La historia de la mujer que usó chupete hasta los 17 años

La verdad es que no sé muy bien cómo resumir lo que esos 17 años supusieron para mí. Crecí llevando una apariencia normal de puertas para afuera, pero al llegar a casa me enchufaba los chupones por necesidad, podría haberlos llevado las 24 horas del día si me hubiera sido posible”, reconoció la joven, que en este relato, cuenta cómo supo llevar el tema durante todos esos años, mintiéndoles incluso a sus amigos.

chupete-yt "Pues sí, traje chupón hasta los 17 años. La verdad es que no sé muy bien cómo resumir lo que esos 17 años supusieron para mí. Crecí llevando una apariencia normal de puertas para afuera, pero al llegar a casa me enchufaba los chupones por necesidad, podría haberlos llevado las 24 horas del día si me hubiera sido posible, pero durante las horas de clase y cuando salía de casa era capaz de aguantar y mantener la compostura, como al que no se le permite echarse un cigarrito durante el trabajo." Así comienza la historia de una mujer que usó chupete hasta los 17 años. En su relato cuenta todos los problemas que tuvo que vivir durante todo ese tiempo, y de paso señaló cómo trataba de dejarlo cuando compartía con los demás. Según consigna Vice.com, la muchacha confesó que los chupetes "me proporcionaban una sensación de paz y de tranquilidad comparable a cualquier adicción que se puedan imaginar, aunque se convertía en un tormento cuando pensaba que nunca sería capaz de dejarlos y tenía pesadillas con mi luna de miel y los chupones escondidos en la maleta. Me era imposible aguantar un sólo día sin ellos, y eran aún más imprescindibles a la hora de irme a dormir". Añadió que "recuerdo una de las pocas noches que traté de dormir sin el chupón en la boca, con los ojos como platos durante horas hasta que sucumbí y lo rescaté del cajón. No podía ir a dormir a casa de ninguna amiga, siempre ponía una excusa tipo mi madre no me deja. Creo que sólo fui un par de veces a casa de alguien, y terminaba durmiéndome del cansancio, pero sin descansar apenas y deseando llegar a casa para meterme el chupón. Ni hablemos de que vinieran a dormir a la mía... Siempre que alguien entraba a casa lo primero era esconderlos donde fuera. Si por cualquier motivo alguien los veía tenía que ponerme ingeniosa para inventar una excusa convincente de por qué guardaba un manojo de chupetes tamaño grande". En esa línea aprovechó de revelar que "una de las experiencias más traumáticas me ocurrió durante la escuela. Se lo oculté a todo el mundo, sólo se lo conté a una chica nueva con la que empezaba a llevarme genial y a otro chico con el que no tenía tanta relación pero esperaba que guardara mi secreto. Quedamos para hacer un trabajo, y no se cómo acabaron contando sus experiencias sobre hacerse pis en la cama y demás, así que creí que estábamos en igualdad de condiciones y me sinceré". El hecho se le puso complicado a la mujer cuando notó que "el chico aprovechó el primer enfado conmigo para amenazarme con contarlo. Estábamos en clase y le vi pasar una nota, quería que la tierra me tragara y me dio un ataque de ansiedad. Tuve que salir al pasillo con la profesora para tratar de tranquilizarme, le dije como pude que el chico sabía un secreto mío y que lo estaba contando. No quería volver a entrar, no sabía qué había dicho y mi mente ya estaba volando entre las millones de posibilidades nefastas que eso podía provocar". "No tengo muchos recuerdos más de ese momento, porque mi cerebro pasó por un estrés tremendo y lo he olvidado, pero la profesora debió hacer bien su trabajo, porque la cosa quedó ahí y no recuerdo sufrir las burlas que esperaba recibir", señaló. En cuanto a su familia, la mujer reconoció que todos querían que dejara de una vez por todas los chupetes, los que, según dijo, "para mí eran totalmente una adicción, y me sentía incomprendida porque aunque estaban acostumbrados a ello y lo aceptaban no eran capaces de entender la magnitud del problema. Parecía que creían que eso era tan fácil como dejar de beber refrescos, pero para mí era realmente una necesidad, los chupones eran como una droga. Traté de buscar en foros gente con el mismo problema, cualquier cosa que me hiciera sentir que no era tan bicho raro como creía, y que había por ahí alguien más que entendía cómo me sentía, pero no encontré a nadie". En otros pasajes de la conversación no desconoció que "me pasé media vida culpando y odiando a mi madre por no habérmelos quitado en su momento, aunque años después me reveló que intentó deshacerse de ellos cuando todo niño debe decirles adiós, pero entré en una especie de depresión y no comía ni dormía, y el (pendejo del) médico le dijo que me los volviera a dar, que sería menor el daño que me podrían causar los chupones que lo que estaba pasando". Fue así como en esos primeros años nada impidió que "los dientes se me desarrollaran dejando el hueco para el chupón y tuviera lo que mi dentista denominó 'mordida abierta', por lo que me pusieron aparato a los 17. Como seguía usándolos la colocación de mis dientes no progresaba mucho, y cada mes la dentista me decía que tendría que acabar poniéndome una rejilla para que me acostumbrase a no sacar la lengua por el agujero para tragar, que era lo que la pobre pensaba que hacía que no avanzara". En este punto de la historia la joven recordó que "ese año fui de viaje de fin de curso en primero de bachillerato, y aunque en 6º de primaria me llevaba a escondidas los chupones para metérmelos cuando estuviera a solas, para este viaje decidí dejarlos en casa. Como estuve entretenida me acordé pocas ocasiones de ellos, y por fin creí que sería capaz de dejarlos. En tan sólo una semana que pasé sin ellos comprobé que el hueco entre mis dientes parecía más pequeño, y me di cuenta de que era el momento, no podía seguir retrasándolo, así que al regresar a casa no los toqué y los guardé en la mesita de noche". La mujer contó que no quería tirarlos para saber que estaban ahí, pero con la exigencia de jamás tomarlos. Por esta razón tuvo que someterse a un largo proceso de adaptación en el que se acostumbrara a "humedecerme los labios de vez en cuando, cosa que no tenía que hacer al llevarlos siempre, y cada vez que tenía ganas de metérmelos masticaba chicle o chupaba un dulce. Fue duro pero al final conseguí dejarlos atrás, y un mes después el hueco de mis dientes casi estaba cerrado (aunque llevé el aparato varios meses más), eso me confirmó que había hecho bien". "Al día de hoy muy de vez en cuando los recuerdo, pero ya no provocan en mí la misma sensación, así que simplemente siento algo de nostalgia. Supongo que los usaba porque me trasladaban a la sensación de tranquilidad que tienes cuando eres un bebé y no hay nada de qué preocuparse. Sólo puedo decir que personalmente me alegro y me siento orgullosa de haberlos dejado", sentenció.
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