Ernesto Silva
“Dispara, yo ya estoy muerto”. En febrero, como si más que una lectura fuera una premonición, Ernesto Silva Méndez contó que pasaba las horas del verano sumergido en la novela de Julia Navarro.

“Dispara, yo ya estoy muerto”, palabras que ayer, mientras leía en la sede de la UDI su renuncia a la presidencia gremialista, adquirieron una dimensión concreta. Después de 10 meses en la directiva, 6 de los cuales pasó dando explicaciones sobre el caso Penta, su mandato era la encarnación de esa frase: una administración sin futuro, pero que aún inerte recibía balazos.

Para Silva, la situación se hizo insoportable en los últimos días, sobre todo luego de que su tío, Carlos Alberto “Choclo” Délano, dueño del holding Penta, quedara en prisión preventiva el sábado.

Ayer, al mediodía, la Comisión de Ética de la Cámara de Diputados, había decidido enviarle un cuestionario para que aclarase por qué no se abstuvo en la votación de la ley de Isapres cuando, durante el periodo de tramitación, poseía 12.100 acciones de Banmédica.

La semana pasada, el Consejo de Defensa del Estado se había querellado en su contra luego de que Marcos Castro, excontador del Grupo Penta, aseveró que desde 1993 llevó la contabilidad de Ernesto Silva Bafalluy, padre del parlamentario, y su familia. Entre las declaraciones al Servicio de Impuestos Internos, que en su minuto revisó el exfuncionario Iván Álvarez -en prisión preventiva por delitos tributarios-, estaba la del diputado.

Pero lo que lo colmó, dicen sus cercanos, fueron las críticas internas de personeros que, como el senador Víctor Pérez, estuvieron en lugares clave de la UDI en el pasado mientras se cometían las irregularidades que hoy tienen a dirigentes como Jovino Novoa investigados por la Fiscalía.

“Se comprometían a estar unidos tras Silva y dos días después salían a pedir su renuncia”, se queja un cercano al diputado.

Silva mismo, con la voz quebrada, al borde del llanto, dijo que “declaraciones de nuestros dirigentes han afectado nuestra unión. Bajo esas circunstancias he tomado una decisión muy difícil. Junto con convocar a este acto, presento mi renuncia a la directiva de la UDI”.

También repitió lo que en privado destacó muchas veces: “enfrenté lo que me tocó enfrentar con coraje y transparencia, siempre he creído que quien ha estado a ser el primero debe estar dispuesto a ser el último”.

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Los cuestionamientos influyeron, recalca un dirigente, pero no fueron decisivos.

Fue “la suma de todos los males”, ironiza otro parlamentario.

Y con todos los males se refiere a la propia vinculación de Silva en el caso Penta; a la testarudez de Iván Moreira que dilató su salida de la vicepresidencia hasta ayer, abriendo un flanco de conflicto; a la determinación de Novoa de continuar operando políticamente, pese a que ello debilitaba a Silva, su protegido; a las malas decisiones del dirigente que frente a los primeros antecedentes del financiamiento irregular de campañas decretó que el problema eran las filtraciones desde Fiscalía y que el caso estaba cerrado. Y que luego, frente a la evidencia de anomalías, se negó a aplicar medidas disciplinarias.

Ayer, sin embargo, para Silva no fue tiempo de autocrítica. Los errores los atribuyó a los tiempos difíciles y ya.

Luego, salió de la sala de prensa del partido, tomó de la mano a su esposa, Jimena Álamos -que lo acompañó y visó su discurso-, se despidió con un abrazo de los trabajadores de la sede y de quienes llegaron a acompañarlo. Y constató su derrota.

A las 16.45 horas Ernesto Silva Méndez dejó atrás el puesto para el que su fallecido padre –exfuncionario de Pinochet en empresas estatales, financista de la UDI y uno de los dueños de la Universidad del Desarrollo- lo preparó desde que era un joven estudiante del Verbo Divino, que perfeccionó en su dirigencia en leyes en la UC y que conquistó en mayo de 2014 como quien obtiene lo que es suyo por derecho. En septiembre, comenzó el huracán Penta.

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La escalera que conduce al segundo piso de la UDI, donde tienen oficinas sus dirigentes –y donde siempre ha tenido un lugar Novoa-, tiene 21 peldaños.

El 30 de junio de 2013, el RN Andrés Allamand, tras haber perdido la primaria presidencial con Pablo Longueira, los recorrió furioso: en la terraza de la UDI se había negado a salir abrazado con su vencedor Pablo Longueira y había tenido un altercado a groserías con Joaquín Lavín.

El 17 de julio de ese año, los hijos de Longueira bajaron consternados a comunicar que su papá tenía depresión y abandonaba la carrera presidencial. Días después, Evelyn Matthei, en sus eternos tacos, subió a sellar su suerte de abanderada.

Ayer, secundado por su secretario general, Javier Macaya –hoy presidente interino hasta el Consejo General del 10 de abril-, Silva bajó esos 21 peldaños con los labios apretados y la certeza de haber pasado a la historia del partido por haber estado en los meses más convulsos para la tienda en la testera.

Hay quienes dicen en la UDI que es la hora de Hernán Larraín, el hombre de la calma; otros apuestan por Andrés Chadwick, el representante de Piñera; y algunos ponen la mirada en el senador Juan Antonio Coloma. Con excepción de Chadwick, los otros candidatos ya fueron presidentes.

Como sea, si ello ocurre, será, admite un diputado, una muestra “del fracaso de las nuevas generaciones y el retorno de los coroneles”.

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Los coroneles en la UDI son cuatro y nunca han dejado de influir en la tienda. Además de haber sido fundadores y discípulos directos de Jaime Guzmán, tiene en común que sus delfines para tomar el destino de la tienda han fracasado en esa misión:

Longueira tuvo como mano derecha al exalcalde Gonzalo Cornejo, que renunció al partido hace unos años en medio de acusaciones de corrupción; Coloma tuvo a Felipe Salaberry, que perdió la reelección como diputado; Novoa a Silva, cuyo fin es el más reciente; y Chadwick a Macaya, el único que permanece en pie.

De hecho, existe la posibilidad remota de que Macaya se mantenga en el sitio que dejó Silva tras el Consejo General convocado para el 10 de abril. Pero el diputado ya ha advertido que para hacerlo debe haber garantías mínimas, como retomar el programa original con el que hace menos de un año se hizo, junto a Silva, del poder: democratizar la tienda, instalando el método de un militante un voto y sacar de la declaración de principios la alabanza al Golpe de Estado, por ejemplo.

Mientras ello se define, en la tienda asumen que se vienen días convulsos: “o nos unimos o esto se vuelve una guerra civil”, resume un dirigente sin precisar qué opción es la más viable.