ARMANDO URIBE

Armando Uribe se demora en bajar de su dormitorio para empezar esta entrevista. Luego de diez minutos, aparece vestido de impecable terno negro y se excusa por el retraso. Cuenta que viene saliendo de unos “problemas técnicos” (de salud), pero que ya está mejor y con ganas de conversar. Trae una libretita negra donde anota “puras leseras”, porque, como explicará varias veces, “cuando dicen que las personas de edad están con la cabeza buena, no es cierto”.

¿Le ha empezado a fallar la cabeza?
-Mire, sí. Además, se me hace más variada la tontería, y uno no hace más que repetirse.

En su caso, ¿cómo se va repitiendo la tontería?
-Se dará cuenta mientras vayamos hablando. No me haga buscar ejemplos. La edad entontece y yo me he entontecido bastante.

Pero, al menos, no está gagá…
-Mire, depende de las horas y el tipo de conversación. Es inevitable. ¡Bienvenido que uno se ponga más tonto!, porque se acerca más a la muerte. Para mí, sería una tortura llegar a los cien años. Una condena.

Pero las expectativas de vida son cada vez mayores…
-¡Espantoso! Es una de las barbaridades más grandes del mundo en que vivimos ahora. Y además, para qué. ¿Para seguir escribiendo y publicando? ¡Puras estupideces! (golpea la mesa)…Mire, lo que quería decirle, antes que se me vaya el hilo, es que religiosamente creo en la existencia del pecado original. Y en ese sentido, la tontería ha sido lo único humano que ha dado el sentimiento de lo infinito. Eso quiere decir que la tontería humana, como consecuencia del pecado original, es una de las pruebas de la existencia de Dios. El pecado original no es que uno lo herede, sino que lo comete. Dentro del inconsciente de cada ser humano, el pecado original se realiza de nuevo. O sea, creer que uno es Dios y que es un Dios único. Y subrayo el único. Porque creerse Dios, entre otros dioses, es algo muy corriente. Pero creerse Dios único es más grave, gravísimo.

¿A veces se cree Dios único?
-Sin duda ninguna. Y no solo es cosa de creerse, sino que es actuar como si se fuera. Eso trae consecuencias negativas.

¿Cómo qué?
-Desde luego, la soberbia y vanidad. Un cura católico francés, me dijo hace unos 30 años, que “no hay peor vanidad que creerse soberbio”.

¿Usted ha sido muy vanidoso?
-Mire, claro. La vanidad está muy directamente conjugada con la tontería. Uno es vano al creerse inteligente siendo tonto. Pero cuando habla de la tontería, como estoy hablando yo ahora, también hay una vanidad de hablar como si fuera una novedad y no lo es. En el fondo, no hay cómo escapar de la tontería.

¿Qué piensa de la vanidad más externa, de los hombres que van al gimnasio?
-Es puro cutis, nomás.

¿Usted nunca ha sido vanidoso de cutis?
-Mi soberbia está en creer que no he tenido vanidad de cutis.

Pero si se reconoce vanidoso, le debe afectar que le salgan canas o perder los dientes…
-Me afectan más las arrugas y las canas interiores, sicológicas, que aparecen con el simple paso del tiempo y producen la sensación de que ya se ha vivido demasiado.

JODOROWSKY Y LAS CENIZAS

En el libro “A peor vida”, usted parte diciendo: “Los muertos que fuimos ya se aburrieron de estar muertos” ¿Hace cuánto cree que murió?
-Por la chuata, yo creo que nací muerto, oiga. Y me aburrí de estar muerto, completamente.

¿Por qué cree que nació muerto?
-Nací asesinado desde el momento mismo de nacer vivo. O sea, desde que nací, comencé el período de la muerte… Estas son leseras las que acabo de decir. Uno cree que son sabidurías, pero más bien expresan el temor horroroso al hecho de la muerte.

Le tiene terror…
-Le tengo disgusto. Es un precio que uno debe pagar como si fuera el autor de la existencia de ese mal.

¿Ha imaginado su funeral?
-Mire, no lo he imaginado, pero existe una pequeña película hecha por Fernando Villagrán donde aparezco en un cajón. Pero la verdad es que no tengo la fantasía de estar eternizado en un cajón. Me parece de un aburrimiento espantable.

Quiere ser cremado…
-Sí, aunque esa palabra sea demasiado elegante para el hecho real que es volverse cenizas. Y le prometí en versos, cuando se murió mi mujer, que yo iba a ser un puñado de cenizas a los pies de su ataúd. Y tengo que cumplirlo.

