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22 de Enero de 2023

Cinco años sin Nicanor Parra: Grietas de un corazón con patas

Nicanor Parra Leonora Vicuña

La fotógrafa Leonora Vicuña, que retrató varias veces con su cámara al poeta y que compartió tantas tertulias y fiestas, recuerda esos encuentros y el valor de la poesía de Parra. "Uno tenía que cabecearse para entender lo que quería decir la poesía nerudiana. En cambio Parra te invitaba a pasear junto él", dice.

Por Daniel Rozas

Entre los seis y los diez años, a la edad de los juegos infantiles, cuando estudiaba en el colegio Mariano en Vicuña Mackenna, Leonora Vicuña (1952, Santiago) vivía junto a sus seis hermanos y sus padres, Eliana Navarro y José Miguel Vicuña, en una casona ubicada en la calle Ricardo Matte Pérez, en el barrio Seminario, en la comuna de Providencia.

La fotógrafa recuerda que, en esa época, su casa era visitada asiduamente por poetas, críticos y amigos debido a que sus papás, ambos artistas y muy sociables, organizaban tertulias a las que llegaban escritores como Pedro Lastra, Óscar Hahn, Cecilia Casanova, Stella Díaz Varín o Nicanor Parra. “Mi padre había creado junto a varios escritores el Grupo Fuego de la Poesía. Eran tiempos de goce, de libertad y celebración”, recuerda por teléfono desde Carahue, donde vive hace décadas.

Leonora cuenta que, algunas veces, las reuniones duraban hasta el otro día y eran fiestas regadas y prendidas en las que todos escuchaban música, bailaban, conversaban y pelaban a medio mundo. Dice que muchas veces los poetas se quedaban a dormir porque quedaban muy curados y que, además, en ese tiempo las micros eran escasas y pocas personas tenían auto.

“Nosotros éramos siete hermanos. Y mi tía Raquel, que era la hermana soltera de mi mamá, una mujer mayor que no participaba de la bohemia nocturna, despertaba a los niños para ir al colegio y darles desayuno. Una vez mi tía zamarreó a uno de mis hermanos para que se levantara para ir al colegio, pero no era mi hermano, era Nicanor Parra, que le dijo medio dormido que ya no estaba en edad de ir al colegio. Y se tapó”, recuerda.

Poeta, codirectora de la revista La Gota Pura junto a Ramón Díaz Eterovic, montajista de El ladrón del arcoíris de Alejandro Jodorowsky, fundadora de la Asociación de Fotógrafos Independientes de Chile, AFI, ganadora del premio Altazor, y autora de diversas muestras de fotografías en Chile y el extranjero, Vicuña dice que la segunda vez que vio a Parra fue en las Ferias de Artes Plásticas que se realizaba en el Parque Forestal en los años 60.

Foto: Leonora Vicuña.

“Había ballet, danza, teatro, cine, y artesanías. Ahí la Violeta Parra tenía un stand donde exhibía sus arpilleras, tocaba su guitarra y cantaba. Y fue en el stand de la Violeta que vi a Nicanor. En esa ocasión lo escuché recitando un poema y me pareció que era una invitación a caminar de la mano con la poesía”, narra.

¿Qué fue lo primero que leíste de Nicanor Parra?

-Creo que debo haber tenido unos 16 años y una de las primeras cosas que leí fue Hay un día feliz. Tenía un lenguaje tan cercano que sentí como si él me estuviera hablando.

Claudio Bertoni cuenta que las primeras líneas que leyó de Parra fueron: Viva la Cordillera de los Andes / Muera la Cordillera de la Costa. Dice que le dió risa y sobre todo el placer y alivio saber que se podía escribir así y de cosas también así. ¿Te hace sentido lo que dice Bertoni?

-Totalmente. Pero me interesaban mucho también sus poemas y anti poemas más clásicos. Parra era popular y, al mismo tiempo, lo que decía era de una profundidad tremenda.

