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El último caso de colusión, la presunta de los tres mega supermercados Jumbo, Lider y Unimarc, puso de manifiesto una verdad que subyace al supuesto hastío de la comunidad con el mercado, explica el abogado y rector de la UDP, Carlos Peña, en su columna de El Mercurio.

“¿Será un síntoma de que la gente se decepcionó del mercado y de la modernización capitalista, un aviso inequívoco de que entonces es urgente otro modelo?”, se pregunta el analista.

Junto con sostener que algunos creen que sí, en su opinión el diagnóstico no es correcto.

“Es verdad que los defectos del mercado que han puesto de manifiesto desde el papel confort a los pollos y los supermercados se están haciendo intolerables para la ciudadanía; pero esa intolerancia se produce -y esta es la paradoja alojada en la realidad social chilena- gracias al triunfo cultural del propio mercado”, afirma.

“Es la homeopatía del malestar: el mercado es la fuente de malestar con el mercado”, prosigue.

Según Peña, “lo que molesta a la ciudadanía no es el mercado como institución o como lugar de sociabilidad (si no, que lo digan los malls ), sino el hecho de que no esté a la altura de los principios que esgrime para legitimarse. Si el mercado promete que cada uno podrá autorrealizarse mediante la competencia y el esfuerzo individual, entonces no tiene nada de raro que la gente (que se lo creyó y dejó orientar por esa promesa) se indigne al descubrir que algunos empresarios se coluden para timarla. La intensidad de esa indignación es la medida no del rechazo del mercado, sino de la adhesión a sus principios”.

“En otras palabras, la gente de a pie, esa que ha disfrutado, con dificultades y todo, de la expansión del consumo, ha llegado a creer firmemente en el contenido normativo del mercado. Alguien dirá que el contenido normativo del mercado es una fantasía. Sí, pero la vida social siempre se soporta en fantasías y la del mercado no es más ilusoria que la de pensar la vida social como una colectividad compacta y armónica, en la que todos son solidarios con todos y donde la pregunta de Caín (¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?) siempre tiene una respuesta unánimemente positiva. Entre esas dos fantasías, entre la vida como fruto del esfuerzo y la elección individual que se expresa en la competencia y el consumo, y la vida como una comunidad solidaria en la que todos aseguran a todos, los chilenos y chilenas son crédulos de la primera, y no de la segunda. Y por eso se sorprenden y se indignan con quienes la transgreden”, cierra.