Alejandro Jodorowsky dijo que los humanos somos inmortales. ¿Concuerda?
-Mire, me estoy absteniendo de decir una cochinada, un garabato, pero se lo voy a resumir: esa persona no merece más que las primeras cuatro letras de su apellido.

Jodo…
-Es un pobre hablantín que se ha hecho una reputación de decir cosas ingeniosas. Es un chistoso, de chiste generalmente malo y muy sobajeado.

¿Qué le parecen sus consejos psicomágicos?
-Se ganaba la vida con esas leseras en París y otras ciudades, porque cobraba por una seudo conferencia y hacía chistecitos con eso. Para recordar mal, porque no recuerdo bien, como que cobraba mostrando un sombrero de copa para que le metieran billetitos. No se puede tomar en serio a ese tipo.

Más allá de su opinión sobre Jodorowsky, ¿qué le parece su idea de que somos inmortales?
-¡Una lesera! Es para llamar la atención.

¿No cree que seamos inmortales?
-Creo todo lo que enseña la santa y honorable Iglesia católica cristiana romana, que dice que cuando una persona se muere inmediatamente pasa por un juicio inicial. Creo en la salvación de cada ser humano más allá de la vía carnal. Es decir, somos creados para siempre. Ese para siempre puede ser muy satisfactorio si uno se salva. Pero puede ser terrible si nos condenamos al infierno. Y el infierno en verdad es la nada. Y estar en la nada para siempre es el horror más inimaginable. Le tengo pánico.

Sartre decía que el infierno somos todos nosotros.
-A Sartre le gustaba ser espectacular con frases como esa: el infierno somos nosotros. Macanuda. Ahora, no es tan gran escritor como pasó por ser. Y le cuento que, después de la muerte, no hay tiempo.

¿No?
-No. Y eso no es tomado en cuenta. Pero cuando uno muere, quien quiera que sea, pasa a ser contemporáneo de Julio César, de Adán y Eva y de cualquiera. No hay tiempo para los muertos. Esta cosa de los calendarios, horarios y relojes es una cosa nada más que de los vivos. Somos esclavos del tiempo que malditamente se contabiliza. Yo estoy obligado. Mire, la verdad es que tiene que haber sido muy grave el pecado original para que los seres humanos hayamos recibido tantos castigos como consecuencia.

Por otro lado, Juan Pablo II negó la existencia del infierno.
-Ese Papa polaco tan respetado, tal vez respetable, con el cual no soy nada de respetuoso, para usar un juego de palabras idiota, opinaba de todo lo inimaginable y en ocasiones de forma muy torpe. Papa, polaco, metete. Y se metía en cosas de las cuales no se puede pontificar y las cosas que decía eran peligrosas y algunas tontas, como la que acaba de mencionar. Porque sigue siendo un dogma de fe la existencia del infierno, del cielo y del purgatorio.

¿Qué lo hace creer que exista el purgatorio o el infierno?
-La fe, que también se aplicaría al amor, para estar casado toda la vida. Es adhesión brutal a ciegas.

¿Por qué brutal?
-Lo mismo me preguntó mi amigo José Miguel Varas y le dije: porque los seres humanos somos ¡car-ne! Y mientras somos carne, lo que sentimos, vivimos y creemos, es necesariamente brutal, porque es carnal, carnoso y encarnado. Efectivamente, tener fe religiosa –hablo de la Iglesia católica cristiana romana– es algo muy carnal y brutal. ¿Cómo no va a ser carnal si es la Iglesia de un crucificado? ¿Qué cosa más carnal que un crucificado? Y, fíjese, que sostiene el dogma de la resurrección de la carne. No del espíritu, ¡sino esta carne (se pellizca el brazo), la misma pero mejorada, porque se supone que va a durar más!

¿Nunca ha puesto en duda ese dogma?
-No. Cuando entré a la escuela de Leyes para hacerme racional, me dije que iba a dejar de creer. Y no pude. He creído toda la vida, nomás, a ciegas.

PECADOS CARNALES

Tanto cree en la Iglesia, que en el libro Caballeros de Chile cuenta que de adolescente se confesó con un cura porque tenía la tentación de ver a mujeres desnudas.
-El asunto de las mujeres desnudas en esa época, para un adolescente, era pecaminoso. Había una sola película que las mostraba, llamada Extásis, que la dieron en el Teatro Rex…

¿Y usted fue a verla?
-Nooo. ¿Pagar para tener una tentación? Mejor no. Con boleto, no. Cuando las tentaciones andan sueltas, por lo demás. Las mujeres desnudas no andaban sueltas en esa época, pero las tentaciones sí. El asunto de las tentaciones es muy embromado.

