Secciones

The Clinic Newsletters

Más en The Clinic

The Clinic Newsletters
cerrar
Cerrar publicidad
Cerrar publicidad

Cultura

6 de Febrero de 2016

Las monjas bravas de la Colonia

Las monjas Claras fundaron el primer convento en territorio chileno y supieron crear una comunidad de mujeres poderosas e independientes que era la envidia de los curas. Prósperas inversionistas y extremadamente cultas, resistieron los sucesivos embates masculinos –apremios físicos incluidos– por someterlas, y algunas hasta se daban el lujo de calentarles la sopa a sus merodeadores como parte de un incipiente activismo feminista.

Por

monjitas

*

El primer convento de monjas en Chile fue fundado en Osorno en 1571, con el objeto de convertir al cristianismo a las indígenas sometidas. Pero antes de cumplir treinta años en esta equívoca tarea estalló el gran alzamiento mapuche de 1598. Una tras otra, las siete ciudades españolas fundadas al sur del Biobío fueron cayendo ante el arrollador avance indígena. Los ejércitos del cacique Pelantaro atacaron Osorno y pusieron sitio a la ciudad. Durante cuatro años la población soportó hambre, enfermedad y guerra.

En medio de estos desastres ocurrió un suceso de índole prodigioso y de lo más edificante. Una de las monjas, Sor Francisca Ramírez, célebre por su belleza, fue capturada por el cacique Huentemeagu. Paciente y cortés, el guerrero enamorado aplacó sus ansias y esperó hasta que la cautiva sosegara el espanto de su nueva condición. Le propuso entonces matrimonio, en la consideración de ganar su afecto antes que forzarla. Sor Francisca habría sido tan noble y valiente en su negativa, que no solo mantuvo la virtud intacta, sino que convirtió al deslumbrado cacique en su más fiel servidor, lo hizo cristiano y éste la devolvió casta y pura con sus hermanas.

A pesar de esta victoria del pudor y de la fe, los supervivientes decidieron huir de una muerte segura y abandonaron la ciudad. Una lastimosa caravana, que incluía al cacique embelesado y a la dueña de su corazón, se arrastró penosamente por las selvas hasta la isla de Chiloé, de ahí embarcaron a Valparaíso y llegaron, extenuados y maltrechos, a Santiago. Ya en la capital, las monjas fueron auxiliadas por los padres franciscanos. Sus desventuras conmovieron a toda la cristiandad y llegaron a oídos del rey de España, quien les envió dinero y auxilios. Cedidos unos terrenos en el actual emplazamiento de la Biblioteca Nacional, edificaron un convento bajo el amparo de Santa Clara.
Desde entonces el convento de las monjas Claras de la Cañada y sus vecinas las monjas agustinas, crecieron en población, riqueza y poder. Las limosnas, donaciones, dotes de ingreso y herencias de ricos y piadosos vecinos se manejaron con tino y prudencia celestiales. Las aguerridas monjas invirtieron esos caudales en propiedades urbanas y tierras de cultivo. Luego instalaron tiendas para vender sus productos al público. Las propiedades las hicieron depositarias de rentas y éstas les permitieron incursionar en el negocio financiero. Las monjas, a base de su riqueza inmobiliaria, prestaron dinero a los particulares. Al poco tiempo se transformaron en las más importantes instituciones crediticias del reino y en las fundadoras de la banca nacional.

Tanta riqueza provocó la envidia de las otras órdenes religiosas, especialmente las masculinas. Ahí asomaron los buenos hijos de San Francisco, quienes, olvidando la santa pobreza de su patrono, reclamaron la subordinación de las enriquecidas monjas Claras. Sustentaban esta pretensión en el auxilio que les habían brindado al llegar estas de su odisea osornina. Las monjas alegaron que esa ayuda no significaba sometimiento alguno y que ellas dependían solo del obispo de Santiago, pero los franciscanos apelaron y ganaron sentencia de la Real Audiencia.

