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Opinión

24 de noviembre de 2016

Luciano Lutereau, psicoanalista y escritor argentino: “Hay una crisis de la seducción”

“No esperes nada de mí”, como dice la canción de Babasónicos, es lo que ofrecerían hoy muchos hombres en el amor, es decir, nada. A eso se enfrentan las mujeres que se quejan de recibir un “no” anticipado aun antes de subir al ring. Eso es parte de lo que describe Luciano Lutereau, psicoanalista, Doctor en Filosofía y Psicología de la Universidad de Buenos Aires, en su último y provocador libro “Ya no hay hombres” (Ed. Galerna). Aprovechando su visita en Chile, en el marco de su conferencia “Destitución masculina: psicoanálisis y género”, organizado por el Magíster en Psicoanálisis de la Universidad Diego Portales, analizamos las relaciones amorosas, el sexo descafeinado, la violencia radical y el vacío que acompaña incluso a los exitosos.

Por

Luciano-Lutereau-foto-cristobal-olivares

-De que hay hombres los hay, ¿por qué escuchamos tanto el lamento que titula tu último libro: “Ya no hay hombres”?
El título nombra al menos dos cosas, primero una suposición de que alguna vez los hubo. Existe una fantasía retrospectiva de que hubo algo llamado masculinidad que hoy estaría en crisis. Pero la historia de lo masculino es en sí la historia de una crisis llena de síntomas. En segundo lugar, el “ya no hay más hombres” es la queja resultado de las relaciones entre los sexos en la sociedad actual. La mujer que ya no es concebida como objeto sino que como sujeto al que se le supone un goce. Cuestión que amenaza a los hombres provocando que se bajen del ring antes de subirse.

-¿Cuál es la amenaza de que las mujeres también sean concebidas como sujeto de goce?
La suposición de que el goce de la mujer es ilimitado. Cuestión que por cierto, ellas también padecen. Hoy el paradigma de la mujer multiorgásmica se convierte en un imperativo y muchas consultan porque suponen que no gozan todo lo que deberían. Hay hombres que no saben como enfrentar este supuesto goce ilimitado, del cual además no se sienten agentes. Entonces se sienten burlados y objetualizados. Eso podría explicar las celotipias crudas que vemos hoy. Y también que los hombres huyan de las pruebas de potencia clásicas de lo masculino.

-¿Eso es lo que llamas la “destitución masculina”?
Desde el psicoanálisis, lo masculino es esa elección -de mujeres u hombres- que eligen las vías llamadas fálicas de realización personal: una puesta a prueba de la propia potencia. Lo masculino solía atravesar situaciones en las que se exponía a ser calificado de potente o impotente. La caída de esta operación es a la que me refiero con destitución masculina. La sociedad actual ya no promueve esa vía. Homero Simpson es quizás el personaje por excelencia de tal destitución, ese que frente a cualquier desafío prefiere quedarse en su casa, quizás por lo único que pelea es con su hijo por el control remoto.

-¿Y cuáles son esas pruebas de las que lo masculino huiría?
La iniciación sexual o la seducción son algunas. La codificación clásica de la relación amorosa, por ejemplo, cosas como que en la primera cita los gastos corrían por parte del hombre, ubicaba al varón en el lugar activo del cortejo. Ese lugar era uno de prueba.

-¿Y desentenderse de esas pruebas no podría ser una forma de descanso respecto de esos imperativos?
Antes que descansar, los hombres están desconcertados. Los códigos que los ubicaban en lugar activo mitigaban en ellos la angustia de castración, hoy quedan en un lugar entorpecidos, inhibidos porque no han encontrado otras vías de seducción.

-Decías que la seducción es una de estas pruebas de potencia.
La seducción es una prueba fálica, quien se entrega a una actividad de seducción se expone a ser ganador o perdedor. Hoy muchos han dejado de creer en esas situaciones que los pongan a prueba. Hay una crisis de la seducción. Por ejemplo, se escucha mucho de hombres que seducen en redes sociales, pero dilatan el encuentro o lo evitan.

