El muerto que nadie buscó

Desapareció el pasado 10 de marzo desde su lugar de trabajo y apareció un mes después, adentro de una cámara de frío repleta de fruta. Quedó atrapado allí luego de meterse para escuchar un partido de fútbol de Colo-Colo, pero la falta de oxígeno del lugar y la baja temperatura lo mataron en minutos. Para cuando lo encontraron, ni la empresa, ni su familia, lo habían echado de menos. Su abuela, la única persona que podría haberlo buscado apenas desapareció, había fallecido cuatro años antes. Hoy, los Suárez y los Poblete están enfrentados por una millonaria indemnización en la que buscan consuelo.

Sabino Súarez

John Palma parecía un astronauta. Vestía un traje térmico, un tanque de oxígeno en su espalda, y una máscara que cubría su rostro por completo. Respiraba como Darth Vader y caminaba a paso lento en medio de la oscuridad. La luz de su celular apenas alumbraba 30 centímetros delante de él. A su cargo estaba la labor más peligrosa de la planta donde trabajaba: operador de frío. En cuanto entró a Geofrut, una procesadora de fruta de exportación ubicada en el kilómetro 78 de la carretera Longitudinal Sur, en Rancagua, le advirtieron que el puesto de trabajo conllevaba riesgo de muerte.

Palma era de los pocos trabajadores que tenía acceso a las cámaras de atmósfera controlada, siete enormes bodegas frías donde se conservaba la fruta para evitar su maduración, en un ambiente en el que casi no se podía respirar. Entraba allí todos los meses a través de una escotilla de 60 centímetro de largo por 40 de ancho, apoyado de su equipo autónomo, para chequear que el nivel de oxígeno no superara el 1,5% y que la temperatura se mantuviera en -1 grados Celcius. Cada cierto tiempo, sacaba muestras de la fruta para analizar su estado. Hacer que la comida llegara fresca a otro continente era casi una tarea divina. En eso estaba la noche del 13 de abril pasado, cuando una escena lo dejó aterrorizado.

-Al efectuar un movimiento en el interior pasé a llevar algo con mi pierna izquierda, me volteé y alumbré, y me di cuenta que se encontraba tirado en el piso un hombre –le diría horas más tarde a la policía.

Palma, literalmente, se tropezó con un cadáver. El hallazgo ocurrió a las 3:30 de la tarde. El cuerpo estaba boca abajo, con su cabeza mirando hacia el sur, y tieso como un palo. Completamente congelado. Vestía un buzo azul, zapatillas blancas con rojo, jockey, cotona, y guantes con puntos. A un costado, tenía un celular y unos audífonos que colgaban de su cuello. Algunos empleados de la fábrica lo reconocieron apenas lo vieron tirado:

-Es el Hugo -dijeron.

‘Hugo’, en verdad se llamaba Sabino Andrés Suárez Poblete, un joven de 34 años al que nadie nunca había llamado por su nombre. Había sido contratado el 2 de febrero de este año para realizar labores de aseo y en la planta no se explicaban cómo es que había llegado hasta el interior de la cámara. En esas primeras horas, su muerte bien podría haber sido un absurdo accidente o un premeditado homicidio.

Yasna Poblete se enteró del fallecimiento de su hermano ese mismo día. La policía fue a buscarla a la casa de un tío, y lo primero que imaginó fue que Sabino estaba preso. Vivía preparada para que algo así ocurriera, pero esa tarde las cosas fueron distintas.

-Su hermano tuvo un accidente fatal en el trabajo -le dijo el funcionario sin rodeos.

Yasna corrió a contarle la mala noticia a su esposo Washington Lobos, y media hora después ambos iban camino a la planta de Geofrut. Allá los esperaba el gerente Pablo Soto, la fiscal de turno y un funcionario del Servicio Médico Legal. Necesitaban un voluntario para reconocer el cuerpo. Su cuñado se ofreció. Hasta ese minuto, nadie les había dicho que Sabino estaba congelado. Washington iba preparado para verlo destrozado. Se lo imaginaba aplastado por un cajón de fruta o atropellado por una máquina, pero al llegar vio un bulto tirado en el piso, metido en una bolsa plástica, con su tronco descubierto. Tenía los dedos arrugados y un tatuaje escrito en cada brazo: Érika e Irma. Los nombres de la madre y la abuela de Sabino.

