Carlos Peña

A Carlos Peña le gustó el “realismo sin renuncia”, lema con el que Bachelet coronó el frenazo a las reformas que la llevaron a La Moneda.

Así, el rector de la Universidad Diego Portales -que acaba de vivir en “su” universidad una movilización histórica en junio-, lo plasmó en su columna dominical en El Mercurio titulada “Defensa del realismo sin renuncia”, donde aseguró que el giro del Ejecutivo significa “aceptar los porfiados hechos, pero manteniendo la determinación de cambiarlos”.

Peña califica la primera etapa del Gobierno de Bachelet como “un gobierno que se dedicó a inflamar las expectativas y consintió que los ánimos de las masas se ajizaran” y consideró vital que logre explicar el sentido de su cambio de rostro. “Si no lo hace, la calle le opondrá un utopismo irreflexivo (¡pidamos lo imposible!) o las minorías temerosas una tecnocracia paralizante (¡la economía no miente!)”.

El columnista de El Mercurio dice que “el realismo sin renuncia -esto es, aceptar los porfiados hechos, pero manteniendo la determinación de cambiarlos- es lo contrario del conservadurismo a ultranza”.

“El conservadurismo piensa que la realidad evoluciona en base a una legalidad inmanente que la voluntad humana no puede, en modo alguno, alterar. La política -esa escena donde los ciudadanos se esfuerzan por deliberar el mundo en el que les gustaría vivir- sería así, para el conservadurismo, como lo fue alguna vez para el marxismo vulgar, una suma de ruidos y furias, un cuento contado por un idiota que no significa nada. Pero el realismo sin renuncia no es eso”, arguyó Peña.

“El realismo sin renuncia equivale a darse cuenta de que los anhelos de los actores sociales también forman parte de la realidad y que, dentro de ciertos límites, acabarán modificándola. Es realista porque sabe que los anhelos no sustituyen de inmediato a la realidad; pero es sin renuncia porque mantiene la convicción de que puede poco a poco cambiarla. Es realista porque sabe que los meros anhelos no cambian la realidad; pero no renuncia a ellos porque sabe que sin anhelos sostenidos es imposible cambiarla”, subrayó.

Para finalizar, Peña argumentó que “el realismo sin renuncia es ni más ni menos que una reivindicación de la política democrática: subraya el hecho de que el cambio democrático no es un asalto utópico, pero tampoco una simple resignación frente a los hechos. ¿Sabe a poco? Para quienes piensan que la política es un sueño escatológico -traer al presente, y de una vez, la realidad última que se anhela-, el realismo será siempre una renuncia”.

“Para quienes creen, en cambio, que la política democrática es el esfuerzo de modificar los fríos hechos -comenzando, paradójicamente, por aceptarlos- la declaración de la Presidenta es, en su brevedad casi aforística, y aún en su inexplicable tardanza, todo un acierto”, concluyó.