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De los muchos efectos que brinda la literatura, la serenidad, al menos en los tiempos que corren, parece estar relegada al último lugar de la fila. No abunda la literatura apaciguadora, y con razón, si se toma en cuenta que la realidad no está y rara vez ha estado para delicadezas.

Pista resbaladiza, que reúne cerca de 100 crónicas publicadas en Las Últimas Noticias, perpetra la insólita operación de tranquilizar a partir de la urgencia, que es doble: por un lado, Merino reconoce que escribe contra la hora del cierre, contra el reloj y, por otro, que muchos de sus paseos por la ciudad obedecen a la necesidad de salir de la rumba mecánica de lo doméstico. Y esas salidas a la calle están lejos de favorecer una cosmovisión monacal o de poetizar sobre los efluvios de las flores, o de la naturaleza en general.

La especialidad de Merino, más bien, son las interacciones urbanas, la desmitificación de los alaridos quejumbrosos acerca de Santiago, la reacción medida al desmedido desastre. Son la depresión y el tedio, poner a raya la nostalgia, controlar la melancolía. En sus crónicas si algo desfila es una negativa a interpretar el mundo, es decir, a empobrecerlo. “Sólo tenía clara una cosa: nunca más defendería ideas, esas ficciones por las cuales había visto a mis semejantes picotearse los ojos”.

Inevitablemente, todo lo que ocurre fuera se vuelve contra el que mira. En esos instantes, la voz de Merino se torna escéptica, o incluso cínica. Pero es un cinismo difícil de calificar. No es el de un político o el de un lobista, sino más bien el de un descreído sensible, para quien la mareante oferta de discursos preformulados que suben y bajan de acuerdo a la cotización de la época no resultan nada convincentes.

Una de las relaciones más llamativas en Pista resbaladiza es la que se da entre el tiempo y la plata. Para ejecutar estas caminatas por Santiago se requiere tiempo, y según reza la economía, para disponer de tiempo es imprescindible el dinero. Pero en las crónicas no parece existir la plata. Es contradictorio que le paguen por registrar lo que un ciudadano más bien normal, digamos, uno que usa chalas y bermudas en verano, no dudaría en llamar, con sorna, inútil. Visto desde lejos, el oficio de Merino es el oficio soñado. Pero sólo desde lejos.

Hacia el final, en una de las crónicas Merino refiere cuán tediosos son muchas de estas sesiones de escritura productiva. Anhela, con calma, convertirse en otro, un rockero, por ejemplo, o “si tuviera tiempo dormiría dos días seguidos”, o incluso esperar que algo cambie. Si las crónicas de Merino nunca son planas es porque, a su pesar creo, debajo de ellas corre la melancolía, una melancolía, real o artificial, que sirve de caballete para sus pinturas crónicas.

Parece una perogrullada aseverar que Roberto Merino es uno de los cronistas más importantes de Chile. Pero lo es. Y nunca está de más decirlo.