Para cumplir la resolución, el provincial de los franciscanos solicitó auxilio armado. El monasterio fue rodeado por tres compañías de soldados “con armas de pica y bocas de fuego y balas prevenidas” y por la totalidad de los monjes franciscanos de Santiago. El 19 de diciembre de 1656 los frailes penetraron violentamente en el convento e intimaron a las monjas a la obediencia. Ellas alegaron apelación y se negaron. Entonces el provincial “las ultrajó con palabras injuriosas y las amenazó”. Las monjas, antes de aceptar el atropello, se fugaron del convento. Hubo disparos de arcabuz y lanzazos. La tropa armada y los buenos hermanos, viendo que la presa se les escapaba, les dieron caza por las calles como a desmelenadas palomas en desbande. Según informe del Cabildo de Santiago “ofendiéndolas con las armas y empellones, arrastrándolas por el suelo, y algunos religiosos del dicho convento del Señor de San Francisco, con palos que llevaban prevenidos, y poniéndoles las manos en los rostros, arrastrándolas de los cabellos”.

El grotesco apaleo provocó el rechazo unánime de los vecinos, muchos de ellos parientes de las monjas agredidas. Se informó al Virrey del Perú, al Consejo de Indias y al mismísimo Rey de España. La apelación de las Claras fue acogida y se les liberó de toda dependencia de los franciscanos, quedando bajo la autoridad directa del obispo. Las monjas habían triunfado.

PECHOS AL DESCUBIERTO

La contienda ganada tan duramente les dio la autonomía necesaria para administrar sus ingentes recursos y formar una comunidad de mujeres prósperas y autosuficientes. Las monjas poseían sirvientas y esclavas y habitaban celdas que de ello tenían solo el nombre. Eran más bien departamentos muy bien puestos, con varias habitaciones, cocina y huerto propio. Recibían, además, la mejor educación del reino, constituyendo un núcleo de féminas ilustradas, muy por encima de la concienzuda ignorancia en la que estaba sumida la inmensa mayoría de las mujeres.

En este ambiente de bienaventurada opulencia, las esposas de Jesucristo se vieron amenazadas por un flanco tan femenino como expuesto: la coquetería. El 13 de enero de 1675 el obispo Diego de Huamanzoro advirtió a las religiosas del convento de la Purísima Concepción que reformaran sus tocados, a los que calificó de exorbitantes y escandalosos, conminándolas a la sencillez y recato que su estado religioso exigía. Las monjas ignoraron olímpicamente las reconvenciones del obispo y porfiaron con el desmesurado aderezo. En vista del desacato, Su Eminencia prohibió, bajo pena de excomunión, que persona alguna se comunicase y les llevara alimentos, y esperó pacientemente la sumisión de las religiosas por agotamiento. Nueve meses se prolongó este asedio, hasta que las monjas apelaron en su defensa esgrimiendo un argumento de lo más insólito. Alegaron en un largo escrito que “la moderación se conservaba más con el tocado que llevaban que con las tocas simples, porque al agacharse a recibir la hostia, se les descubría el pecho, para escándalo del sacerdote que les administraba los santos sacramentos”. Si aquel accidente místico erótico era efectivo, podemos imaginar la porfía de los curas por extirpar el aparatoso tocado, que les impedía regalarse la dulce visión de esas virginales turgencias. El curioso alegato fue desestimado por la autoridad eclesiástica y las monjas, amenazadas de excomunión, abdicaron y se presentaron ante el obispo con el tocado sencillo que se les exigía. Absueltas y derrotadas, fueron reconciliadas con la santa madre Iglesia.

FEMINISTAS Y ENDEVOTADOS

En 1678 y a la corta edad de 12 años, ingresó al convento de las Claras de la victoria Sor Úrsula Suárez. Hija de una de las familias más encumbradas de Chile, desde muy pequeña quiso hacerse monja, doblegando la voluntad de su madre que quería casarla con un buen partido en vista de su hermosura. “¿Pues yo había de consentir que con hombre me acostasen?; primero he de ahorcarme, o con una daga degollarme, o el pecho atravesarme”, exclamaba la apasionada niña.

