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Casa Chilena, la novela más íntima de Brodsky, cuenta la historia de un dramaturgo radicado en Estados Unidos que vuelve a Chile a vender su casa de infancia, ubicada en un antiguo barrio ñuñoíno. Pero al llegar acá, todo se complica: sus arrendatarios, antiguos amigos, no quieren irse. Mientras intenta amedrentarlos, el protagonista recorre las calles de una Ñuñoa entregada a las mismas inmobiliarias a las que desea venderles su casa al mejor postor.

A Casa Chilena la cruza el tema de la especulación inmobiliaria. ¿Pasaste en la vida real por todo ese proceso?
-No con la casa de mi infancia, ese detalle es ficcional. Pero sí, pasé por ese proceso de venta. Y para mí, eso articula la ciudad de Santiago en este momento: la especulación inmobiliaria y el negocio de los bienes raíces. En la ciudad no hay ágora, ninguna de esas cuestiones de los griegos, sino que hay pecado: salir a comprar, salir a aprovecharse, buscar la oportunidad, etc.

¿En qué se ha transformado Ñuñoa?
-Me dan ganas de decir que en una casa de putas, ja, ja, ja. Pero sí, es justamente eso, con mucho respeto a la prostitución: un barrio entregado al provecho, a la prostitución inmobiliaria. No se sabe quién es quién, se trata de ocupar lugares, plantar tu bandera, y lo que único que crece son las compraventas de autos y los edificios en vertical. No va a haber conmiseración ahí. No hay futuro. Y no se trata de ser nostálgico, porque entiendo que la demografía de la ciudad implica construir en vertical. Pero hay otras formas de regular la cosa. El ritmo y la forma con que se está haciendo es salvaje. Es una comuna completamente enloquecida.

Otro factor en el libro es la difícil relación del protagonista con las mujeres.
-Es una relación de distancia y también de aprendizaje. Esas mujeres le están enseñando el género, la forma de plantarse en distintas situaciones. Pero no hay una mujer heroína; están multiplicadas en distintos caracteres femeninos.

Son mujeres que tienen la película más clara que los hombres.
-Claro, el hombre queda en duda y se mueve en territorios inciertos. Todas las mujeres de la novela son súper determinadas: la sexópata, la profesional, la mujer a distancia. Tampoco están idealizadas. Son súper terrenas y ven en cada cosa dónde sacar el provecho, la oportunidad. Los hombres han quedado medio perplejos con los cambios valóricos y toda la huevá cultural de las mujeres.

Suelen escapar un poco de esas mujeres resueltas.
-Pero al final, son las que uno encuentra nomás, ja, ja, ja. Son las de verdad. La mujer lírica, la mujer de Cortázar, la mujer maga, ya no está. La mujer que muestra la novela es la mujer operativa, la que lleva la responsabilidad económica, política, a veces sexual o moral.

¿Qué te parecen algunas feministas que ven a la mujer como heroína?
-No me lo creo. O sea, perteneció a los 80 y tenía sustento en la realidad, porque las mujeres fueron las que salieron a la calle, las que hicieron las agrupaciones de familiares, las que se enfrentaron a los poderes. Pero ya a mediados de los 90 pasaron a otro momento. Ese discurso feminista anclado en la heroína no creo que sea válido hoy. No creo en las políticas centradas en el género como si fuesen perjudicadas per se. Por supuesto pasan cosas que son la cagada, como que todavía muchos hombres les peguen a las mujeres. Pero a nivel de la plaza pública está súper claro el espacio que ellas tienen.

Pero nunca es suficiente.
-Ese es el problema, ja, ja, ja. El problema de las mujeres es que nunca es suficiente. Y que quieren ser matriarcado en la casa, pero también matriarcado en lo social, en la política.

¿Te carga que seamos así?
-Me parece excesivo, un poco desequilibrado. Se hizo mucho por equilibrar los machismos, y el problema es que ahora las mujeres se vuelven súper machistas. Ellas anteponen su diferencia como elemento distinto, aparentemente superior, y no necesariamente es así. Es complejo creer que porque son mujeres son mejores, no es así. Arriesgo con esto que se me tiren todas las feministas encima, ja, ja, ja. Pero hay cosas nuevas en ese discurso que son interesantes, como la adopción de hijos por parejas gay, vueltas de tuercas sobre un mismo tema.

EL MUNDILLO LITERARIO
En Chile no te trataron muy bien cuando publicaste “Veneno” (2012), la novela donde pintas al mundo literario chileno como una patota de mafiosos. ¿Cómo lo has visto ahora?