Y las tentaciones no solo son carnales. También pueden ser pensamientos…
-Sí. El asunto de pecar por pensamiento es fregado. Yo peco por pensamiento todo el tiempo y es una de las experiencias más fregadas que uno puede tener cuando es niño.

Pero hay una época de rebeldía donde uno quiere pecar como sea…
-Sí, pero pecar de rebeldía es más fregado todavía.

Cuenta en sus memorias que hizo un listado con los pecados de la carne para no cometerlos, y que incluía “subirle la mano por los muslos, sin tocar esa parte que es el todo: palpar los vellos de esa parte y luego deslizar la mano completa”.
-Es una cochinada lo que acaba de decir. No me lo repita, por favor, me da pudor.

¿Había algún pecado carnal que se permitiera?
-Mire, existe la gula y yo era nada aficionado a la gula. A lo mejor me condeno por gula, pero en fin, ahí mejor no saber. Fuera de ser goloso, el placer carnal era cometer algunos pecados de índole genital. Cuando le hablo de pecado de índole genital, estoy hablando de aprovecharse de sí mismo.

Usted siempre ha sido bien culposo. Incluso fue donde el cardenal Caro a pedirle permiso para leer una novela de Balzac.
-A los 16 años. Yo quería leer a Balzac, pero estaba entre las lecturas prohibidas.

¿Y el cardenal lo autorizó?
-No, pero lo leí a escondidas. Inventé un sistemita para leer libros prohibidos, como cuando leí “Así habló Zaratustra” de Nietzsche, que estaba en el estante de un tío soltero.

¿Cómo era ese sistemita?
-Contaba el número de páginas, las dividía por dos y me saltaba la del medio. Con eso no se podía decir que lo había leído entero violando las normas.

¿Nunca pensó en ser cura?
-Mire, sí. Se lo comenté a un cura benedictino que me dijo: “yo noto que usted es una persona de una psicología bastante compleja, por eso absténgase per sécula”. Y tenía toda la razón. Yo era aficionado a confesarme con curas que no conocía, más para engañar que otra cosa, porque si no me conocía yo le podía inventar otros pecados y la penitencia no era tan complicada: unos pocos Ave María o un rosario entero si el pecado era grande.

¿Alguna vez lo hicieron recitar el rosario entero?
-Alguna vez, sí.

¿Qué habrá hecho para merecerlo?
-Un cura español en Ciudad de México se indignó porque le dije: “confiéseme padre, acúseme padre, de haber tenido sentimientos anticlericales”. Me puso de vuelta y media. Y me mandó a recitar el rosario.

¿Por qué es tan duro consigo mismo?
-Porque soy muy duro con otros en los juicios intelectuales, sociales y políticos. Y considero que no puedo ser menos duro conmigo para poder ser duro con los demás.

¿Alguna vez se ha arrepentido de los juicios que hace?
-Creo haberme dado cuenta de que me he equivocado, y eso pudo traer consigo –no demasiado directamente– un arrepentimiento. Pero, en general, no pues. Mire, yo soy bastante antipático y me jacto de serlo. Por vanidad de nuevo. O sea, me encuentro razón. Hay una frase de Dickens que leí muy de niño y me representa a la perfección: “es mi opinión y yo la comparto”. Esa frase uso para justificarme cuando pienso canalladas sobre otros y sobre mí mismo.

¿Y qué es lo más duro que ha dicho de sí mismo?
-Yo considero que los versos que he publicado no han sido leídos por mis enemigos y no han quedado en la memoria ni el conocimiento de nadie. Porque hay unos ataques de lo más feroces en que me dejo como un idiota, un canalla, ¡un bestia!, ja, ja, ja. Y nunca han sido aprovechados para hacerme tirillas.

Y eso que usted ha sido bien peleador y pelador.
-Ambas cosas. He sido lengua de víbora. Y pienso, como persona mala, que yo debería ser una víbora venenosa, y en realidad he sido una víbora bífida: tengo una lengua partida en dos que me traiciona todo el tiempo, porque lo más grave en términos de enfermedad es que tuve hace unos quince años un cáncer en la lengua, pero me sané milagrosamente. Ahí me sacaron los pocos dientes que me quedaban. Desde entonces soy un desdentado completo. Por donde pecas, pagas, dicen.

