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El fotógrafo Johnny Aguirre conoció hace veinte años a Patrick Schneider, un francés del que se enamoró perdidamente. Al poco andar, la pareja pasó del amor a los negocios. Y se propusieron abrir un bar para público gay, pero que incorporara lo cultural. “Yo quería un lugar de cultura, donde te pudieras encontrar con un pintor, un escritor o un performista. Y que lo gay, incluso, fuera secundario y no fuera tema. Porque los bares no tienen sexualidad ni color político, aunque nosotros nos declaramos totalmente de izquierda”, dice Aguirre.

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Fue así como la pareja amononó la casa patrimonial, de principios de 1920, que tenían en Ernesto Pinto Lagarrigue, a los pies del cerro San Cristóbal, para inaugurar su chiche: el bar Vox Populi. La idea era seguir rompiendo esquemas. Para empezar, el local no tendría sponsors ni guardias de seguridad y sería lo más parecido a una casa. Era 1998, y los homosexuales no acostumbraban a mostrar sus rostros en los bares gays. “Todo era muy oscuro, muy gris, muy reprimido, sin alma. Los bares te hacían sentir incómodo. Y yo no: quise que todos se vieran las caras e iluminé todo el local. Si alguien quería besarse en público, no tenía por qué esconderse bajo la luz de las velas y todos los teníamos que ver. Si nos seguíamos segregando, nunca lograríamos un cambio en la sociedad”.

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Al principio, costó que la gente entendiera el concepto del bar, sobre todo los más viejos. Pero los más jóvenes prendieron al tiro con la idea. Y el país empezó a cambiar también y el bar fue adecuándose a estos nuevos tiempos. “Y sin que nos diéramos cuenta. Recién ahora estoy dimensionando lo que logramos. Antes era imposible ver a dos chicos de 18 años de la mano o dándose un beso en la calle. Ahora nadie les grita nada. Hace diez años si lo hacías, te escupían, te tiraban naranjas, lo pasabas mal. Yo me crié en El Bosque y se veía mucho eso. Pero menos mal que eso ha ido cambiando. En el bar rompimos bastantes prejuicios, como que las locas son todas locas, que si vas a un bar gay prácticamente te van a comer, o que las locas son todas tontas. Todos esos prejuicios aquí no eran ciertos”.

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Incluso, hubo hasta casamientos simbólicos con curas incluidos en el mismo bar. Aguirre fue testigo de una decena de parejas que dieron el sí en su casona. “Muchas de esas parejas se formaron acá. Fui como una especie de celestino, porque era yo el que armaba estos romances”.

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LAS YEGUAS ENOJADAS

Al poco tiempo de inaugurado, el bar se empezó a llenar de personas que iban a tomarse un trago piola para hacer la previa antes de irse a bailar. “Después volvían todos con sus conquistas. Eso me encantaba. Se iban regias y volvían destruidas de la mano de alguien, ja, ja, ja”. También, de boca en boca, comenzaron a llegar personajes que se empezaban a ser conocidos, como Juanito Yarur, que festejó íntimamente su mayoría de edad cuando todavía no era ícono de la moda. Y de la cultura como Francisco Copello, Paz Errázuriz, Julia Toro, Leonora Vicuña, Catalina Parra, Andrés Pérez, el Che de los Gays, Nelly Richard, Hugo Cárdenas y toda la transvanguardia de los 80. Muchos de ellos expusieron en los muros de esta casona con propuestas sociales y políticas. También se armaron performances espontáneas que solo fueron vistas por la clientela y de los que hay pocos registros, como cuando Pancho Casas, desilusionado por una pareja, hizo un minuto de silencio por ese ex amor.

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En el Vox Populi hubo reencuentros inesperados e inolvidables. Cuando el bar llevaba unos años, se le hizo un homenaje en vida a Francisco Copello con la retrospectiva “El mimo y la bandera”, que el artista no había podido mostrar el año 73. Aguirre no conocía el trabajo de Copello, pero le bastó ver dos cuadros para alucinar. El artista intervino toda la casa con impresiones digitales y que después vendió a mitad de precio. Eso pasaba siempre: se montaba una exposición, con cuadros que en una galería podían costar medio millón de pesos, pero que en el bar estaban a precios asequibles. “Y se vendían. La gente se ponía a tomar, de repente decían ‘quiero ese cuadro’, y se iban tambaleando con una obra de arte bajo el brazo, ja, ja, ja”, celebra Johnny.