-Lo reconocí al tiro. Tenía los pelos de la nariz con escarcha y la cabeza chica, como chupada –recuerda el cuñado.

Al salir, el gerente les dijo que contaran con él para lo que fuera necesario y que estaban investigando cómo había llegado hasta ese lugar. Les comentó, además, que Sabino había ingresado a trabajar el 10 de marzo en el turno de la noche y que, hasta ese día 13 de abril, no había registro de su salida. Yasna no pudo contener el llanto. Para cuando lo encontraron, su hermano llevaba 33 días fallecido adentro de un refrigerador. En todo ese tiempo, nadie lo había buscado.

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Sabino Suárez Poblete
***

Sabino Andrés Suarez Poblete tenía un año de vida, cuando sus padres –Erika y Sabino- se separaron. Quedó a cargo de Irma Celis, su abuela materna, quien para no recordar el nombre de su yerno, comenzó a llamarlo simplemente Andrés.

-Era una buena persona, muy influenciable- recuerda su hermana Yasna, menor que él por siete años, hija de una segunda relación de su madre.

A mediados de la década de los noventa, todos vivían achoclonados en la casa que Irma tenía en el sector 10 de la población 25 de febrero, en Rancagua. Todos, menos Érika, que tenía un departamento dos cuadras más arriba, donde vivía sola. Habiendo criado a 13 hijos, su abuela debía bregar todos los días por su nieto, a quien desde pequeño le habían descubierto un déficit mental leve. Muy mínimo para ocupar las pocas vacantes de los colegios especiales de la ciudad, y muy complejo para que una profesora con 40 alumnos, y de una escuela normal, le pusiera la suficiente atención que necesitaba. Deambuló, entonces, por varios establecimientos, hasta que a los ocho años lo matricularon en un internado en Colina. Hasta allá llegaba su abuela y su hermana a visitarlo durante los fines de semana, momento que los profesores aprovechaban de comentarle que el niño no aprendía.

-Nos decían que conocía los números y las letras, pero que no sabía juntarlas -agrega Yasna.

Sabino abandonó el colegio al poco tiempo. Creció sin saber leer, ni escribir. Por entonces, tenía escaso contacto con su madre y casi nada con su padre, quien se dedicaba a viajar por la región, ofreciéndose como temporero. Su hijo tenía siete años cuando él lo dejó de ver.

-Estuve nueve años trabajando afuera y me volví nómade. Donde había trabajo tenía que ir –recuerda Sabino padre, un hombre de 63 años que también fue abandonado por su papá cuando era chico.

Aquella vieja historia familiar, cuando su madre tuvo que sacar adelante a once hijos, marcaría la relación distante que más tarde existiría entre ambos Sabinos.

-Nos reencontramos cuando él tenía 18 años. No le voy a decir que fui un buen padre, porque si hubiese querido estar más presente, podría haberlo hecho, pero no lo hice –agrega.

Pese a eso, Sabino hijo siguió el ejemplo de su progenitor y se enroló en el ejército de temporeros que día a día son acarreados desde la ciudad a los distintos fundos de la Región de O’Higgins. La mayoría de sus parientes y amigos se dedicaban a eso. Según el Instituto Nacional de Estadísticas, en la zona, más de cien mil personas se desempeñan en las labores agrícolas, un trabajo que muchas veces resulta ser precario, agotador, y mal remunerado, pero el único donde no le pedían cuarto medio. Sabino iba, venía, rotaba por los cultivos, trabajaba al día, por faena, y en algunas ocasiones –cuando tenía suerte- hasta lo contrataban por la temporada completa, pero luego llegaba el invierno y quedaba cesante. La misma rutina por años, hasta que el 5 de abril del 2004, el fallecimiento de su madre lo marcó emocionalmente.

