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“MURIÓ PACIENTE DEL CÁNCER GAY CHILENO”, tituló en portada el diario La Tercera, el jueves 23 de agosto de 1984, abriendo los fuegos de la realidad del SIDA en Chile. Era la sensacionalista e impactante información relativa a la muerte de Edmundo Rodríguez Ramírez, el primer chileno diagnosticado de VIH y muerto a causa del SIDA. “MURIÓ PACIENTE DE LA ENFERMEDAD RARA”, dijo por su parte el diario Las Últimas Noticias. “En la madrugada de ayer falleció el primer paciente chileno afectado por el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA), que permanecía internado en el Hospital Clínico de la Universidad Católica. En forma extraoficial se informó que el enfermo, un sodomita de 38 años de edad, había sido dado de alta provisoriamente en los últimos días y que un agravamiento en su estado obligó a sus familiares a reinternarlo en el centro hospitalario”, informó el diario La Tercera en páginas interiores.

La situación de salud de Edmundo Rodríguez fue públicamente conocida, por primera vez, a principios de julio de 1984, cuando fue presentada por los médicos tratantes, doctores Fernando Figueroa y Guillermo Acuña, en las Primeras Jornadas Médicas del capitalino Hospital Paula Jara Quemada. “Habitualmente, por razones de ética, el Hospital Clínico de la Universidad Católica de Chile resguarda la información referente al diagnóstico, estado y evolución de las enfermedades que afecta a sus pacientes. Los casos clínicos de interés científico son presentados en las tribunas adecuadas para provecho de la comunidad”, justificaba el día de la muerte de Edmundo Rodríguez una declaración oficial firmada por el director del Hospital Clínico de la UC, doctor Joaquín Montero Labbé. “La dirección del Hospital Clínico de la Universidad Católica apela a la conciencia ética de los periodistas, que bien saben valorar el secreto profesional y a la comprensión de los medios de difusión en torno a este tipo de problemas”, remataba el comunicado de la UC en afán ético.

Mientras, en una antigua casona de Ñuñoa, Salvador Plaza, pareja de Edmundo Rodríguez, lloraba la pérdida de su compañero de vida y encomendaba a un cómplice amigo de parranda la compra sigilosa de los periódicos del 23 de agosto que informaban del triste deceso de su castigado amor. Salvador respiró profundo, recordó las risas y besos compartidos, miró los titulares, leyó las palabras “sodomita”, “homosexual” y “muerto de SIDA”, pero ninguna de ellas hacía sentido con la inolvidable historia de amor que habían construido con Edmundo. Una historia de amor y complicidad que impulsó a Salvador a recorrer decididamente el sinuoso camino de la aceptación sexual en años de compleja liberación afectiva.

“Yo nací en un tiempo equivocado, nadie sabía de mi sexualidad, lo pasaba pésimo, a veces me visitan amigos, pero no se hablaba nunca del tema. Yo provengo de una familia tradicional católica con un padre alcohólico que decía que prefería tener un hijo muerto que un hijo maricón”, reconoce Salvador con angustiante e inolvidable dolor infantil.

“Yo pensaba que era el único homosexual en el mundo, nací en una época equivocada, entonces mi tranca fue enorme. Afortunadamente, a los 38 años, comencé mi aceptación cuando leí una carta que apareció en el diario El Mercurio, donde un padre relata el penoso suicidio de su hijo homosexual. Esa carta es histórica para mí porque impulsó mi aceptación definitiva. Lo pasé muy mal, pero fui feliz cuando conocí a Edmundo”, admite Salvador, relatando emocionado y detenidamente su particular historia de amor.

“Tenía una amiga lesbiana de nombre Paulina que me ayudó a conocer a otros amigos. Yo estaba apegado a la Paulina, porque me sentía extraño en el ambiente gay, era un cabro chico con 38 años. Un cabro que tenía mucho miedo. Un día fui al departamento de mi amiga, que vivía con su madre y ahí apareció Edmundo. Estuvimos saliendo como amigos durante dos meses. Edmundo era profesor de castellano, me escribía cartas en letra imprenta sin firmarlas. Él había asumido su sexualidad pero en todo el tiempo que estuvimos juntos, yo nunca conocí su casa, ni él nunca conoció la mía. Me enamoré de Edmundo e incluso compré un departamento en Carlos Antúnez con Marchant Pereira para vernos más tranquilamente”, recuerda, agregando: “Era un lugar magnífico, nuestro espacio de encuentro. Un día fuimos a Horcón como amigos y pasó lo que tenía que pasar. Edmundo me dijo que no porque había pasado eso íbamos a ser pareja, rayando así la cancha, pero a los dos meses me trajo una planta enorme de regalo en un taxi desde Maipú, demostrándome así su amor. Ya no se habló más del tema y poco a poco se comenzaron a dar las cosas. Después todo era obvio, no había que hablar mucho, estábamos enamorados”.