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Para la retrospectiva de Copello, los dueños del local invitaron por separado a Pancho Casas y Pedro Lemebel a participar del homenaje. Ninguno de los dos sabía que el otro iría. Estaban peleados a muerte y no se hablaban hace diez años. Aguirre pensó que quedaría la cagada, pero quería reunirlos. Las Yeguas del Apocalipsis llegaron al local y no se pescaron. Cada una desde su trinchera, apenas se miraban de reojo. Hasta que el alcohol hizo su efecto y de la enemistad pasaron a bailar un vals en la barra: Pancho Casas vestido de blanco entero y Pedro de negro. Todo terminó con un beso. “Esa anécdota me marcó mucho. Me di cuenta que un bar también servía para unir, y no solo para crear estados de locura y euforia, sino que de reflexión y de amor como en este caso”, dice Aguirre.

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Pedro Lemebel era otro cliente habitual de la casona. La etapa en que bebió mucho, la pasó en el Vox Populi. Y era de los últimos en irse. Era de tomar ron con Coca-Cola. “Casi siempre lo invitaba yo, pero él siempre andaba con su chorito con plata para pagar su copete”. Lemebel, con un par de copas, se ponía amoroso y a besuquear a la gente. Una vez se cayó de la barra, cuenta Aguirre, pero con su vaso de ron intacto. La gente lo aplaudió. Fue como una performance. También en el Vox Populi, Aguirre vio relucir los egos de Lemebel, Pancho Casas y Hugo Cárdenas. “Y se peleaban por cosas que habían sucedido hace como 20 años. ‘Es que tú dijiste eso del Partido Comunista’ y ‘tú que me quitaste la bandera’. Cosas como esas. Yo me cagaba de la risa. Pero nunca pelearon a golpes. Pero sí a chuchadas”.

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Con Lemebel, Aguirre desarrolló una especial amistad y fue de los pocos con los que nunca se peleó. Una vez se lo encontró afuera de su casa, en la calle Santo Domingo, llorando. Era el día del aniversario de la muerte de su madre y quería ir a la laguna del Parque Quinta Normal donde ella lo llevaba cuando niño. “Qué topamos, le dije. Y partimos con una botella de ron. En el camino nos encontramos con el performancista Lautaro Villarroel. La laguna estaba llena de familias y solo quedaba el bote número 13. Nos subimos y nos curamos arriba. Lemebel pasó del llanto a la risa. Quedamos todos a guata pelada. Todos nos miraban. Comenzamos a chocar los otros botes. Nos empezaron a llamar por altoparlante para que devolviéramos el bote”. Luego Lemebel quiso ir a una shopería en Independencia que quedaba al lado de una funeraria. Se sacaron fotos entre ataúdes y terminaron bailando como Michael Jackson para la clientela del bar. “Y Pedro haciendo los pasos de Bad hasta que alguien lo reconoció. Tuvimos que salir corriendo”, recuerda Aguirre.

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A Lemebel no le gustaba que le sacaran fotos en el bar. Pero en otros lados, Aguirre se las pudo tomar. “Si yo hubiera querido sacar fotos prohibidas, habría tenido miles. Vi muchísimas cosas locas. Vi gente teniendo sexo en un rincón oscuro. Nunca hice nada. Les apagaba la luz y ponía una mesa para que no pasara la gente por ahí. Nunca los funé”.

El bar cerró sus puertas para siempre la noche que Chile salió campeón de América. La casa fue vendida a un centro de eventos. Aguirre y su pareja quieren tomar aires nuevos e instalar un restorán en Las Cruces. Dicen que la vida nocturna les pasó la cuenta. En la noche de despedida, se quisieron dar un lujo y romper con otro esquema en el mundo homosexual. Esa jornada no hubo ni música pachanguera ni show de transformistas. Solo se oyó blues.