Yihadistas EFE

Tunez es el país que más yihadistas ha aportado al Estado Islámico, más de tres mil. Es extraño porque Túnez fue el único país que tuvo relativo éxito con las protestas de la Primavera Árabe que lo hizo tener por primera vez en su historia una relativa democracia.

Le sigue Arabia Saudita con dos mil quinientos; es el país islámico más estricto en aplicar las leyes y principios de la Sharia. Muchas fuentes privadas sauditas financian directamente el Estado Islámico y su práctica “legal” de decapitar a los condenados a muerte ha sido copiada de ellos.
De otros países islámicos se hacen presentes casi seis mil combatientes más: mil doscientos de las exrepúblicas soviéticas de Asia Central. Dos mil de los países del norte de África, excluyendo a Túnez, y otros tres mil de países del Medio Oriente de los cuales un tercio son de El Líbano.
Sin embargo, y quizás lo más notable, es que un quinto de los combatientes extranjeros son ciudadanos y residentes europeos, no todos de familias o entornos musulmanes. De hecho, de los cinco terroristas identificados que participaron en los atentados del 13 de noviembre pasado, cuatro son nacidos en Bélgica y Francia. Todos ciudadanos europeos.

Francia ha aportado unos mil doscientos, Reino Unido setecientos, Alemania seiscientos, Suecia doscientos, Bélgica quinientos y hasta Suiza e Irlanda cuarenta y treinta respectivamente (todo esto según los datos actualizados del London’s International Centre for the Study of Radicalisation and Political Violence del King’s College de Londres, el principal centro de estudios del tema en Occidente).

También hay unos mil quinientos rusos de las repúblicas federadas musulmanas del Cáucaso, como Chechenia y Osetia. Y unos trescientos chinos musulmanes uigures del territorio autónomo de Xinjiang, en el noroeste de China.

Según el Daily Telegraph han llegado también combatientes de Argentina, México, Brasil, Chile, Colombia y Honduras. Fuentes militares reportan un gran número de latinoamericanos muertos en Siria e Irak últimamente.

Para los expertos en sicología social y antropología cultural como la estadounidense Susan Bucks-Morss, el Estado Islámico propone una solución metafísica a problemas que son económicos, sociales y políticos, expediente muy atractivo para jóvenes que se sienten discriminados por las sociedades donde viven, y que hacen suyo un relato idealista y sobrenatural que se transforma en el caldo de cultivo perfecto para dar rienda suelta a sentimientos violentos. El propio Zinedine Zidane confesó alguna vez con mucha rabia que él, para los franceses, es primero un argelino de La Castellane, barrio pobre y despreciado de Marsella, que un francés.

Lo que nadie ha sabido o querido decir hasta ahora con claridad es quiénes están detrás de estos jóvenes, aceitando y organizando un movimiento que ya tiene a más de diez millones de personas bajo su administración, en un territorio del tamaño de Austria, con una milicia eficiente que está perfectamente armada, alimentada, transportada y que maneja una máquina de propaganda que se hubiera querido Goebbels. Claramente no son estos jóvenes. Si vemos sus historias de vida es imposible. Teorías conspirativas hay muchas, pero los hechos indican que países importantes de Occidente, y países árabes aliados, no son ajenos a la sustentación del Estado Islámico. Lo han confesado con todas sus letras Hillary Clinton y François Hollande en estos días. Vladimir Putin dijo recientemente en la reunión del G20 de Anatolia (Turquía) que hay 40 países haciendo la vista gorda al financiamiento del Estado Islámico, incluyendo algunos del G20. Algunos de ellos han decidido recién desligarse de su propio Frankenstein, pero ya lo tienen en casa. Sin embargo, los infaltables capitanes fácticos de Occidente seguirán presentes en puntillas detrás de las cortinas del escenario: los vendedores de armas, las compañías traficantes de petróleo, los coleccionistas de antigüedades, entre otros. Es muy decidor, por ejemplo, que Estados Unidos por primera vez haya bombardeado esta semana los camiones que sacan ilegalmente petróleo a través de la frontera turca, fuente principal del financiamiento del EI.

Pero, en fin, hoy día el tema es otro. ¿Cómo son y de dónde vienen algunos de estos enviados de Dios? ¿Podrían ellos, u otros como ellos, con sus historias, sostener la maquinaria del llamado Estado Islámico?