Salvador evoca cada momento de su relación con Edmundo, particularmente los días en que su pareja estuvo internada en el Hospital Clínico de la Universidad Católica, transformándose en el “conejillo de indias” de médicos, enfermeras y periodistas. “Para ustedes, el que yo pueda tener VIH o SIDA es importante porque lo van a publicar, pero cuídense, porque mi madre se operó del corazón y si dan la noticia, se la van a llevar a ella, a mí y también a mi pareja que es bipolar”, fue la advertencia que habría realizado Edmundo Rodríguez al cuerpo médico de la UC, según rememora Salvador Plaza.

“Recuerdo que cuando Edmundo enfermó, yo era casi la única persona que podía entrar para hablar con él. Me decía que el médico le había dicho, antes de los exámenes de confirmación, que él podía tener AIDS. Yo le reclamé al médico, porque no podía decirle eso. Edmundo tenía síntomas de Sarcoma de Kaposi y eso lo complicaba mucho, particularmente las manchas en la cara. Se ponía brisquei para taparlas. Yo creo que Edmundo se contagió con un brasilero que conoció en el centro de Santiago. En ese tiempo se hablaba del SIDA, pero nadie se preocupaba, no se usaban medidas de prevención, pese a todo yo nunca me contagié”, señala Salvador.

Gustavo Hermosilla, activista del VIH/SIDA y conocido de Edmundo Rodríguez en los inicios de lo que sería posteriormente la Corporación Chilena de Prevención del SIDA, recuerda su figura y asumida sexualidad. “Edmundo era muy simpático, conchudo, alegre. Tenía una vida asumida, amaba a su pareja y se juntaban en el mismo círculo que me reunía yo. Íbamos a los mismos lugares de encuentro homosexual, al Clavel, al Delfín, al Bokara”, rememora Gustavo. “Recuerdo que yo fui a ver a Edmundo al Hospital de la Católica pero estaba aislado. Mucho antes me había encontrado con él en el centro y me dijo que se iba a morir, pero yo le respondía que no le creía. Me decía que se quería comprar cosas lindas, porque se iba a morir. Lo acompañé muchas veces antes que entrara a la UC. Al hospital fuimos varios a verlo y algo me decía que no pasaba nada si lo besaba. Lo saludé y estuvimos conversando poco tiempo antes de que falleciera”, recuerda hoy con tristeza Gustavo Hermosilla.

El decreto de Pinochet
El primer antecedente en la legislación chilena en materias de normas relacionadas con enfermedades de transmisión sexual es el Decreto Supremo N° 362, del 28 de septiembre de 1983, que trata sobre el reglamento de ETS (Enfermedades de Transmisión Sexual) y cuyo artículo N° 2 define que “son enfermedades de transmisión sexual para los efectos del siguiente reglamento, la sífilis, la gonorrea, el linfogranuloma venéreo, el chancro blando y la uretritis nogonocócica”. Un año después, el 10 de septiembre de 1984, se promulga el Decreto N° 294, que modifica el N° 362 que es el que aprueba el Reglamento sobre Enfermedades de Transmisión Sexual, y que incorpora al Art. N° 2, a continuación de la expresión “el linfogranuloma venéreo”, la siguiente frase “el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA) ”. Desde ese minuto el SIDA era asumido como enfermedad en el sistema de salud pública. La modificación de septiembre del año 1984 coincide con la muerte a causa del VIH/SIDA, un mes antes, del primer paciente en el Hospital Clínico de la Universidad Católica, el primer caso conocido públicamente en Chile. La primera “notificación oficial”
Presentado en las Primeras Jornadas Médicas del Hospital Paula Jara Quemada, en Santiago, la situación de salud de Edmundo Rodríguez era desconocida e intrigante para los profesionales locales, aunque públicamente la autoridad sanitaria declaraba que la “inmunodeficiencia estaba bajo control” en nuestro país. “Esto es un caso aislado, somos un país decente, eso no va a llegar aquí”, decía el Ministro de Salud de la época, asegura haber escuchado Gustavo Hermosilla de la boca de las autoridades sanitarias. Desde antes de 1983, las ETS, Enfermedades de Transmisión Sexual, eran controladas en el sistema público de Salud en Chile y a partir de 1984 se incorpora al sistema de salud el denominado: Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, SIDA.