Érika Poblete apareció muerta en la pieza de su casa, luego de que los vecinos denunciaran un pestilente olor que salía de su propiedad. Vivía a dos cuadras del resto de su familia, pero nadie se había percatado de lo que ocurría. Cuando echaron abajo su puerta, llevaba cinco días sin vida. La encontraron tirada en la cama, con la cabeza hinchada y casi sin pelo. Putrefacta. Érika, al igual que su hijo, también murió sola.

-Se supone que hubo un carrete, porque encontraron colillas de cigarros y vasos con restos de alcohol, pero nunca supimos qué le pasó. Ella siempre desaparecía, por eso no la echamos de menos. Una estaba acostumbrada a que no estuviera presente -cuenta su hermana Irma, que entonces tenía 37 años.

La muerte de Érika fue el detonante del deterioro de la salud de la abuela y también el comienzo de una etapa oscura en la vida de Sabino: dejó de trabajar, empezó a tener malas juntas, a consumir drogas, y a beber alcohol. Juergas que en el 2005 terminaron con él en una comisaría, acusado de robo con fuerza, causa que nunca llegó a una condena. A esa altura, Sabino y su abuela ya no vivían juntos. Irma se había mudado donde una hija y él se había quedado en la misma casa con sus tíos. Fue la época en que comenzaron a perderle la pista:

-Una vez llegaron unos juegos mecánicos a la población, se llamaban ‘Felicilandia’, y él se fue a viajar con ellos. No le avisó a nadie, pero después llamó para contar dónde estaba. Cuando llegaban los circos también se perdía, pero nunca se alejaba mucho -recuerda Washington Lobos, su cuñado.

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Sabino se volvió nómade igual que su padre, pero siempre daba alguna señal de vida. Para entonces, el mayor temor de la familia era que algún día dejara de llamar. Cuando pasaba eso, las malas noticias llegaban rápido. Así ocurrió en octubre de 2009, cuando un policía se comunicó con Yasna para decirle que su hermano estaba detenido por robo con violencia. Era la tercera vez en el año que recibía un llamado así. Meses antes, lo habían apresado por porte de arma blanca y robo con sorpresa, delitos por los cuales se había salvado de ir preso. Esta vez fue distinto: los jueces lo condenaron a tres años de cárcel.

-Fue un robo ridículo, de curado. Estaba en un pub con un amigo y asaltaron a una persona que habían conocido ahí, porque no les quiso invitar un copete. Le quitaron dos lucas y un celular de esos antiguos, pero justo estaban los pacos -agrega Washington.

En la cárcel de Rancagua lo trataron mal. Otros presos le pegaban y se llevó el susto de su vida la madrugada del 27 de febrero de 2010, cuando le tocó pasar el terremoto encerrado en una celda. Luego lo trasladaron a la cárcel de Rengo, un paraíso comparado con el otro penal. Allá se inscribió para sacar su enseñanza básica, aprendió a escribir su nombre, su dirección y su rut. También trabajó en el casino. Durante todo ese tiempo, su abuela y su hermana no lo dejaron solo. Al comienzo, iban a todas las visitas, pero después que Yasna quedó embarazada, los viajes se redujeron a dos veces por mes. Para Irma, Sabino era prácticamente un hijo. Pese a sus achaques –le había dado una parálisis y padecía de Alzheimer-, siempre trataba de estar con él. Eso, hasta que el 14 de mayo de 2012, un accidente vascular le quitó la vida mientras dormía. A Sabino le permitieron asistir a su funeral acompañado de dos gendarmes de civil. Perder a la persona que lo había criado fue uno de los episodios más tristes de su vida.

Poco tiempo antes de salir de la cárcel, en junio de 2013, Sabino recibió una noticia que en algo mejoró sus expectativas. A su nombre figuraba un cheque por seis millones y medio de pesos, que el Servicio de Vivienda y Urbanismo le había girado por la expropiación del departamento donde había fallecido su madre, y que había quedado con daños estructurales tras el terremoto. Él compartió la herencia.