-No lo veo, con “Veneno” dejé de verlo totalmente. Esa fue mi salida del mundillo literario.

Y eso que era un libro de ficción…
-Y eso que era ficción. “Veneno” es el discurso de la salida, del abandono, tanto de lo que hay como de uno mismo. Tirar la casa por la ventana.

¿Por qué?
-Porque uno no puede seguir viviendo en una ficción. Se puede hacer ficción de eso, pero hacer de tu vida misma esa ficción, que es el mundo literario, es vivir dentro de una botella tapada donde no puedes respirar.

¿Pensaste que “Veneno” dejaría la cagada?
-No, pero podía sospechar. A mí con “Veneno” me imponen la ley del hielo: ah, este hueón hizo esto… ley del hielo.

¿Quiénes te hicieron la ley del hielo?
-Es una figura metafórica. Entendí que nadie iba a comentarme el libro. No le echo la culpa a nadie, pero eso pasó. Hubo disposición de cierta gente para que el libro no se comentara. Pensé que iba a haber una discusión, una conversación, pero nada.

¿Qué molestó tanto al mundo literario?
-Como no hubo debate, no sé qué pudo molestarles. Tampoco es que el libro sea escandaloso. Todos los personajes, incluso los reales, están ficcionados. El libro no está planteado como una investigación periodística, pero se transformó en un documento. Incluso discrepo de lo que hizo Ignacio Echavarría en El Mercurio, siendo muy generoso él, porque rompió la ley de hielo, pero trató a la novela como un documento y no era eso.

Pero algunos personajes son reales, solo que les cambiaste el nombre para no ser evidente.
-Están súper representados, pero los únicos que aparecen con nombre y apellido son Bolaño y Diamela Eltit, como homenaje, y hay otros por ahí. Pero de todos los que tenían relaciones conflictivas con el protagonista, y que establecen una trama súper urticante y compleja, ninguno aparece con nombre y apellido, porque no me interesaba. Pero, bueno, entiendo que haya gente que se haya sentido afectada o no sé qué.

La cosa es que tus enemigos íntimos te atacaron en patota.
-Absolutamente. Me atacaron en patota, le hicieron la guerra al libro, una cosa insólita. Vi esa cosa imbunchada, toda esa majamama, operando heavy. Toda esa gente hablando como por el hombro sin capacidad de decirte algo de verdad. Una especie de patota con un tipo que la llevaba y otros pusilánimes por detrás. Eso lo sentí en el entorno literario.

¿Cómo te hacían la ley del hielo?
-Bueno, atravesaban la calle no más.

¿Tan así?
-Sí. No me saludaban, miraban para otro lado, como si tuviese lepra. ¿Qué es eso? ¿Hasta qué punto la ideología de la patota funciona? Fue impresionante. Son como pandillas. Puro matonaje que revela una incapacidad de argumentar. Pero la tradición literaria chilena es así. Desde la Gabriela Mistral, que le dan el Premio Nacional después del Nobel, hasta Enrique Lihn que se sentía permanentemente ninguneado y pasado a llevar. El mundo literario lo atraviesa una tradición local de envidia, de ninguneo, de que este no sirve para nada, de que este escribe tonterías.

Y son cobardes. De frente te alaban y por detrás te hacen mierda.
-Eso lo sentí antes, con “Bosque Quemado” (2008). Te decían “oh, qué bien” y por detrás hasta la vértebra, te hacían un verdadero “jarazo”. Te dejaban como mirando para el lado con el cuchillo. Pero con “Veneno” ya fue directo, crucemos la calle, por favor.

¿Te arrepientes de haber escrito “Veneno”?
-Para nada. Uno no escribe lo que quiere: escribe lo que necesita. Además, acá te sacan la chucha y te la van a seguir sacando siempre. Es así. Qué vai a hacer. No te vai a poner a escribir una novela sobre Bolaño, el gran héroe o no sé qué. Que lo haga otro, que lo haga Ampuero, pero no me interesa esa escritura.

¿No recomendarías las novelas de Ampuero?
-No, no las recomendaría. Veo una columna de Ampuero y ya no tengo ganas de leerla. El negocio de Ampuero es el poder y está escribiendo de los saldos: los saldos de su militancia izquierdista, los saldos de su lectura de Neruda, los saldos de su salto de la Concertación al piñerismo. No hay búsqueda alguna, ningún riesgo. Con todo el respeto que me pueda merecer su esfuerzo literario, no lo leo. No está en el espacio que me interesa de la literatura. Tampoco se trata de apuntar con el dedo a nadie, sino de hacer la diferencia entre la literatura y lo literario. Damián Tabarovsky dice algo de esto cuando separa la política de lo político. Es decir, la administración de las cosas del deseo de esas mismas cosas. Ampuero vive en la política y desde allí escribe su literatura, y mi interés va por lo que trasunta el deseo literario en términos de lo político. Estamos hasta el cogote de literatura, y necesitamos volver a lo literario.

