¿Le parece que un colegio seleccione por rendimiento académico o situación socieconómica de la familia?

Así entonces, ¿le parece que un colegio donde se seleccione por rendimiento académico o situación socioeconómica de la familia, y donde se ignore la creatividad y la capacidad crítica es realmente un buen colegio? Y si ese establecimiento alcanza 300 puntos en el SIMCE, ¿cambia entonces su respuesta? ¿Se puede afirmar que un buen colegio es el que discrimina a los estudiantes para aceptar en sus aulas sólo aquellos que tienen más posibilidades de rendir una buena prueba?

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El sistema escolar chileno se sustenta en lógicas e incentivos que afectan negativamente el proceso educativo.
Imagine que usted es sostenedor de un colegio. Sea su establecimiento público o privado, su primera responsabilidad es obtener los recursos necesarios para pagar las remuneraciones de los docentes, directivos y asistentes que trabajan en él, para pagar las cuentas, y para entregar materiales e infraestructura a sus estudiantes.

Como el Estado no le asegura este financiamiento sino que le entrega un monto mensual que depende la asistencia de cada alumno matriculado en su colegio, para asegurar estos recursos resulta relevante mantener y/o aumentar el número de estudiantes que asisten a su escuela, a fin de tener un presupuesto estable para cumplir con sus funciones.

Ahora bien, si usted es un empresario que vio en la educación una oportunidad importante de negocio y por lo tanto se constituyó como sociedad con fines de lucro, resultaría lógico que administrara su establecimiento intentando reservar una parte de los recursos para asegurar sus utilidades. En este escenario, aumentar la matrícula de su establecimiento a fin de incrementar al máximo posible los ingresos que su escuela recibe, se convierte en un objetivo primordial.

Pero, ¿cómo aumentar la matrícula en un sistema donde el número de estudiantes disminuye mientras que el número de escuelas se incrementa?

Para atraer más alumnos a su colegio usted debe “vender” una mejor calidad que su “competencia” (el colegio que queda cruzando la calle). Hoy por hoy, eso significa tener mejor SIMCE que su vecino.

Asociar SIMCE a calidad y utilizarlo como un elemento de “propaganda” en el “mercado educativo” ha significado un daño profundo al sistema escolar, al mismo tiempo que ha impedido que esta prueba se constituya como una herramienta de apoyo al trabajo de las escuelas y a los profesionales que de desempeñan en ellas, utilizándose en cambio como instrumento de competencia.

SIMCE no es calidad porque una prueba estandarizada es incapaz de recoger aspectos relevantes del proceso educativo tales como clima escolar, formación en valores, cultura cívica y democrática, capacidad argumentativa y de debate, etc. Asimismo, eventualmente podríamos conseguir buenos resultados SIMCE seleccionando económica o académicamente a los estudiantes, y preparándolos durante todo el año a través de evaluaciones que se sustenten en la selección múltiple, en una especie de “preuniversitario”, pero para el SIMCE.

Así entonces, ¿le parece que un colegio donde se seleccione por rendimiento académico o situación socioeconómica de la familia, y donde se ignore la creatividad y la capacidad crítica es realmente un buen colegio? Y si ese establecimiento alcanza 300 puntos en el SIMCE, ¿cambia entonces su respuesta? ¿Se puede afirmar que un buen colegio es el que discrimina a los estudiantes para aceptar en sus aulas sólo aquellos que tienen más posibilidades de rendir una buena prueba?

No pretendemos desconocer el rol que ha tenido esta medición en la creación de políticas públicas de impacto positivo en el sistema escolar. Tampoco queremos ignorar el potencial que ocultan sus resultados, los que podrían entregar información relevante a las escuelas, identificando debilidades y fortalezas en su trabajo.

Sin embargo, hoy el SIMCE es una prueba que estigmatiza a los alumnos y a las escuelas; que sustenta la competencia, y que a partir de este año, puede significar el cierre del establecimiento.

Por ello, la invitación es a mirar los resultados recién presentados desde otro enfoque, dejando a un lado los rankings, las recetas mágicas, y los reportajes a “los mejores colegios de Chile”, colegios que muchas veces, están lejos siquiera de ser una buena institución.

* Investigador de Política Educativa de Educación 2020.

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