Roberto Bolaño dijo que su primer encuentro con la obra de Parra -cuando tenía 20 años- le permitió volver a respirar. ¿Te pasó algo parecido?

-Estoy de acuerdo. Es como sentir que la poesía está al alcance de uno. La poesía de Parra no era lejana. Porque en ese momento, en los años 60, la poesía que se hacía en Chile era lírica. Uno tenía que cabecearse para entender lo que quería decir la poesía nerudiana. En cambio Parra te invitaba a pasear junto con él. Eso dice en Hay un día feliz: /A recorrer me dediqué esta tarde/. Bueno, él me estaba invitando a mirar el crepúsculo. Esa invitación a la poesía es baudeleriana. No es una poesía pretenciosa. Es una poesía moderna que une lo clásico con lo efímero.

¿Cuándo leíste a Parra se pusieron en duda tus certezas sobre lo que entendías por poesía?

-Lo revolucionó todo, al mismo tiempo que reafirmó el sentimiento cotidiano de la poesía en mí. La poesía podía ser el pan de cada día. Eso de manifestar que la poesía no está en el Olimpo, ni en lo pomposo ni en lo inextricable o docto, o difícil, sino en el hombre de la calle, en el lenguaje que fluye cotidiano y simple.

En una de sus crónicas Bolaño afirma: “Parra escribe como si al día siguiente fuera a ser electrocutado”. ¿Qué te pasa cuando lees a Parra?

-Siento una profunda humanidad en sus poemas, su manera de decir sencillamente las verdades como camiones. Hay también una postura de romper con lo sagrado de los salones de poetas, un desparpajo amistoso. Algo profundamente chileno se cuela en sus versos, que parecen muy simples, pero son matemáticamente trabajados.

Se cumplen cinco años de la muerte de Parra. El escritor argentino Ricardo Piglia decía que Neruda es el poeta de las efemérides, pero Parra es el poeta de todos los días.

-Es el poeta del hablar sin tapujos, de la economía de palabras, directo al grano, popular, antiburgués, inconformista, con un humor magnífico y también romántico, habla de lo trágico sin lloriquear. Tú citaste a Bertoni. Siento que Bertoni es como un hijo de Parra. Más que Bolaño. Y Parra lo quería mucho por eso. Bertoni no es un continuador de la anti poesía. Claudio está muy lejos de eso. Pero en ambos hay una búsqueda de una simplicidad que no es fácil de obtener. No es fácil ser fácil. No es fácil ser claro y preciso y hablar en un castellano que entienda el panadero, el académico, el diplomático, el físico, el filósofo, el religioso, y la vieja de la esquina.

Foto: Leonora Vicuña.

-¿Parra ha influido en tu forma de ver el mundo?

-Él y la Violeta marcaron mi adolescencia. El lenguaje directo, llano, y el gusto por las delicias, los dolores y contradicciones de la existencia. Su humor, pero también el sentimiento trágico del dolor y la pérdida, no como queja sino como paisaje que invita a pasear, a compartir.

-¿Crees que su obra literaria ha envejecido muy bien porque él siempre estuvo en una

permanente modificación de su trabajo?

No ha envejecido. Creo que Parra es universal. Su hablar es tan genuino. Lo comparo a Vallejo en cierto sentido, esa raigambre profunda de la tierra, del campo, por un lado, pero también la novedosa manera de crear lenguaje poético, de compartir su conocimiento del mundo. Recientemente vi una antología muy completa de Parra traducida al francés. Un libraco enorme.

¿Cuál ha sido el aporte de Parra a nuestra literatura? ¿Por qué es necesario leer a Nicanor Parra?

-Porque, incluso sin querer, al leerlo te conectas con la poesía. La gente, en general, le tiene un poco de miedo o de tirria a la poesía. Pero con Parra se produce una reconciliación. Su escritura es necesaria porque es atrevida, no se anda con rodeos, es original y porque igual en sus poemas clásicos destila poesía. Creo que el poeta (Diego) Maquieira fue quien dijo que la poesía y la anti poesía unidas jamás serán vencidas.