¿Cómo está tu relación con Germán Marín, uno de los supuestamente aludidos en “Veneno”?
-No tengo rollos. Lo que me parece mal de Germán Marín es que hace lo contrario de su amigo y maestro Enrique Lihn, que decía: “porque escribí, no traté de desbaratar a mi enemigo”. Germán, en algún momento, trata de desbaratar a los que no están con él. Y no se puede desbaratar a los otros. Eso es todo lo contrario a lo que enseñaba Lihn. Es lamentable. Pero no tengo mala onda. Me parece que asimiló mi libro por otro lado. Y me hizo la guerra. Y de seguro me la va a seguir haciendo. Sin duda, va a ser Premio Nacional, pero cuando se lo den se quejará de que no le dan el Premio Nobel. Y vamos a ser todos culpables de que no se lo den.

¿Hubieses preferido que las actitudes de tus personajes se quedaran en la ficción?
-Bueno, lo absurdo es que luego de publicar “Veneno”, la realidad empezó a copiar esa ficción y todos terminaron comportándose como en el libro de manera matonesca. Yo hubiese esperado una conversación, pero este libro nunca fue sometido a escrutinio, ni por Rodrigo Pinto, ni la Paty Espinosa ni por otro. Nadie habló del libro.

¿Por qué no hubo crítica?
-El mundo literario se desprendió del texto, se remite solo a ellos mismos como críticos. La crítica literaria es una confrontación entre críticos: Vial con no sé quién, Espinosa con no sé quién. La crítica en Chile se ha constituido un poco por asfixia, porque no hay mucha lectura. Es dirigidísima, no es diversa, es completamente insuficiente. Lo que hacen los críticos es poner la pelota y tratar de meter el penal. Ahí se van con la raja en alto, como si fuese muy valiente meter un gol de penal. Están haciendo crítica fácil, solucionan las cosas por la del fast track. Entonces pá: un 1, un 7, un 5,5. ¿Qué es eso? Es muy difícil que un trabajo así se consolide y prospere.

Más allá de eso, ¿te duelen las críticas?
-Me acostumbré muy tempranamente a que los críticos no supieran leer muchas cosas. Y pertenezco a una generación cuyos primeros críticos fueron la policía, la CNI. Nosotros montábamos una obra de teatro en la universidad, llegaba la CNI y teníamos que salir arrancando. Entonces que luego te vengan a criticar, la verdad es que no te hace mucha mella. Si dependiera de la crítica, después de “Veneno” no habría podido publicar algo nuevo, me habría suicidado, o no sé qué. En todo caso, visto a la distancia, ese libro resultó ser un cuento de hadas. En ese momento parecía ser una bomba de mal olor, pero hoy no produciría ningún escándalo.

¿Por qué?
-Comparado al clima que se vive hoy en todo sentido, no pasaría nada con esa novela. Lo escandaloso está en el clima de desconfianzas, en que no le voy a dar mi voto o mano a nadie que pueda decepcionarme, en la pérdida de la fe pública. Con los hechos que pasaron los últimos meses, eso se terminó de consolidar. No creo que sea malo, es un momento interesante. Tampoco veo un caos.

¿No?
-No creo que haya ingobernabilidad y que estemos en una catástrofe. Es un momento de sinceramiento. Lo que pasa es que las elites políticas, culturales y profesionales no están dispuestas a hacer ese gesto de sinceramiento, por eso la distancia. Pero si estuvieran dispuestas, la percepción sería bastante menos catastrófica. Derrida decía que la escritura vale tanto como remedio que como veneno, y lo que pasa hoy es un poco eso. De que hay una histeria en las redes sociales, la hay.

Hay mucho de beaterismo.
-Las redes sociales tienen un discurso neoconservador tremendo: todos tienen que ser correctos e inmaculados. Pero ni la vida ni la política ni la literatura son así. Además, pedir prueba de blancura en Chile es bastante discutible. Este país está construido sobre una ilegitimidad de origen y una impunidad de tránsito, de una desigualdad crónica, entonces de dónde te planteas ese discurso tan puro y tan virginal. Es pedirle peras al olmo.