MEMORIAS PARA CECILIA

¿Quedó conforme con la reedición de las “Memorias para Cecilia?
-Con la fotografía de la tapa, sí. Pero no la leí, porque me latean las cosas que escribo. Y no es por modestia ni humildad, sino por aburrimiento. Qué vanidad más grande. Además que me conozco: por la chita, de nuevo el mismo im-bé-cil.

En la foto aparecen con Cecilia bailando. ¿Era bueno para el baile?
-No. Mire, mi baile consistía en conversar moviendo los pies. Esa foto fue tomada en un lugar bailable, al que iban principalmente las empleadas domésticas, cerca de la punta del cerro San Cristóbal, donde está la Virgen María que no sé por qué les dio con ponerle lámparas azules siendo que debe conservar su blancura. Imbéciles. En las cosas que se meten.

¿Qué lo enamoró de Cecilia?
-Oiga, por la chuata, yo no he visto nunca en mi vida belleza igual. Nunca en ninguna parte. No hay mujer más buenamoza que ella. Y lo sigo creyendo.

¿Y qué la enamoró de usted?
-Lo único que me dijo es que tenía las uñas de las manos bastante bien.

¿Cómo la conquistó?
-Hice toda clase de faramallas para entretenerla. Incluso, le conté parte del Quijote como si fueran experiencias mías. Después de casarnos, yo siempre pensaba “qué sigue haciendo esta persona conmigo”.

¿Cómo lo aguantaba ella? ¿O usted con ella era distinto, más querible?
-Querible no es la palabra, sino que para mí fue y es una cosa para siempre. Como le dije: adhesión brutal a ciegas. Ella tuvo paciencia, claro que sí. Y yo también con ella. Mire, 44 años juntos, es bastante tiempo.

Cuando murió ella, ¿no pensó en rehacer su vida amorosa?
-No existe para mí tal cosa. No es una cuestión del enamoriscado, sino por lo que dije: adhesión brutal a ciegas.

AYLWIN Y LOS PUÑETES

En las “Memorias…” no habla muy bien de Patricio Aylwin, de quien usted fue alumno en Derecho.
-Sí, era un latero como profesor. Derecho Administrativo es el ramo más aburrido que existe en Leyes, y él lo hacía más latero aún. Nunca lo admiré como profesor.

En 1998, usted publicó una carta abierta a Aylwin.
-Sí. Nunca puse mis fichas en él. Menos aún después de saber en mi destierro de las conversaciones que tuvo para hacer fracasar el gobierno de Allende. Y creo que fue responsable de continuar con las leyes que dejó amarradas la dictadura.

Se caracterizó por su actitud dialogante.
-Acomodaticio, sería más adecuado.

¿Aylwin alguna vez le respondió su carta?
-Cuando salió ese libro, lo entrevistaron y dijo que si él hubiese sido más joven me habría pegado a mí y a otro autor que había escrito mal de él. Mire, el matoncito. No tenía otra respuesta que el puñete.

¿Usted le hubiese devuelto los combos?
-Si tiene curiosidad, hay un libro de Lihn donde aparezco dos veces pegándole puñetazos. Historias de cuando teníamos veinte años.

¿Por qué se pelearon con Lihn?
-Una vez fue cuando estábamos en el departamento de Jorge Edwards, aquí en la calle Rosal, después de una comida. Y llegó el poeta Lihn. Yo le llamaba el poeta chino, porque la mitad de los chinos se llaman Lihn y la otra mitad Hahn. Bueno, llegó el poeta chino y empezó a contar que había estado en Cuba, que había salido con una gusana contraria a Castro, pero que no se había dado cuenta. En el fondo, daba a entender que ella lo había usado para salir de Cuba. Poco inteligente Lihn, francamente. La cosa es que Lihn empezó a repetir: “Es necesaria la violencia, la violencia, la violencia”. Fue tan majadero que me aburrí y le dije: “Si quieres tanta violencia, salgamos pa fuera”. Y bajamos. Y yo, con buena memoria, me acordé que Lihn había estudiado ballet. Pensé que podría tener un movimiento de piernas y tenía que evitarlo. Entonces, me lancé a su cogote y con las piernas alrededor de la cintura, le pegué por la espalda. Él salió mal parado.

¿Se abuenaron?
-Sí, pero yo no las tenía buenas con Lihn. Era una especie de competencia por ser contemporáneos y dedicados a lo mismo. Él, por lo demás, tenía mejor éxito que yo. Eran competitividades, llenas de vanidades, que operaron como causas de encuentros y desencuentros que terminaron en puñetazos.

