes que sigue viviendo en el humilde inmueble en el que creció Al Sisi hasta graduarse de la Academia Militar y abandonar el hogar familiar, en 1977.

Tras ocupar distintos cargos en las Fuerzas Armadas egipcias, como el de comandante de un batallón de Infantería Mecanizada, amplió su formación en Estados Unidos, donde escribió una tesina que ahora se escruta como su único testimonio ideológico conocido.

“No se puede esperar que los países de Oriente Medio se conviertan rápidamente a una forma democrática de gobierno”, aseveraba Al Sisi en ese documento de 2006.

El texto deja constancia de una fuerte influencia religiosa en su percepción de la sociedad y muestra una moderada confianza en la evolución política de las sociedades árabes.

Escribe Al Sisi: “Para que la democracia tenga éxito en Oriente Medio, debe ser vista como beneficiosa para la gente, mostrar respeto por la naturaleza religiosa de la cultura así como mejorar las condiciones para el ciudadano común”.

Pese a todo, lanza una advertencia que, a la luz de la reciente experiencia egipcia, suena clarividente: “La historia ha demostrado que es probable que en los diez primeros años de una nueva democracia ocurra un conflicto externo o interno mientras esta madura”.

En su larga carrera dentro del Ejército, el presidente tuvo una misión que cobra relevancia después de lo sucedido tras el golpe contra el islamista Mohamed Mursi que él mismo encabezó en julio de 2013: su paso como agregado militar por la Embajada egipcia en Arabia Saudí.

Las ricas monarquías del Golfo no han mostrado embozo en reconocer a Al Sisi como su hombre en Egipto, y han regado de petrodólares a un país en situación económica desesperada.

Pese a que su imagen es ahora ubicua y no hay egipcio que a estas alturas no lo conozca, el nombre del ya mandatario se dio a conocer por primera vez en junio de 2011, por motivos bastante más prosaicos.

Entonces, tuvo que salir ante los focos públicos, a los que parece tan reacio, para admitir que miembros del Ejército habían sometido a las llamadas “pruebas de virginidad” a mujeres detenidas en la plaza Tahrir.

Cuando Amnistía Internacional se reunió con él para pedir explicaciones, aseguró que esos test se realizaron para proteger a los militares de las acusaciones de violación, al tiempo que prometió que no se volverían a llevar a cabo.

Casi nadie se acuerda ya en Egipto de aquellas prácticas ni de la implicación de Al Sisi. En el imaginario popular, para sus partidarios y sus detractores, él es hombre que aplastó a los Hermanos Musulmanes.