En tuíter decías que la democracia chilena era ideológicamente falsa.
-Sí, una boleta con el puro nombre para cobrar. En el fondo, todo el proceso de transición se hizo sobre bases no consensuadas del todo, y cuya matriz ideológica tiene su manifestación más clara en poner a Pinochet como eje de la estabilidad: si Pinochet no está en el modelo de transición, no hay transición. Eso es una aberración democrática y cuando digo que la democracia chilena es ideológicamente falsa, me refiero a eso.

BOLAÑISMOS
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¿Cómo ves la literatura chilena?
-No he leído todo, pero por lo que he visto, hay mucho bolañismo.

Como cuando en Argentina empezaron a copiarle a César Aira.
-Exactamente. En América Latina hay dos faros del fin del mundo. El primero es Aira, el segundo –puede ser a la inversa– Bolaño. Eso ha generado una escritura epigonal de autores que buscan un espacio en esa certeza, porque está validada. Pero son completamente intransferibles. Si hay algo que sacar de ellos es la personalidad, o más bien la autenticidad, con que recogen tradiciones. Pero empezar a escribir las recetas del doctor Aira en clave personal, o hacer una nueva “Detectives salvajes” con el tardo romanticismo de Bolaño, es un error.

¿Bolaño se sentiría feliz de ver este bolañismo?
-No, no estaría feliz. Lo que tienen de interesante Bolaño y Aira, como modelos, es que ambos se oponen al canon siendo a la vez canónicos. Por lo tanto cualquier escritura epigonal de ellos mismos, serían los primeros en ponerla entre comillas, suspenderla o ponderarla de una manera muy particular, porque saben que el canon es una manifestación de poder no más. Pero, ojo, eso puede ser una enfermedad infantil. Y el bolañismo es una enfermedad infantil de la literatura, porque mucha gente cree que repitiendo los procedimientos constructivos que utiliza Bolaño, va a generar una literatura atractiva, interesante y no va por ahí.

Eso también está pasando con Lemebel. Hay algunos escritores homosexuales escribiendo como él.
-Hoy lo escandaloso es ser heterosexual. Yo creo que la literatura heterosexual es la próxima novedad. Es que la homosexualidad se puso de moda, es el nuevo mercado.

Pero todavía es noticia. Todos comentan que Fuguet habló de su homosexualidad a propósito de su último libro, “No ficción”.
-Sí, pero eso es llegar muy tarde a la moda…

¿Encuentras?
-O sea, no me refiero a la novela, sino a la publicidad sobre el libro: que se destapa, que el mundo gay, que ahora sí, que salió del clóset y todo el morbo asociado. Creo que hay que leer el libro y ver las opciones que tomó. Porque hoy declararse homo puede ser un lugar común del mercado, pero también una forma de resistencia a esa corrección política que hace de las banderas de la homosexualidad un buen motivo para ofrecer un refrigerador color rosa en vez de uno negro profundo.

¿Qué tipos de libros lees más últimamente y cuáles ya no más?
-Dejé de leer en horizontal, o sea como tratando de agarrar el mapa. Cada vez leo más en vertical. O sea, los textos que van directo al centro del problema, del tipo de sociedad en que vivimos, el tipo de desfiguración a la que estamos sometidos. Los textos que vayan a esa verticalidad, sean periodísticos, historia, ensayo crítico, novela o ficción pura, tienen mi atención.

¿Qué te parece que le hayan entregado el Nobel a una escritora de no ficción?
-Es una reivindicación absoluta para los periodistas. Hoy los terrenos de la ficción, del periodismo, son fronteras súper frágiles. Y eso se traduce en que haya excelentes periodistas haciendo excelente literatura, o escritores haciendo pésima literatura y muy buen periodismo. El premio es un reconocimiento a esa mezcla y transfusión de géneros, pero sobre todo al periodismo que hace ella del conflicto total, de la guerra total, de la destrucción total. Hay un lugar donde la ficción no puede levantarse y es el lugar de la destrucción. Si uno mira las ficciones que hicieron en dictadura en Chile –salvo las que se hicieron afuera, como “Casa de campo”– fueron más bien entre testimonio, ficción y periodismo. La ficción, en momentos críticos, donde no hay bases para poder levantarla, se vuelve imposible. Y el arma más potente, donde se encuentra la historia, la sociedad, las palabras, es el periodismo.

CASA CHILENA
Roberto Brodsky
Literatura Random House, 2015, 254 páginas