cesantia

No es una mierda porque a uno le falte plata o algo que hacer con su vida. Buscar trabajo es traumático porque es una especie de repetición del momento en que sufrimos la expulsión del paraíso infantil, donde supuestamente todo era para nosotros. Digo supuestamente porque no se trata más que de una fantasía: creer que uno es quien colmaba todo el deseo de mami.

Pero llega de pronto el discernimiento de que no somos tan especiales, y que además, tenemos competencia. Así entramos a ese infierno de la neurosis que es la búsqueda del amor y reconocimiento de los otros. Tenemos que trabajar para ello, nunca más será gratis.

Y todas nuestras fórmulas infantiles para buscar atención y amor, se repiten en la adultez de manera más o menos disimulada.

Algunos insisten en la pataleta. Es decir, en la lógica de su derecho a ser atendidos. Exigiendo reconocimiento porque sí, por ser ellos. Huevones insoportables. Claro que eso se ve mal y difícilmente lleve a buen puerto. Es quizás lo que proyecta el Príncipe de la República, Dávalos, con su imagen de niño sobrealimentado, que ya camina pero sigue colgado a la teta. Eso huele demasiado a incesto simbólico, y nos da asco.

Otros hacen el trabajo de subirse al escenario. El aplauso es droga para sus corazoncitos. Son los divertidos, o los artistas de algún tablón, ya sea un set de TV, un viral de YouTube o la fiesta de la oficina. Talentosos o no, su problema es la depresión que viene al bajarse el telón o pasar de moda. Son llorones. Y con razón, pues dependen demasiado del cariño caprichoso de su público, siempre algo sádico.

Otros se cuidan más. Esos que desde niños buscaron tener control, para no tener que andar mendigando el amor de nadie. Esos que entendieron que la mejor forma de ser necesitados, era ser los dueños de la pelota. Los acumuladores de poder, saber o de cualquier otro bien codiciado en la cultura. ¿De qué sufren estos? Pues de la desconfianza, del fantasma de que los quieren solo por lo que tienen. Tipo futbolista que se involucra con una mujer a la cual jamás habría accedido si fuera pobre, y cuando se transforma en ex, la acusa de trepadora. Por otra parte, no saben muy bien cómo moverse cuando no tienen: les cuesta pedir.

Y están los vedettos infantiles. Esos que entendieron que su valor estaba en su carnecita. Los niños bonitos, o que les dijeron que eran muy bonitos y especiales. Son los que invierten toda su subjetividad en sacarle brillo a sus presas. Operan calentando la sopa, seduciendo a lo que se les cruce. El problema es el malentendido recurrente que generan, respondiendo con un “oye, te pasaste el medio rollo” cuando les vienen a dar el mordiscón. Además no saben cómo actuar cuando se topan con alguien más obsesivo, que anda con su libido grado cero. Ahí se tupen.

Sea cual sea la artimaña de cada uno, buscar trabajo nos impone poner todos nuestros recursos en juego. Partimos con lo que sabemos hacer, mostrando nuestras seguridades. Pero la complejidad del asunto es que el personaje llamado entrevistador, lejos de ser un juez neutral, posee su propia neurosis. Pasamos por el cedazo de alguien que ya estuvo en nuestro lugar y en vez de compadecerse, suele auto-reivindicarse; desplazando el sadismo del que fue objeto hacia nosotros.

En el fondo, el entrevistador está midiendo cosas como: me cae bien o mal, me es útil o no, se someterá o me hará la cama. Pero en ningún caso nos evalúa con objetividad, y menos con amor.
¿Y qué nos queda al final? Olvidarnos de los trucos que le hacíamos a mami y empezar a someternos. Por mucho que sepamos hacer pataletas, subirnos al escenario o calentar la sopa, buscar trabajo implica necesariamente estar dispuesto a algún grado de sodomía mental. O bien, aprender de los niños obsesivos y tratar de ser dueños de la pelota.