“Existen en Chile los medios y elementos para efectuar el diagnóstico de esta patología. La autoridad sanitaria ha abordado el hecho en forma conjunta con los médicos tratantes del paciente”, establecía un comunicado público emitido por la autoridad sanitaria competente. El Ministro de Salud de la época, doctor Winston Chinchón, informaba a la prensa que su cartera había constituido una comisión especial integrada por diversos profesionales, particularmente aquellos dedicados a las llamadas “enfermedades de transmisión sexual”. Respecto del SIDA y puntualmente de Edmundo Rodríguez, cuya identidad no había sido revelada por completo por la prensa, se hablaba del paciente “Edmundo R.R.”, Chinchón reconoció que “se desconoce mucho sobre esta enfermedad, pero en ningún caso es un problema de salud pública”, decía.
Así, entre la desinformación generalizada y la desidia de las autoridades cívico militares de la época, aislado en una sala de un hospital privado de Santiago y mientras la Iglesia Católica ocupaba sendos espacios en la prensa local rechazando categóricamente las bulladas apariciones de la Virgen en Villa Alemana, Edmundo Rodríguez reconocía ser la primera persona viviendo con VIH/SIDA en Chile, sometiéndose a diversos exámenes, sumado a las “notificaciones oficiales” de su “desconocida” y “extraña” enfermedad, batiéndose día tras día entre la vida y la muerte.

Según los informes médicos publicados extraoficialmente por la prensa, Edmundo Rodríguez inició las manifestaciones de su enfermedad un año antes de su hospitalización. Se señalaba que presentaba diarrea alta y desarrollaba una mala absorción con lesiones cutáneas que aparecían concomitantes con la diarrea. Estas lesiones eran caracterizadas por placas pardas-violáceas levantadas e indoloras que se localizaban fundamentalmente en la cara, tronco y brazos. Meses antes de su ingreso a la UC, desarrolló una fiebre intermitente que llegó hasta 39,5 grados y un compromiso severo del estado general con una baja de 15 kilos de peso. Posteriormente aparecería una capa violácea en el paladar duro, otra en el ojo y en el espacio rectal.

Las pericias médicas registran que se le practicaron diversos exámenes, pero Edmundo, “el paciente” para el equipo médico, seguía evolucionando con fiebre persistente, diarrea frecuente y de volumen variable, llegando hasta 1800 c/c, razón por la cual se dispuso de alimentación por sondas. Al día 23 de su hospitalización, presentaba linfoadenopatías generalizadas, es decir, nodulaciones en secciones inguinales, cervicales y axilares. Finalmente, luego de variados exámenes de la más diversa índole, “se llegó al diagnóstico que el enfermo presentaba un defecto de inmunidad celular, con enfermedades oportunistas de tipo viral, micótico y parasitario y de desarrollo de Sarcoma de Kaposi cutáneo y de mucosa periganglionar”.

Expertos norteamericanos invitados a las Primeras Jornadas Médicas del Hospital Paula Jara Quemada, doctores Donald Louria y Purnendu Sen, pertenecientes a la Facultad de Medicina de New Jersey, destacaron que los principales factores de riesgo para adquirir el VIH/SIDA son “la homosexualidad, el abuso de drogas y las múltiples transfusiones sanguíneas”. Respecto de la denominada “promiscuidad” entre hombres homosexuales, Donald Louria, señaló que “se han hecho estudios prospectivos a partir de un caso índice para ver cuántos se infectan. Estos estudios están actualmente en marcha, pero no se sabe hasta el momento cuáles son los resultados. Sin embargo, a pesar de que la promiscuidad se ha demostrado como importante, hemos visto que en casos que han llevado una homosexualidad monogámica por un período de 30 años, no se ha suscitado ningún síndrome”, reconocía el experto.

La peste rosa
La desinformación general y una vida sexual activa entre homosexuales jóvenes sin prevención provocaron un aumento en el número de personas VIH positivas en Chile. “En los años ochenta había llegado la noticia desde EE.UU., pero era algo que la gente no pescaba mucho”, dice Gustavo Hermosilla, agregando: “Los gays veían el SIDA como lejano, importado, por lo demás, no conocían a nadie. En esos años no se usaban condones. El condón no estaba presente en la vida sexual. La sexualidad era absolutamente libre y compulsiva. Existían muchos parques en Santiago, siendo el más visitado el parque Forestal. Recuerdo que cuando se construyó el Metro de Santiago por Providencia, era correr y abrazarse”, dice Gustavo, lujurioso.