TERREMOTATO Y MAREPOTATO

En su encierro, ¿le gusta informarse de lo que pasa en el país?
-No escucho la radio ni veo noticias en la tele. Leo los diarios, sobre todo los obituarios –qué palabra más rara– con la esperanza, malévola, de encontrar el nombre de personas que conozco. Y leo diarios que me manda mi hijo desde París y me llegan con dos semanas de retraso.

¿Por qué no ve tele?
-Es tramposa. Salvo en casos raros, es un aparato de un tamaño que enaniza. O sea, transforma en enanos a los seres humanos que aparecen en esas pantallas. Y eso induce a que uno los desprecie.

¿Qué le parece que en Chile se esté legislando sobre el aborto?
-Ahí me guío exclusivamente por las posiciones que tiene oficialmente la Iglesia católica cristiana romana. En materias del recién concebido, yo he sido siempre defensor de nonatos, desde que supe que existía algo que era estar esperando una guagua.

¿Saldría a marchar en defensa del nonato?
-Si fuera persona de marcha, pero claro, claro. Solo en nonatos. Es que son tan desvalidos, ahí es donde está el asunto.

Y en general, ¿cómo ve al país?
-Alone, cuando le preguntaban sobre Chile, decía que parecía maremotato y terremotato. Eso creo de Chile. El desborde del río Mapocho hace que el pueblo parezca terremotato y marepotato. Chile no es un país civilizado. Históricamente ha tratado de serlo, pero lo terremotato y marepotato siempre vuelve.

¿Por qué?
-Es muy difícil mantener una sociedad civilizada con la población dominante que maneja el poder económico y político en este país. Incluso creo que algunas personas de poder en Chile han renunciado a que Chile busque ser país civilizado. Por otro lado, tengo la impresión de que la población chilena no se siente representada humanamente por quienes mandan el país. Esto ya no tiene que ver con la democracia, de cómo funciona numéricamente, sino que no hay representatividad afectiva, sicológica y humana. No estamos gobernados por nosotros mismos. Estamos mandados, exagero en la frase, por extranjeros. ¿Cuáles son los apellidos del poder económico, social y político?

¿Qué le parecen los últimos casos de corrupción que involucran a la elite?
-No entiendo cuando hablan de elite. Para mí, es una palabra siútica. Mejor hablemos de clases dominantes. Mi impresión es bastante superficial y hasta grosera. Ha aumentado considerablemente el número de sinvergüenzas. Además, tanta vulgaridad. Yo no quisiera ser de los ricos en Chile.

¿Por qué no?
-Porque ser rico en Chile, con una población tan desigual, me da asco. Implica actuar de forma cruel y aprovechadora. Y desgraciadamente, yo tengo ventajas y privilegios condenables, pero que terminan siendo jactancias o casi chistes. Ser rico en Chile es condenable. Y yo me voy a condenar, honestamente.

¿Por qué?
-Por no ser pobre y por persistir en esa condición. Aún deseando lo contrario, sigo aprovechándome de esto que concibo como asqueroso.

¿Qué es lo más asqueroso de su mundo?
-Uno mismo. Y suponiéndome capaz de ser crítico, es más asqueroso todavía seguir consintiendo. Porque el consentimiento es completo.

¿Se ha imaginado una vida como pobre?
-Pucha, ni siquiera me la imagino, porque no la he pasado nunca. Por la oficina de mi padre, que era abogado en cuestiones mineras, pasaron negocios que dejaban mucha plata. Yo no seguí ese camino. Una vez me preguntaron que por qué y yo respondí: “Sé lo malo que soy de nacimiento. Si me hiciera rico con el negocio, sería mucho peor y no quiero”.

PURAS LESERAS

¿Se imagina cómo puede ser el cielo?
-No tengo la menor idea. Pero tengo la certidumbre, que viene de lecturas, de que el cielo está amoblado. Cosa que yo nunca había oído en ninguna prédica, pero que está dicho en el libro sobre el catecismo que escribió el papa Ratzinger, donde dice que los objetos hechos por los seres humanos van a estar presentes en el cielo. O sea, conclusión mía: el cielo está amoblado y bien amoblado.

¿Ha pensado en cómo será Dios?
-No me siento capaz. En este cuaderno que bajé, ya ni me acuerdo por qué, debe haber referencias a Dios… (empieza a hojear su libreta negra con anotaciones).

