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El Club de los Duros es una institución privada sin fines de lucro, fundada en Santiago de Chile, con el fin de velar por los nobles ideales que nos inspiran, desacreditados en la hora presente debido a la hegemonía que han alcanzado el hedonismo exacerbado, el comportamiento acomodaticio cuando no rastrero, la tendencia metrosexual, la codicia y el éxito fácil.

Contra las voces que pregonan la extinción de nuestra ética y estética, y que pretenden ridiculizarlas como vestigios de una sensibilidad limitada u opresiva (nada más lejos de la realidad), mantenernos firmes en nuestras convicciones, sin importar el qué dirán, debe ser lo nuestro, y dar sobrio testimonio de la dureza en la vida pública y privada. En lo que respecta a esta última, el duro, en principio, no se casa ni empareja (para eso tiene amigas), y si lo hace (sus razones tendrá), no es para toda la vida. En caso de tener hijos, los educa en consecuencia, aprobando que se incomoden con las caricias excesivas, no coman dulces ni crean en el “ratoncito” y devuelvan molestos los regalos que no han pedido. Patrono máximo y referente de la institución es Robert Mitchun. Falso ídolo, destituido por traidor, Clint Eastwood, tras filmar Los Puentes de Madison.

He aquí los mandamientos que orientan nuestra vida en sociedad:

1. No comer postres, salvo frutas, siempre que no estén partidas ni preparadas con primor o coquetería. Con todo, se permite el consumo moderado de mote con huesillos, que por su origen campesino no contradice el temple austero y lacónico de un duro.

2. No hablar con diminutivos. Prohibido decir: tráigame un cafecito, sonríame con sus ojitos, rásqueme la guatita o invíteme a un vinito. Tampoco se pueden usar expresiones como “pichintún” o “cachito”, terminar una conversación diciendo “oka”, o iniciarla con un “¿cotay?”.

3. No ser gregario. El duro se basta a sí mismo y no es apitutado. No usa tarjetas de visita ni envía saludos navideños o de Año Nuevo. Tampoco celebra su cumpleaños. No pide favores ni los hace. No tiene vocación de asistente social. No es conciliador, y aunque no interviene en las disputas de los demás, no se escandaliza con los conflictos ni con la violencia que se deriva de las naturales discrepancias entre los seres humanos.

4. No quejarse. El duro, si sufre, lo hace en silencio. No es hipondríaco. Tampoco ruega ni pide perdón.

5. No ser demagogo, coqueto ni canchero. El duro no busca protagonismo ni encantar o agradar, y aunque pueda no ser desdichado, evitar proyectar esos estados de felicidad o de “plenitud” –¡horror!– en los que algunos se complacen como chanchos en la batea.

6. Ser duro con los duros y blando con los blandos y que nunca nadie en un apuro lo pille templando, como diría uno de los maestros, Martín Fierro.

7. Ser contenido, no manifestar emociones en público como lo haría sujeto sensiblero o llorón. Si con el objeto de conmoverlo, un majadero le comunica la muerte de un conocido en común, a lo más responde, como a regañadientes, “cosa suya”. Tampoco se impresiona con las manifestaciones de dolor ajeno, mucho menos si obedecen a decepciones amorosas.

8. No beber cócteles adornados con paraguas ni ninguno de sus equivalentes, sino whisky (sin hielo ni agua) u otros destilados igualmente sobrios, que no presenten motivo de sospecha.

9. No ser parlanchín, chismoso ni risueño. El duro no participa en actos sociales ni menos en festividades como la del amigo secreto. No es bromista y ríe en contadas ocasiones, de preferencia sarcásticamente o para burlarse de alguien que se lo merece.

10. Mantener siempre la calma y la dignidad. Si a un duro lo superan en fuerzas quienes se proponen sacarle la cresta, y no tiene chance de impedirlo, se abren dos posibilidades: permanecer indiferente, como si el asunto concerniera a otro, o decirles “hagan lo que estimen conveniente, ahuevonados”.

*Abogado, profesor de Derecho Penal.