“A nivel internacional estábamos recibiendo información de la llamada peste rosa y de que estaba muriendo gente en Brasil, EE.UU., Europa, entonces ahí como que se frenó el sexo, pero se frenó hasta cierto punto porque seguían existiendo los lugares donde se tenía sexo sin protección, a diestra y siniestra, como los saunas Catedral, Ñuñoa y Matte Pérez. El condón no se usaba, particularmente con el cafiche, a ellos les costaba excitarse con las locas, entonces, la loca no se atrevía a meterle un condón porque al cafiche se le iba a bajar el pico y ella no iba a perder la plata. Los cafiches estaban en otra, además que ellos creían que los homosexuales tenían otro gen biológico, entonces, como se decía que el SIDA solo atacaba a homosexuales, ellos como no eran homosexuales, no los iba a atacar. Ahora es para la risa, pero eso creían ellos”, relata con antológica picardía Jorge Pavetti, testigo y protagonista de aquellos agitados años.

“La homosexualidad se vivía más clandestinamente. Su expresión social se reducía a espacios privados protegidos, en casas de amigos o bien a lugares públicos puntuales que cumplían la función de guetos, discos, algunos pocos bares. Era casi imposible pensar en demostraciones de afecto en público”, recuerda Víctor Parra, activista del VIH/SIDA e integrante histórico de la Corporación Chilena de Prevención del SIDA en los años ochenta.

“Edmundo asumía lo que tenía pero pidió que su familia no lo supiese y yo respeté esa decisión”, afirma Salvador, agregando: “Cuando Edmundo falleció, yo no fui al funeral. Su familia no supo nunca nada de mí. El día que Edmundo murió, el 22 de agosto de 1984, su casa en Maipú estuvo rodeada de la televisión, la familia no podía salir ni a comprar, porque la televisión estaba ahí”, denuncia Salvador. Horas antes, después de que los familiares de Edmundo retiraran su cuerpo de la UC, una enorme nube de humo gris salía desde el estacionamiento del Hospital Clínico de la Universidad Católica. El colchón, la ropa y los utensilios usados por el primer muerto a causa del VIH/SIDA en Chile ardían como categórico síntoma del estigma, la desinformación, los prejuicios y la discriminación en nuestro país.

“La muerte de Edmundo enciende la alarma, particularmente entre sus amigos. No pasó inadvertido porque salió publicado en los titulares de los diarios, imagínate, era el primer caso, onda llegó la peste rosa a Chile”, recuerda Gustavo Hermosilla. “La información que se entregó era apocalíptica, terrible, imagínate cómo quedamos nosotros después de leer esos titulares, le prometíamos a todo el mundo que el poto no lo pasábamos nunca más. Nosotros pensábamos eso, pero el poto no”, señala risueño Jorge Pavetti.

“Para mí, Edmundo significó todo, sufrí demasiado y me cuestioné mucho, porque me asumí a los 38 y a los 42 estaba destruido. Tuve tres años para disfrutarlo, fue un amor compartido. Hasta el día de hoy la familia de Edmundo no ha asumido su historia”, confidencia Salvador Plaza. “Edmundo quería que tiraran sus cenizas en el sur. Un día recuerdo que llamé a su casa y era el mismo día en que viajaban al sur para esparcir sus cenizas en el lugar indicado. El padre de Edmundo era retrógrado y no sacaba a la madre ni para los temblores, entonces, sospecho que Edmundo usó su muerte e inventó el viaje de sus cenizas al sur para sacar a su madre de último paseo”, señala Salvador con dulzura, cerrando así un emocionante relato sobre la historia de amor con Edmundo Rodríguez Ramírez, una historia que guardó en estricto secreto durante más de 30 años, hasta hoy.

* Extracto de “Sida en Chile. Historias Fragmentadas” de Amelia Donoso y Víctor Hugo Robles, publicado por Fundación Savia y Siempreviva Ediciones. Relato periodístico de la respuesta de la sociedad civil a la pandemia del VIH/SIDA en Chile aparecida en agosto de 1984 en plena dictadura cívico – militar. “Sida en Chile, historias fragmentadas”, tiene como punto de partida la muerte de Edmundo Rodríguez, profesor homosexual de Maipú, quien falleció a causa del SIDA un 22 de agosto de 1984 provocando impacto en la opinión pública. La historia reconstruye los primeros pasos de las organizaciones comunitarias que emergieron como respuestas a la pandemia destacando el trabajo pionero de la Corporación Chilena de Prevención del SIDA, el Centro de Apoyo a Personas Viviendo con VIH/SIDA y la Coordinadora Nacional de Personas Viviendo con VIH/SIDA VIVOPOSITIVO. Sus protagonistas relatan el devenir político de comunidades nacidas para enfrentar la muerte, la discriminación y el estigma social.