EL COLORÍN DE WHITECHAPEL

Jordan Horner es pelirrojo y tiene los ojos verdes. Parece la estampa de una saga nórdica. La barba roja le cae largamente mucho más abajo del cuello y lo asemeja a los vikingos que dicen haber descubierto América mucho antes que Cristóbal Colón. Solo llama la atención en él que no se deja el bigote como Erik el Rojo; se lo afeita completamente y usa casi siempre un sombrero como el de los chinos mahometanos de Xingjiang.

Se convirtió hace cinco años, después de conocer a vecinos musulmanes. Viene saliendo de la cárcel con permiso, condenado por pertenencia al grupo “Patrulla islámica” del barrio Whitechapel en East London, donde intentó imponer la Sharia a sus vecinos amenazándolos con colocar videos humillantes en Youtube si persistían en tomar alcohol o usar faldas cortas. Le costó un año y medio en la cárcel.

Preguntado Horner sobre qué lo había llevado a hacerse musulmán y radicalizarse, simplemente dijo estar convencido de que había que aplicar las estrictas reglas morales de su recién adquirida religión porque el mundo está mal encaminado.

Jordan no era un santo antes de su conversión. Tampoco un malvado. Era un joven común de su barrio de trabajadores mal pagados o cesantes. Fumaba pitos. Se emborrachaba. Se iba de fiestas. No tenía trabajo. Y dice haberlo pasado muy bien. No estaba desilusionado de la vida ni sentía ningún vacío. Hasta que fue de a poco leyendo textos en Internet, viendo conferencias y yendo a reuniones que le abrieron, según él, los ojos, y se convenció de que debía salir a la calle a propagar su fe con vehemencia y, si era necesario, violencia.

JAKE DE MELBOURNE

Jonathan Edwards, Jake, tiene dieciocho años y fue un alumno marginado de un buen colegio australiano. Todo el mundo le hacía bullying porque no participaba en lo que hacían los demás. Lo encontraban depresivo.

Según sus profesores dejó el colegio por eso. Y, en 2012, a los doce años se hizo musulmán. Nunca supo decirnos por qué, cuenta una profesora. Dijo que era asunto suyo. Ahora se llama Abdur Raheem Abu Abdullah y combate en Siria junto a otros muchachos de Sydney como Mohamed Elomar, Khaled Sharrouf y el adolescente Abdullah Elmir. Elmir, un estudiante del prestigioso Condell Park High School, tiene diecisiete años y se hizo famoso cuando declaró que el Estado Islámico no detendrá su campaña asesina “hasta que la bandera negra esté volando alto en todo el mundo”.
Por su parte, Elomar y Sharrouf han aparecido regularmente en otros vídeos, incluyendo algunos de decapitaciones de prisioneros.

ALEXIS DE CHILE

Cuando el Estado Islámico declaró la creación de su califato emitió un video realizado en la frontera de Siria e Irak donde daba esa frontera por terminada. El protagonista se presentó como “Abu Safiyya de Chile”. “No hay nacionalidad, somos musulmanes. Solo hay un país” dijo.

Era el estreno en sociedad de Bastián Alexis Vásquez Núñez, un joven de 25 años chileno-noruego.
Vásquez vivía en Skien, una ciudad de 50.000 habitantes que está a dos horas de Oslo. Era hiphopero como muchos jóvenes chilenos de los países nórdicos. Hace cinco años se convirtió influido por un noruego iraquí que lo llevó a su grupo “La Nación del Profeta”.

En 2012 amenazó a la familia real noruega y al primer ministro en un video y fue arrestado de inmediato. Le dieron la libertad condicional y desapareció. Los padres y hermanos de Bastián dicen no saber qué le sucedió. Supieron después que conoció a una joven somalí con la que tuvo una hija y que luego viajó a Siria donde se unió al Estado Islámico.

En estos momentos tiene una orden de captura internacional por no haberse presentado al juicio por amenazas. Orden inútil porque fue muerto a mediados de 2014 en una incursión fulminante del ejército iraquí, según informó la televisión de Teherán.

LA CHICA PEÑA

Francis Peña Orellana, chilena de 25 años, fue detenida en Barcelona, en diciembre de 2014, luego de que la policía la acusara de reclutar mujeres para convertirlas en futuras esposas de los guerrilleros.

En Barcelona, donde llegó a los 16 años con su familia en busca de un futuro mejor, Francis se enamoró de un marroquí con quien tuvo un hijo. Con el tiempo decidió convertirse al islam.
Acaba de salir en libertad condicional desde una prisión de Madrid mientras continúa el proceso.