A despecho de estos púdicos alardes de independencia femenina, una de las costumbres más curiosas y equívocas de las monjas coloniales fue la institución del “El Endevotado”. Era este algún varón, casado o soltero, que se hacía visita asidua de tal o cual monja de su preferencia. Los encuentros eran bastante ambiguos. La monja recibía a su endevotado en el locutorio del convento, donde conversaban por largas horas. Ya en confianza, los endevotados se lanzaban tomando la mano de la monja y de ahí, en aproximaciones sucesivas, iban trepando brazo arriba. Algunas hermanas toleraban más o menos este sutil manoseo, atrincherando la extremidad con el vestuario. Así, las más permisivas gastaban hábitos de mangas sueltas y acogedoras. Las más tímidas las usaban más estrechas. De aquí proviene la expresión “manga ancha” para referir a algún exceso de condescendencia.

Es muy probable que muchos hombres se sintieran atraídos por las monjas en vista de su notoria superioridad intelectual, lo que las hacía mucho más interesantes en comparación con las mujeres laicas, además de la seducción no desdeñable de unos objetos eróticos imposibles. Ignoramos si alguna monja accedió a los deseos de estos sujetos, pero al parecer los mantenían en una enervada expectación. Sor Úrsula tuvo varios endevotados. Desde un rico comerciante de Lima, que la atiborraba de regalos y finas telas importadas, hasta un apuesto mancebo al que observaba de reojo mientras paseaba su impaciencia por verla. Llegó a tener hasta tres de estas desventuradas victimas al mismo tiempo. La coqueta monja gozaba excitando el amor de sus endevotados, según declarara, como una eficaz herramienta femenina para vengar a tantas hembras burladas y ultrajadas.

Mujer leída, aficionada a “novelas y comedias”, erudita para los cánones de aquel entonces, era llamada “la filósofa” por los Jesuitas que la frecuentaban para debatir, y “la historiadora” por las monjas que escuchaban sus sabrosos relatos. Sujeta a arrebatos místicos y visiones, era consciente de su excepcionalidad y ambicionó ser “la corona de mi generación”. Tan elevadas pretensiones la llevaron a una colisión directa con las autoridades del convento. Seguida por un crecido número de monjas, postuló en varias ocasiones al cargo de abadesa. A pesar de contar con los votos necesarios, la intervención del entonces obispo de Santiago Luis Francisco Romero impidió su elevación. En vista de esta injusticia se hicieron habituales los enfrentamientos entre Úrsula y sus partidarias con la superiora impuesta. La paz de los claustros se vio amenazada y en 1715 el obispo decidió intervenir el convento.

Las consecuencias de esta fiscalización fueron funestas para Sor Úrsula. Por orden del obispo de Santiago fue condenada a sufrir la disciplina de la rueda, brutal y humillante castigo consistente en una rutina de nueve días de azotes por parte de todas las monjas del convento, la obligación de besar los pies de cada una de las flageladoras, permanecer reclusa en su celda y comer los alimentos en la tierra. La sola lectura de la atroz sentencia provocó que la orgullosa Úrsula enfermara violentamente, vomitando sangre por varios días. Apenas mejorada fue carne para el látigo y la degradación. Debieron pasar 5 años hasta que el obispo Romero fue reemplazado por un nuevo prelado, fray Alejo Fernando de Rozas, y el convento recuperara la potestad de votar a su superiora. Al año siguiente, en 1721, Sor Úrsula Suárez fue elegida abadesa del convento de las Claras por la unanimidad de la congregación.

Estas circunstancias las conocemos gracias a otro castigo sufrido por Úrsula. Ambiciosa y frontal, fue reconvenida por su confesor, quien la intimó a escribir un relato de su vida para así tomar conciencia de sus muchos pecados. Desde 1708 y por largos años redactó su “Relación Autobiográfica”. Se estima que escribió muchos otros papeles, pero éstos se extraviaron. Llegada a la vejez, rodeada de la general estima y admiración de sus contemporáneos, profetizó el día y hora exactos de su fallecimiento gozando de perfecta salud. El 5 de octubre de 1749, a la entonces prodigiosa edad de 83 años y tal como la anunciara, Sor Úrsula Suárez abandonaba este mundo. Según testigos, raros fenómenos acompañaron su solemne tránsito.

*Historiador.

Notas relacionadas