-Lo repartimos entre los tres con su papá. Le pasamos dos millones a él, dos para mí, y el Sabino se quedó con los otros dos, pero no le duró nada. Después de salir de la cárcel se la farreó -agrega su hermana.

Yasna cuenta que al principio le pasaba la plata de a poco, pero se la pedía tan seguido, que un día se la entregó toda. Fue en aquella temporada en que ambos vivieron juntos. Dos años que terminaron con una discusión ocurrida a fines del 2015, cuando su cuñado llegó un día a la casa y lo pilló tomando cervezas con un grupo de amigos. Esa tarde, tras una pelea, se fue a vivir donde su papá, pero luego retornó a la casa que había dejado la abuela, donde tenía su pieza y también estaban sus tíos.

Se puso a buscar trabajo.

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Sabino y su padre en la carreta donde a veces ambos trabajaban

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La última vez que Yasna vio a su hermano fue un día viernes. No recuerda si fue a comienzos de febrero o para la quincena, pero sí cuál fue el motivo de la visita.

-Quería que le prestara plata, se iba a la playa con unos amigos y le faltaba para el pasaje. Le pasé unas monedas que saqué de la alcancía de mi hija, y me dijo que cuando regresara me la iba a pagar, porque estaba trabajando.

Sabino no mentía. El 2 de febrero había entrado a trabajar como personal de aseo en la planta Geofrut, un packing de propiedad del empresario Cristián Echeverría, que durante todo el año exportaba diferentes tipos de fruta a los cinco continentes. La empresa era filial de Geoagro, una frutícola de 400 hectáreas; Geomarket, encargada de comercializar los alimentos que no podían enviarse al extranjero; y Geoservice, la compañía mediante la cual contrataban a todos los trabajadores. A Sabino le pagaban 250 mil pesos al mes y trabajaba por turnos. A veces le tocaba ir a limpiar en la mañana y otras en la noche. Aquel fin de semana de playa con los amigos, fue el primero que le tocó libre.

-Fuimos a Punta de Tralca por el día. Nos tomamos unos copetes, pero estuvimos tranquilos. Él era pura risa, no le hacía daño a nadie, y siempre se ofrecía para hacer cosas -recuerda María de la Cuadra, amiga que andaba con Sabino ese día.

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Sabino y sus amigos en Punta de Tralca, la última fotografía que hay de él

En las fotos que hay del viaje, ambos aparecen junto a otros cinco amigos. En una de ellas, Sabino sostiene una cerveza en la mano y en otra, se empina un ‘chimbombo’ de vino, que le tapa toda la cara, mientras dos de sus amigos sostienen una bandera de Colo Colo, el equipo del que era hincha.

-Él era parte de mi familia, como si fuera mi hijo adoptivo. Nos juntábamos en la población Vicuña Mackenna y cuando jugaba Colo-Colo, sacábamos la tele al pasillo del block –agrega su amiga.

Al regresar a Rancagua, Sabino se pagó de su primer sueldo. Raúl Poblete, el tío con el que vivía, recuerda que ese día su sobrino llegó con cosas para la casa y con ropa nueva, pero que no fue a devolverle la plata a su hermana. A comienzos de marzo, ella llamó para cobrar, pero no lo encontró. Raúl le dijo que estaba trabajando de noche y que lo habían pasado de la empresa subcontratista a la planta. Yasna se alegró. Eso sería lo último que sabría de él.

El jueves 10 de marzo de este año, Sabino Suárez ingresó a las 19:49 a Geofrut. Aquella noche estaba inquieto. Colo-Colo disputaba el tercer partido de la fase de grupos de la Copa Libertadores, frente a Atlético Mineiro de Brasil, y no tenía dónde escucharlo. Le pidió el celular a Carolina Ulloa, una compañera que seleccionaba fruta, pero ella se lo negó. Sabino, entonces, aprovechó un descuido y se lo sacó desde el polerón. Luego, se escabulló rápidamente por los pasillos de la planta, hasta perderse por lugares por los que nunca había transitado, buscando un espacio tranquilo para sentarse a oír el relato.

