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Eran pasadas las 11 de la noche, del jueves 25 de agosto del 2011, cuando Fuerzas Especiales llegó al frontis de la Universidad Católica. Los estudiantes de la Facultad de Humanidades llevaban tres horas de toma en el campus San Joaquín, a pesar de las amenazas de desalojo del rector Ignacio Sánchez. La UC vivía un momento complejo: campus Oriente estaba en toma y en Casa Central, la mitad de las carreras en paro. Para Sánchez, no había diálogo. Los 100 estudiantes serían desalojados.

Giorgio Jackson, presidente de la FEUC en ese entonces, intentó dialogar. “Cabros, los pacos vienen con perros, con lacrimógenas y guanacos, tienen que salir de acá”, les rogó. Pero la masa de estudiantes no lo escuchó. La voz legítima era otra. La del estudiante de segundo año y vocero de la toma, Rodrigo Avilés. Con la presión de Jackson y Carabineros en cuenta regresiva, Rodrigo alzó la voz.

-La decisión de la toma fue de todos. Y todos asumimos lo que iba a pasar. Ahora, con las manos arriba y sin violencia, nos vamos a quedar acá. Y si no da para más, nos retiramos con las manos en alto- le dice Rodrigo a sus compañeros. Nadie lo cuestionó.

Giorgio siguió insistiendo, pero el acuerdo de Avilés fue más fuerte. “’¡Giorgio cállate!”, le gritaron los estudiantes. Las amenazas del Rector se hicieron más fuertes. Un sumario interno y desalojo con perros entrenados, obligaron a Rodrigo abrir una votación. Decidieron salir con las manos en alto. Sin provocación alguna, el caos explotó. Tiraron lacrimógenas y uno de los perros mordió a un estudiante. Rodrigo, ardiendo de rabia por la represión, intentó calmar a sus compañeros y reagruparlos. Exigió dialogar con el rector, pero no hubo respuesta.

– Rodrigo le puso un rostro descubierto a la toma. Sabía lo que arriesgaba. Con él, yo aprendí a manejar la radicalidad de manera responsable, a hacerse cargo. Fue un tremendo líder esa noche y eso lo mantiene hasta hoy. Me cuesta pensar la UC del 2011 sin él- cuenta Silvio Valderrama, uno de sus mejores amigos y presente ese día.

Ese año, Avilés se transforma en un estudiante clave en Crecer -plataforma de izquierda UC- y del MEI (Movimiento de estudiantes de Izquierda, que tiempo después se transforma en la UNE), donde militaba. Su camino político, que había construido durante toda su vida, ya estaba forjado.

LA RUTA

Cuando el nombre de Rodrigo acaparó titulares después de ser brutalmente golpeado por el chorro de un guanaco en la marcha del 21 de mayo, de a poco empezó a reconstruirse su historia: era hijo de la periodista Soledad Bravo y el abogado Félix Avilés, ambos defensores de los derechos humanos durante la dictadura y ex estudiantes de la Universidad Católica. Una familia con vocación de lucha. Rodrigo creció, junto a sus hermanas Monserrat y Laura, escuchando las historias de resistencia de sus padres.

– Mi familia siempre fue militante. Nunca dejamos ausentes a los niños de esas conversaciones. Les compartimos todo, para que tuvieran conciencia de que eso no podía ocurrir nunca más- cuenta su madre, Soledad Bravo.

Junto con su historial familiar, en sus días como secundario en el Liceo Manuel de Salas -de donde egresó el 2004- empezó a formar su pensamiento crítico. Su ex compañero, Ignacio Torres, lo recuerda como un alumno bien involucrado y abierto al debate: “el Rodri era muy querido por compañeros y profesores. Muy deportista, apasionado, bueno para escuchar, para leer. Seco para debatir, era crítico sin pisotear al otro. Es una gran pena lo que le pasó”.

El 2005 entró a la Universidad Arcis a estudiar Cine y ahí vivió sus primeras movilizaciones en plena revolución pingüina. “En esa universidad empezó a observar las experiencias de una izquierda más libertaria y también de la Jota, que lo formaron para su militancia más explícita y orgánica en la UC”, comenta su madre.

Después de tres años, Rodrigo se retiró de la carrera e ingresó a estudiar Letras en la Universidad Católica. Empezó a militar en el MEI (Movimiento de Estudiantes de Izquierda) y se involucró en la conformación de Crecer UC, una plataforma a la izquierda del NAU, que agrupaba distintas organizaciones, movimientos y colectivos, entre ellos, el MEI.

Con la toma de Humanidades del 2011 y el protagonismo de Rodrigo en Crecer, salió elegido Consejero Territorial de Letras el 2012. Ese año también forma parte de una lista candidata a la FEUC. En el 2013, empieza a meterse de lleno en ingeniería electoral. “Él analizaba los votos y veía nuestras debilidades. Su labor estratégica era fundamental. Gracias a sus análisis, consolidamos Crecer en la Universidad y formamos alianzas duraderas, como nunca antes había pasado”, asegura su amigo Silvio Valderrama.

Sin dejar de lado su trabajo militante en la UC, Rodrigo se metió de lleno en la UNE. Su meta era simple: la reactivación del movimiento estudiantil. Junto a su amigo y militante de la UNE, Juan Carraha, empezaron a trabajar codo a codo. “Rodrigo es muy acogedor, incluía a mucha gente. Es indispensable en la UNE. Es un militante duro, pero que no le gusta la violencia. Yo jamás lo vi metido en disturbios”, asegura Juan.

Durante varias semanas previas al 21 de mayo, Rodrigo Avilés trabajó organizando la marcha de la UNE en Valparaíso. Había reglas claras para evitar disturbios: los que tenían antecedentes no podían marchar, había encargados de sanidad en el caso de heridos y todos debían respetar el repliegue del grupo para evitar detenidos o alguna tragedia mayor. “Rodrigo trabajó para evitar lo que le pasó a él. Es un luchador, pero jamás ha sido partidario de los desórdenes. Como es papá, es muy responsable. Ama a la Emilia más que a todo, nunca se quiso exponer a riesgos por ella”, agrega Juan.

Las vigilias y el masivo apoyo que ha recibido su familia dentro de la comunidad universitaria, son para sus amigos, el reflejo de años de trabajo y fraternidad. “Rodrigo era querido por todos, un cabro que no se te olvida”, comenta una de sus amigas. Más de 100 mil personas salieron a marchar el jueves pasado en su nombre. Para su mamá, Soledad Bravo, aún es difícil de creer. “Ha sido asombroso, pero aún no lo dimensiono”, asegura. Lo que más le preocupa, es no saber con qué secuelas quedará su hijo. Los doctores le han adelantado que serán años de recuperación. Pero Soledad no se rinde. “Yo estoy preparada para esa parte de su vida. Para que mi hijo pueda seguir siendo, quien siempre ha sido antes que le arrebataran todo, un luchador”, sentencia.