¿Qué poema suyo tiene una actualidad total?

-Así, por ejemplo, a secas: El hombre imaginario, donde lo único que no es imaginario es el dolor.

La casa imaginaria

El traductor de Shakespeare al chileno que metió fuentes de soda y carabineros en la poesía, vivió en muchos lugares a lo largo de su vida. En Chillán, en Santiago Centro, en La Reina, en Nueva York, en Londres, en Isla Negra, en Las Cruces, pero una etapa crucial de su existencia la pasó en Conchalí.

Compró su tercera casa en la comuna de Zalo Reyes, con la idea inicial de llevar a vivir ahí a Clara Sandoval, su madre ya anciana, y crear un museo para Violeta Parra.

El chillanejo se sentía cómodo en esa casa colonial de adobe, con muchas piezas, desvencijada y con grietas como tajos en los muros, en perpetua restauración, parchada con cinta americana, que parecía una instalación artística hecha por Juan Pablo Langlois.

Parra encontraba tranquilidad en ese palacio en ruinas mientras Chile convulsionaba después del golpe de estado de 1973.

Lacho como él solo, en plena dictadura, el poeta nacido en San Fabián de Alico en 1914, y que escribió: /yo nací y me crie con las moscas/en una casa rodeada de mierda/, inició en 1978 una relación con Ana María Molinare, una mujer bonita, cuica, ex alumna de Las Ursulinas, treintañera, casada y con dos hijos.

A sus 64 años, después de varios matrimonios e innumerables conquistas amorosas, el matemático que sostenía que en la vida en pareja solo existe la derrota, pisó el palito y pensó que había encontrado a la mujer de su vida. No obstante, la relación fue apasionada, fulminante y terminó pésimo.

La mujer imaginaria, despachó al poeta, se fue a vivir a una secta en el norte de Chile, luego viajó fuera de Chile, y, unos años después, se mató tirándose por la ventana de un octavo piso.

El terremoto emocional dejó en la lona al autor del corazón con patas (Mr. Nobody) quien se refugió en la doctrina del Tao como método de sobrevivencia. En Conversaciones con Nicanor Parra, de Leonidas Morales, Nicanor contó: “Yo debería haber hecho lo que ella hizo. Lo escribí (el poema) con una pistola sobre el escritorio. Era eso o el suicidio”.

Refugiado en la casa fantasmal de Conchalí, entre cerros, sauces, días brumosos, rodeado por el agua sucia del río Mapocho y el aire contaminado de Santiago, Nicanor Parra escribió:

El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario
De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios

Leonora Vicuña lo fue a visitar a su casa en Conchalí en 1979, poco después del quiebre amoroso. “Él estaba muy triste. Ahora, Nicanor Parra no era una persona que contara o que hablara de sí mismo, de su historia o por lo menos a mí no”.

Sin embargo, le hiciste una foto a Parra en su casa de Conchalí. Es la imagen de un Nicanor Parra sin máscaras ni poses. Parece abatido. ¿Qué recuerdos tienes de esa imagen?

Pasamos muchas horas en esa casona de Conchalí ese día. Estaba mi amiga Teresa Gunther, amiga y compañera desde el liceo 7. Y también estaba Martín Cerda con nosotras. Era imposible aburrirse con Parra, el diálogo entre Cerda y él era interminable, divertido, tumultuoso, como un ping pong perfecto y nosotras también metíamos la cuchara. Saqué muchas fotos, recuerdo.

En un momento fuimos a calentar agua a la cocina, para tomar té o no sé, ya eran como las 4 o 5 de la tarde, y estaba el perro, un perro echado a la entrada que daba al patio, la puerta abierta y le propuse a Nicanor hacerle esa foto sentado en su cocina. El lugar era tan suyo, tan íntimo, tan sencillo. Ya, me dijo Nicanor, se sentó y le tomé dos fotos, casi iguales. Estaba triste, porque había terminado una relación amorosa, pero de eso él no habló nada. Me parece que esa fue la última vez que vi a Nicanor de cerca.

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