Sin saberlo, llegó hasta la sala de las cámaras de atmósferas controladas, el sector más peligroso de la fábrica. Se encontró con siete enormes contenedores que almacenaban toda la fruta que había llegado a comienzos de semana: más de dos mil bines resguardados en refrigeradores herméticamente sellados. Todos, menos uno. El número tres, que desde hace dos semanas registraba niveles de oxígeno por sobre la norma, y que esa noche había entrado en mantención. Una hora antes, el operario John Palma, vestido como un astronauta, había llegado hasta ese lugar para abrir la escotilla de la cámara y así sacar el oxígeno sobrante, a través de un proceso llamado ‘barrido de nitrógeno’, operación que podía extenderse hasta por siete horas. En su ignorancia, Sabino vio en aquel agujero el lugar perfecto para ocultarse y escuchar el partido. Una vez adentro, dio dos pasos y cayó al suelo. Afuera, un enorme cartel blanco con letras negras advertía: “No entrar, peligro de muerte”.

Para cuando John Palma volvió a las cuatro de la mañana a cerrar la escotilla, Colo-Colo había empatado a cero y el cuerpo del joven encargado del aseo yacía tirado a pocos metros delante de él, tapado en la oscuridad, muerto tal vez. Aquella noche, la única que lo echó de menos fue Carolina Ulloa, que cuando se dio cuenta de que su celular no estaba, lo acusó de robo con una supervisora. Como no apareció durante el turno, ni al día siguiente, ambas pensaron que se había arrancado. Sabino quedó como un ladrón. Nadie volvió a preguntar por él.

Yasna comenzó a preocuparse por su hermano a fines de marzo, cuando llamó a su tío y éste le dijo que hace tres semanas que no llegaba a dormir. Le comentó que en la población decían que lo habían visto los primeros días del mes comprando en el centro con una mujer. La explicación la tranquilizó, pero a la semana siguiente se angustió. El 2 de abril, cuando ya habían pasado 22 días de su desaparición y su cuerpo yacía congelado, Sabino estuvo de cumpleaños.

-Lo llamé para saludarlo y su teléfono estaba apagado. Mi tío me dijo que aún no llegaba a la casa. Pensé que había caído preso, pero en Gendarmería me dijeron que no estaba -recuerda.

Aquella fue la única gestión que hicieron para saber de él. Hasta esa fecha, la PDI había recibido más de 500 denuncias por presunta desgracia, pero ninguna de ellas llevaba su nombre. Si no fuera porque la cámara número tres siguió dando problemas, Sabino jamás hubiese aparecido el 13 de abril pasado. Ese día, John Palma volvió a abrir la escotilla para tomar un muestra de fruta y de casualidad encontró a su compañero. Su muerte abrió una serie de interrogantes. ¿Cómo es que ningún jefe se molestó en buscarlo? ¿Cómo es que nadie en la familia fue a la policía a pedir ayuda? ¿En qué estuvieron sus amigos en todo este tiempo?

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-No es que no lo hayan buscado porque no lo querían, lo que pasa es que él era de estos a los que les daba el ahogo y se iba. Estábamos acostumbrados a que se fuera, pero siempre volvía. Nunca imaginamos que lo iban a encontrar muerto –explica María de la Cuadra, su amiga.

Aquella noche en que se hicieron los primeros peritajes al cuerpo, cuando se descartó cualquier intervención de terceras personas, el gerente Pablo Soto se apresuró en explicarle a Yasna y Washington que el accidente al parecer había sido provocado por la imprudencia de su familiar, que había hecho caso omiso de los carteles que advertían del peligro de entrar en las cámaras.

Sabino, sin embargo, no sabía leer.

