bandera chilena

El país, al menos en su escena pública, está desagradable. Es como si un mosquito incesante le diera vueltas alrededor de la cabeza, y por más que la meta bajo el agua, haga cambios de gabinete, marchas callejeras o discursos para el 21 de mayo, no dejara de zumbar. Es frecuente escuchar a profesionales, gente ilustrada, incluso intelectuales, rezongar en lugar de elucubrar apenas el tema político cae sobre la mesa. Dado que el zumbido es permanente, el asunto cada tanto llama la atención, y la primera respuesta suele ser el manotazo: ¡manga de sinvergüenzas! Y cualquiera que no apoye la moción o es cómplice, o estúpido, o resignado, porque de nada sirven las precisiones ni los datos ni los distingos ante una realidad tan indesmentible como que los barcos se pierden en el horizonte y el sol se hunde en el mar. Ahora resulta que vivimos en un país corrupto, donde lo normal y apacible no existe salvo en las apariencias engañosas, porque si crees que no te están cagando, “me duele informarte –recuerda el perspicaz-, que tu caso es peor al de la mayoría, porque a ti te están cagando con una sonrisa en los labios, huevón”. Una adolescente me explicó el otro día que, al menos en Santiago, Luksic decidía la vida de las personas. Se lo había dicho su papá. Descubrimos de pronto que todo lo vivido durante estas últimas décadas era una vil mascarada en que los Pentas y los Ponce Lerou, solo para mencionar a los más bulliciosamente malos de una banda de multimillonarios por todos conocida, habían jugado con nosotros como marionetas, haciéndonos creer que el auto o la casa propia que conseguimos era en verdad un motivo de alegría, cuando, ¡tardamos en darnos cuenta!, éramos apenas otra rueda dentada en el engranaje de una máquina macabra. No nos habíamos dado cuenta de que todos nuestros políticos estaban vendidos, que se movían por intereses espurios, que acumulaban riquezas gigantescas en bóvedas que, si bien todavía no descubrimos, es ya un hecho indesmentible que existen en las cavernas de nuestra imaginación. En los precisos momentos en que aspirábamos a conquistar el camino de la perfección, descubrimos nuestra miseria infinita. Íbamos a dar el salto que nos convertiría en ángeles, cuando concluimos que ni para bestias nos daba. “Quieren salir de sí mismos y huir del hombre”, anotaba Michel de Montaigne acerca de estos aspirantes a la santidad, pero “eso es locura”, concluía. Lo molesto del zumbido es que no deja pensar, ver lo bueno, lo regular y lo malo, distinguir el error de lo macabro y lo imperfecto de lo atroz. Entender, en resumidas cuentas, que la pureza es una pretensión que lo ensucia todo y construye infiernos donde el paraíso es imposible.