SER-O-NO-SER-eutanasia

1) Enciendo la tele y una periodista le pregunta a la presidenta qué opina de la eutanasia esta le contesta que conoció a un sacerdote moribundo que había vivido con dignidad y ahora pedía morir también con dignidad y que siendo ella pediatra ha visto a niños con cáncer terminal llenos de tubos y parches por todos lados y caras de susto y desamparo para decir lo menos aunque haría lo imposible por salvarlos en todo caso.

2) Montaigne citaba como malo de la cabeza en sus ensayos a Ovidio, Cicerón, Catulo, Marcial, Lucano, Séneca, Horacio, Plinio el Viejo, Terencio etc. y sobre todo a su querido Plutarco, “pues hago –decía– que otros digan lo que yo no puedo decir tan bien”

Es lo que a continuación –aprovechándome del pánico y tan célebre antecedente– hago hasta el fin de la columna: “Hay quien percibe, y hay quien no, el carácter intolerable de un ser humano reducido a la condición de piltrafa vegetativa en contra de su voluntad. Pregonan algunos declamadores que la vida es ‘siempre maravillosa’. Bien, a veces lo es, a veces no. A veces –con sida, con cáncer, con tetraplejia, con demencia senil y otras mil posibles degradaciones– la vida resulta, como mínimo, muy oscura. Absolutizar la vida, absolutizar lo que sea, conduce irremisiblemente al totalitarismo.

La vida puede ser maravillosa y puede ser espantosa. Depende. Y la única manera de conseguir que, al menos, sea digna es reservándose uno el derecho a abandonar el mundo cuando comience el horror” (S.P.). O en palabras de John Stuart Mill: “Sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu, el individuo es soberano”. Y una tercera y dilatada cita que alude ahora a nuesta santa madre Iglesia: “En rigor, la Iglesia siempre ha sido prisionera de su pretendido monopolio teológico de la verdad, y siempre se ha inmiscuido en cuestiones que no le incumben. Así, por ejemplo, ya San Ambrosio, en el siglo IV, se oponía a los preceptos de la medicina por ser contrarios a la ‘medicina celestial’ y al poder de la plegaria. Y hasta el siglo XVI estuvo condenada por la autoridad eclesiástica la disección de cadáveres y el estudio de la anatomía. Y ya a fines del siglo XVIII el magisterio de las iglesias cristianas se opuso a la vacuna antivariólica porque entendía que la viruela era un castigo divino, y el hombre no debía sustraerse a ese castigo. (Con la misma lógica se prohibió desviar el curso de los ríos porque ello significaba ‘corregir la obra de Dios’). Y en el XIX las mismas iglesias se opusieron a la utilización de la anestesia en los partos. Y actualmente se oponen a la investigación con células madre, a la planificación familiar, al uso del preservativo para prevenir el sida, etc.

Y no olvidemos, claro está, que hasta hace 4 días la Iglesia condenaba la libertad de conciencia, la libertad de enseñanza, la libertad de reunión, la democracia, el socialismo, el sindicalismo, el liberalismo y los derechos humanos. Lo de la lucha contra la eutanasia no es, por tanto, más que un nuevo episodio dentro de esta costumbre milenaria que tenía la Iglesia de intentar conservar su poder inmiscuyéndose en asuntos que no le incumben” (S.Pániker. 2008)

Personalmente opino que la Iglesia puede meterse donde quiera y seguir mostrando así la hilacha como lo ha hecho hasta el día de hoy es imposible incendiar Giordanos Bruno por suerte.

3) “Eutanasia”, by the way, significa –etimológicamente– “buena muerte”