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Sabino y su hermana Yasna Poblete

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Cuando Sabino Suárez padre se apareció en el velorio, la casa de la abuela quedó en silencio. No veía a su hijo desde octubre de 2015 y se había enterado de su muerte por las noticias, cuando el cadáver ya llevaba varias horas adentro del cajón. Vestía un terno negro, lentes oscuros para ocultar un ojo de vidrio, y traía su cabellera prolijamente peinada. Llegó acompañado de su hermana Ernestina, tía que había visto a su sobrino por última vez a comienzos de marzo, cuando se lo encontró comprando ropa en el centro. A los pocos minutos, unos abogados aparecieron en la puerta preguntando por el papá del difunto, y le ofrecieron su representación para demandar a la empresa. Imprudencia que la familia materna no le perdonó.

-Conversó con los abogados en la esquina y luego ni siquiera se acercó a preguntar si necesitábamos algo. Al día siguiente fue al funeral y no dijo nada –cuenta Yasna.

Durante el entierro, al que asistieron más de 300 personas -entre amigos, familiares y ningún compañero del trabajo-, Gabriel Poblete, un tío que además era pastor de una iglesia evangélica, las emprendió en su sermón contra la prensa. Dijo que le hubiese gustado que los mismos periodistas que días antes habían dicho que Sabino no era querido, pudieran haber visto la gran cantidad de gente que había llegado a despedirlo. Ambos discursos eran reales. Aunque efectivamente tuvo un funeral multitudinario, también era cierto que durante los 33 días en que estuvo congelado, a ninguno de los que estaban allí les incomodó su ausencia.

La empresa corrió con los gastos del servicio y el nicho: $3.734.000 en total, que ellos mismos pagaron a la funeraria y al cementerio. El gesto, sin embargo, no fue suficiente. Una semana después, Sabino padre reapareció en tribunales acompañado de Luis León Quinteros, el mismo abogado que lo había visitado en el velorio, e interpusieron una demanda contra la empresa: pedían 445 millones de pesos por el daño moral que le había causado la muerte de su hijo. La querella abrió viejas rencillas familiares. Raúl Poblete, el tío materno que vivía con Sabino, apareció criticándolo ese mismo día en una nota emitida por el canal regional de TVN. Dijo que era un aprovechador y que había sido la hermana de su sobrino la que siempre había estado ahí con él. Sabino padre se defiende.

-La hermana lo echaba cuando quería, incluso me estafó. Ella no me dio esos dos millones del departamento de mi ex esposa que anda diciendo. ¿Usted cree que es justo que yo comparta esto con ella? La gente que me conoce me apoya. Ellos saben cómo era yo con mi hijo, tengo testigos. Además, nosotros no llamamos a los abogados, ellos llegaron solitos. ¿Cierto que ustedes fueron a buscarnos? –le pregunta Sabino a Luis León.

León asiente disimuladamente con la cabeza sin despegar los ojos de su computador. En la causa trabajan otros dos abogados más: Luis del Río y Camilo Umaña, ex fiscal de Rancagua. Su estrategia busca que la empresa pague la mayor cantidad de dinero por lo que consideran una “inexcusable negligencia”. Botín que luego será repartido 60 a 40, según comenta Sabino padre. El relato de los juristas tiene cierta lógica.

-No es que él dejó de ir un día al trabajo, él llegó y no volvió a salir de allí. Esto tiene que ver con la irresponsabilidad de la empresa. Ellos se dedican al tema alimenticio, y donde almacenan fruta, hubo un cadáver al menos durante 30 días –dice Umaña.

-Acuérdate de lo que pasó en Estados Unidos por dos gotas de cianuro en la uva, imagínate lo que sería si supieran que Geofrut almacenó su fruta al lado de una persona muerta –agrega Del Río.

El informe de la dirección del trabajo no repara específicamente en las condiciones de salubridad, pero sí es claro en advertir las responsabilidades laborales de la empresa. Según los fiscalizadores, en la muerte de Sabino sus empleadores incurrieron en al menos tres faltas graves. Todas relacionadas con la seguridad de los trabajadores. Los funcionarios cuestionaron que durante las mantenciones de las cámaras no hubiese un trabajador de punto fijo, que no estuvieran pegados los símbolos de la calavera, que indicaba peligro de muerte para quienes no sabían leer, y que no le informaran al trabajador de los riesgos que conllevaba estar allí. Geofrut, o Geoservice, como se llamaba la filial que lo tenía contratado, fue multada en 180 UTM: más de ocho millones de pesos. Ellos se defendieron.

