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Cultura

7 de Junio de 2015

Cuando el cohecho ERA UNA FIESTA

En los albores de la República la palabra cohecho no se remitía a negociados oscuros, ni se compraba a los votantes con aburridos anteojos de cuneta. Los pioneros de las malas prácticas sí que sabían tirar la democracia por la ventana, ofreciendo diversión, comida y vino a prueba de cualquier diferencia programática. Aquí un imperdible capítulo de esa historia, registrado en Copiapó por Ignacio Domeyko.

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A fines de la década de 1830, cuando nuestra República y sus instituciones cumplían adolescentes 15 años, llegó a Chile el célebre científico y minerólogo polaco Ignacio Domeyko. Venía este sabio a recorrer el territorio con el objeto de localizar y registrar nuestros recursos naturales, especialmente los mineros. Por ese motivo se trasladó a la provincia de Atacama. Estando allí fue testigo de un espectáculo social y político de lo más interesante: el cohecho nacional en sus orígenes. La curiosidad científica y la atención por el registro minucioso de Domeyko nos permiten asomarnos a este momento fundacional de la vida política chilena.

Copiapó, febrero de 1839. Muy temprano en la mañana la Plaza de Armas es escenario de una enorme agitación. Redobles de tambores llaman a formar al batallón de la guardia nacional en columnas de combate. El comandante da la orden de marcha y la tropa armada se moviliza a los sones de la banda levantando una enorme polvareda. Tras la milicia corre la gente de pueblo, cabalgan los ciudadanos y les siguen los notables como el juez, el gobernador y los jefes electorales, movilizados en carrozas. Cierran la caravana unos enormes carros cargados de melones, sandías y duraznos, una tropilla de vacas y como retaguardia, una contundente guarnición de toneles de vino.

El pintoresco desfile se dirige al fundo Chamunate, propiedad del señor Gallo, rico propietario minero y entusiasta partidario del gobierno. Llegados al predio, el gobernador provincial coloca a los soldados en fila como para pasar revista, pero en lugar de fusiles les entrega a cada uno, solemnemente, un buen trozo de carne cruda, una medida de vino y la mitad de una sandía. Dada la orden de romper filas, los milicianos se precipitan hacia una gran caldera donde arrojan los bifes.

Mientras se cuece la carne, la concurrencia se divierte con una peculiar variante de la tauromaquia. Un toro bravo es arrastrado de una soga por un jinete montado en un robusto caballo. El animal, enfurecido, acomete a los fiesteros que lo azuzan llamándolo a gritos. El jinete va soltando la cuerda y el toro se lanza embravecido en contra de los provocadores; pero justo en el instante en que los va a cornear, el diestro sujeta la soga y el animal es frenado en seco. Para mayor alboroto, el jinete lanza al toro sobre aquellos grupos más tranquilos o despistados, provocando desmadres repentinos. La gente grita, se atropella y cae entre las risas de la muchedumbre. El animal, cada vez más furioso, resopla, echa espuma y patea el suelo levantando nubes de polvo. Descubriendo al fin la causa de sus males, da la vuelta y ataca al jinete, quien corre al galope. Entonces la lucha se concentra entre ambos. Parece que el toro va a cornear al caballo y vengarse del jinete, pero éste frena y dobla en el momento culminante, eludiendo la embestida. El público aplaude excitadísimo, ponderando las habilidades de los contendores. La faena se prolonga por una media hora, hasta que el bruto comienza a cansarse y a revolcarse en la tierra. Los más osados o más borrachos se acercan temerarios y lo molestan. El toro se enfurece y corre para cornearlos, pero vuelve a caer agotado. Finalmente, un atrevido lo sigue corriendo, salta sobre su lomo y le hunde el puñal.

El desventurado animal es abierto al instante, le sacan las entrañas, le cortan las patas y la cabeza, lo lavan y por el centro del tronco lo rellenan con hierbas y aliños. La bestia, bien adobada, es introducida entera en un hoyo excavado en la tierra. Es tapada con ramas y piedras y sobre todo esto se enciende fuego. Ya cae la tarde cuando el toro inmolado a los fastos de la elección es extraído de las profundidades. Un irresistible aroma asado se expande por el predio. La concurrencia, excitadísima, se lanza sobre los despojos. Los carros con verduras y frutas se vacían. Los toneles de vino ruedan y son renovados constantemente, desbordando las cáscaras de sandías que sirven de copones. Es entonces que comienza la actividad política electoral. Se gritan vivas a la libertad y a la patria para devenir, aprovechando el entusiasmo, en vivas al gobierno y al candidato de turno. Comienza el baile, ruedan más barriles, la música chilla. Ya anochece. Los soldados y el pueblo llano se ponen pesados con la borrachera. El gobernador, muy atento con el anfitrión, llama a filas. La tropa se forma, tambaleante. Por última vez se les entrega a cada uno un trozo de carne y la última ración de vino en la cáscara de sandía. Así apertrechados, la columna marcha de regreso a la ciudad precedidos por un tambor. Detrás sigue el pueblo y cerrando, los últimos rezagados que exprimen los restos de la pachanga.

La gente de rango, que ha permanecido aparte, bajo una gran carpa y ante una mesa cubierta con una cantidad impresionante de fuentes y botellas, prolonga el festín a punta de brindis políticos cada vez más descarados. El cohecho se hace impúdico y las libaciones demuestran los compromisos transados hacia las candidaturas gobiernistas. Domeyko nos informa de boca del cura párroco, quien participaba activamente de estas maniobras y ya tenía en su poder muchos votos, que un sufragio podía alcanzar el precio de tres onzas, aunque el valor oscilaba según el arrastre del candidato, el número de sus simpatizantes y la fortaleza de la oposición. Por estos motivos los líderes políticos esperaban, ilusionados, que bajaran los precios de los votos.

Se relata, entre risas, que durante una elección en el distrito de Sana Ana en Santiago, apareció un sujeto de aspecto miserable con un voto falso, correspondiente al sufragio del presbítero Diego Torres, a quien se lo habían robado poco antes. El presidente de la mesa lo interrogó. “¿Cómo se llama usted?”. “Diego Torres”, respondió el hombre. “¿Y qué significa eso de ‘presbítero’ en su voto? ¿Es usted de verdad presbítero?”. Bajo la mirada del funcionario, el pobre hombre sudaba y sufría. “Ay, ay”, responde, “Presbítero es el apellido de mi mamá”. La concurrencia estalla en risas y se celebra la anécdota con nuevos brindis. Pasada la medianoche los caballeros montan de regreso. Conversando al paso de las bestias, se cruzan por el camino con muchos de sus guardias electores en tierra, víctimas del banquete.

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