¿Esa libreta es como un diario de vida?
-No. En general, son versos que escribo todos los días, y que son puras leseras. Aquí hay una a propósito de Dios: ay, no, puras leseras. Me da vergüenza volverlas a mirar.

¿Qué hace después con estas libretas?
-Tengo un montón de cuadernos negros que me regala mi hija, escritos enteros y que se van acumulando. Aquí hay otra: “Además, le rogaría a Dios que me saque el saco de mi cuerpo”. Mal juego de palabras, idiota.

Pero no tiene ninguna compasión con lo que escribe…
-Hay otros que saben de de veras hacer las cosas y yo no.

¿A quién admira, por ejemplo?
-¿Vivo? Muy difícil. En materia de verso, incluyo a quien llamo de mala fe el Guatón Nerón.

¿Neruda?
-Claro. Tuve amistad con él. Me entretenía con su conversación de viejo cónsul, que en general trataba sobre chismes, intrigas, amoríos, sinvergüenzuras, cosas así.

¿Qué lo aburre más?
-¡Todo, todo! La existencia. Como estoy aprovechando la soberbia, mejor decirle todo: no hay nada que no me aburra. Y se vive justamente para esquivar el aburrimiento. Y entre las cosas que hago para esquivarlo, está escribir leseras como las que le he leído. Al final es una pérdida de tiempo.

Pero también se aburre escribiendo…
-También. Llega un momento en que “no más”. Incluso, contabilizo, porque siendo muy malo para los números y la aritmética, le pongo número a todo. Por ejemplo, aquí en la libreta, cada día enumero las cosas escritas. Por ejemplo, aquí puse “20 + 1”.

¿Qué significa eso?
-Que el día domingo 17 de abril, escribí veinte cosas distintas más una que debo haber agregado al final: “Me voy a condenar por no sufrir lo necesario y por gozar de mí, y así al infierno debería ir…”. Y acá dice: “Hoy a las 5 y media entrevista The Clinic”. O “terrible ser católico cristiano, no es nada de sencillo, veterano de dos mil años, desde el infinito contado con los dedos de la mano, cada uno de los cuales es un palito…”. Mire, qué ingenioso e imbécil. Después he escrito frases sin ninguna puntuación: “Encabezado por mi cruz perdí todo mi tiempo”.

Esto de estar esperando la muerte debe ser como cargar una cruz…
-También. Uno de mis aburrimientos constantes es esa espera. Y es una espera de idiota. (Sigue buscando entre sus escritos) “Odio que el ser humano tenga de uñas”. ¡Puras leseras, oiga!

Pero tienen harto humor…
-Sarcasmos bastante groseros, en realidad. Pero le digo una cosa: los chistosos me cargan. A los que llaman humoristas no los puedo ver. No he tenido amistad con ningún humorista.

Tampoco le gusta sonreír en las fotos…
-Es que salir sonriendo en fotografías lo muestran a uno más tonto aún de lo que es.

¿Nunca ha escrito en el computador?
-Nunca. Como creo ser enemigo de las máquinas, las máquinas se portan pésimo conmigo: no me funciona ni siquiera la máquina que sirve para prender y apagar la televisión.

¿Ha escuchado de las redes sociales?
-Conozco la palabra redes sociales, la palabra tuíter y la palabra face. Pero no tengo idea lo que son ni quiero saber.

En Facebook hay una página con seguidores de Armando Uribe.
-Pero a título de qué. Por Dios, ¿sabe de qué me dan ganas cuando oigo eso? De estar muerto. Realmente me doy vergüenza y repugnancia. Son malentendidos, de seguro. Toda mi vida he sido un malentendido. No solo porque me han entendido mal, sino además por mi propia culpa. Yo soy un viejo de eme. Y me jacto de serlo.

¿Por qué es un viejo de mierda?
-Me caigo mal, no me tengo simpatía. Francamente, me habría gustado ser mejor persona, pero he sido todo lo contrario. No tengo ninguna dulzura ni amabilidad ni buena voluntad. Soy un pobre humano precario, bastante malo, además tonto y más encima feo. Soy desagradable de aspecto.

¿Le habría gustado ser más bonito?
-Sí, claro. Cuando yo tenía unos veinte años, me encontraron un parecido a Tyrone Power, un actor de películas norteamericanas que fue célebre y que tenía un atractivo para las mujeres. Y decían que yo tenía un aire, pero no sé… Lo único que sé es que me gustaría haber sido mejor en todo aspecto.

ARMANDO URIBE2
MEMORIAS PARA CECILIA
Armando Uribe
Lumen, 2016, 580 páginas