-El señor Sabino Suárez trabajaba en la línea dos, en labores de aseo, por lo tanto no tenía nada que hacer en la cámara número tres. Nadie sabe por qué entró por la escotilla, ya que nadie lo envió a ese lugar -dice el relato que los ejecutivos dieron en la fiscalización.

La empresa busca demostrar que su muerte no ocurrió por negligencia, sino más bien por imprudencia del trabajador, a quien finiquitaron formalmente el 14 de abril pasado, un día después de que apareciera. Los ejecutivos ingresaron en la dirección del trabajo una carta de despido en su contra, acusándolo de ausencias reiteradas en los días 11, 14, 15 y 16 de marzo. Desde el punto de vista de la compañía, su imprudencia no sólo le había costado la vida, sino que también le había hecho perder el trabajo, al no haber podido regresar a sus funciones. Un argumento absurdo y cruel.

Desde el 2005 a la fecha, Geoservice registra trece multas y ocho reclamos por relaciones laborales. En los últimos seis meses, en su historial hay faltas respecto del cumplimiento del contrato, de la protección a la maternidad, y por infracción a las normas de higiene y seguridad. Nada comparado con el caso de Sabino. Accidentes como éste, no son habituales. En internet hay registro de otros dos casos similares ocurridos en los últimos años. En marzo de 2011, Héctor Cárdenas Arroyo, temporero de 22 años que trabajaba en la Frutícola Angol, falleció en una cámara repleta de manzanas y fue encontrado al día siguiente, apoyado por dentro de la escotilla. A comienzos de mayo de 2015, otro caso similar ocurrió en Curicó. Boris Oliva Tejada, de 33 años, perdió la vida al ingresar a robar por el techo del frigorífico San Enrique, ubicado en la Ruta 5 sur, con la mala suerte que descendió justo adentro de la cámara de atmósfera controlada. En ambas muertes, la causante fue la asfixia. La autopsia de Sabino, sin embargo, no ha podido comprobar aún las razones del deceso. Su familia todavía no sabe si él agonizó por el frío o se ahogó a los pocos minutos.

-Hace un año y medio falleció mi hermano, después mi sobrino, y ahora mi hijo murió adentro de su trabajo, ¿cómo no voy a demandar a la empresa? La familia se me está yendo. Ahora me la paso encerrado y ni siquiera me levanto –se lamenta llorando Sabino padre.

Yasna también está evaluando demandar a Geofrut. Hace algunos días se juntó con unos abogados y se quiere hacer parte de la querella. Cree que ya no hay vuelta atrás, que le han explicado que desde que el papá de su hermano se querelló, participar del juicio es la única forma que tiene para recibir parte de la indemnización. Cuenta que la última vez que habló con el gerente, él le habría dicho que si la empresa tenía que pagar por algo, él deseaba que al menos fuera ella quien lo recibiera.

-Nosotros no hemos quedado conformes con la respuesta de la empresa, ellos deberían haberlo buscado. ¿Por qué no nos llamaron ese mismo día para avisarnos que no había salido del trabajo? Yo creo que están conscientes que tienen que dar plata –asegura.

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Sabino Suárez con su abuela Irma Celis

La muerte de Sabino ha llevado a los Suárez y a los Poblete a disputarse un dinero ficticio. Un número con el que arbitrariamente los abogados han tasado la negligencia que le costó la vida: 445 millones de pesos en los que ambos clanes buscan consuelo. Herencia en pugna por la muerte de un hombre al que nadie buscó. Su abuela, la única persona que podría haberlo hecho, ya había fallecido muchos años atrás.

-Debe ser triste cuando a uno no lo buscan –dice Sabino padre, secándose las lágrimas con un pañuelo.

*Hasta el cierre de esta edición, intentamos obtener la versión de los ejecutivos de la empresa Geofrut, pero el gerente se negó a entregarla.

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