-Eso es típico de chat de citas, mucho ruido pocas nueces, a la hora de la posibilidad de un encuentro real desaparecen. ¿Qué es lo que se evita?
Se evita la angustia. Al caer los códigos para acercarse a otro, mujer u hombre, hay más incertidumbre. La ruptura de los lazos sociales, entre otras cosas, ha llevado a un declive de las instituciones simbólicas en las que se tramitaba la masculinidad, generando mayor angustia. Por ejemplo, antes existía el duelo, batirse con otro hombre frente a una infidelidad de la mujer. Había un código, la violencia se dirigía hacia otro hombre, hoy más bien se multiplican las celotipias crudas, dirigiéndose la violencia hacia a las mujeres.
En todo caso la angustia que genera ponerse a prueba siempre ha sido un problema. En ese sentido digo que la historia de lo masculino es la historia de una crisis, porque enfrentar la pérdida de potencia siempre ha hecho síntoma para lo masculino. Sin embargo, los seductores de antes iban de todos modos al encuentro, hoy más bien lo evitan o dicen todo el tiempo: “acuérdate que entre tú y yo no hay nada”.

-¿O sea hoy la cobardía toma la forma de perder por walkover?
Exacto. Para ser valiente o cobarde hay que ponerse a prueba. Mientras que el hombre destituido pone un “no” de antemano. Recuerdo a una paciente que en la mesa le alegaba a su marido que soltara el teléfono y hablaran: hoy hay un hombre que no tiene nada para dar ni nada para decir. Por eso la mujer se siente sola.

-¿Cómo ves que se sufre por amor hoy?
A cambio de esa queja clásica femenina frente al hombre fálico, de quien esperaba la prueba de amor, ese sacrificio por ella que lo demostrara, hoy no puede esperar nada. Como la canción de Babasónicos las mujeres reciben un: “no esperes nada de mí”. Muchas mujeres se quejan de la falta de iniciativa de los hombres, falta de ambición y de protección. Como el padre de la película “Fuerza Mayor”, quien frente a una avalancha toma su celular y arranca, dejando atrás a su mujer e hijos. Esa escena muestra la destitución de esa masculinidad que por definición era una vida al servicio de algo, de la patria o de su familia, hoy en cambio, de arrancar solo.

-¿De qué sufre el hombre destituido?
Sufre porque espera que lo quieran por lo que es, y no por lo que está dispuesto a dar. Esta expectativa es una locura ridícula de nuestro tiempo. A un paciente que tenía esta queja le dije: “¡Pero si ni tu mamá te quiere por lo que eres, cómo pedirle eso a una pareja!” A lo más las madres nos quieren por lo que representamos para ellas. Muchas mujeres se quejan de que son ellas las que deben incentivar a sus hombres levantándolos para que salgan de sus goces autistas.

-¿Cuál sería la dirección de un tratamiento de estos malestares?
El malestar hoy tiene que ver con una sociedad que rechaza hacerse preguntas. Lacan decía que el ídolo del siglo XXI sería el débil mental, no me refiero al retraso cognitivo, sino que al sujeto que no se ve interpelado por las preguntas respecto de su vida y existencia. Ese que puede ser exitoso pero se queja de sentirse vacío. El tratamiento entonces apuntaría a entregar las coordenadas para que alguien tome una posición decidida respecto de su sexualidad -independiente de su anatomía y sus gustos- esto significa tomar una posición respecto del otro que saque al sujeto del autoerotismo infantil en el que se puede encontrar a pesar de su adultez.

SEXO SIN EROTISMO

-¿Cuál es esa posición de autoerotismo infantil?
Significa encerrarse en un goce autista, incluso en relación con otro. Un sexo descafeinado.

-¿Cuál es el sexo descafeinado?
El sexo como gimnasia. Hay un dato importante y es que los principales consumidores de viagra son los adolescentes. Lo que habla de que éstos no enfrentan esa otra prueba de la potencia llamada la iniciación sexual, antes de arriesgarse a la posibilidad de la impotencia prefieren la pastilla. Se ahorran el síntoma, pero pierden en erotismo, convirtiendo el sexo en una destreza, en una disciplina como la gimnasia. El cuerpo del otro se convierte entonces en uno deserotizado, siendo antes un instrumento que un cuerpo que interpele.

-Hace poco, en Chile hubo una polémica acerca de un libro de educación sexual, el que incluía recomendaciones como los beneficios de tragar semen o usarlo para el cutis. Para algunos era el colmo de la liberación para otros de la aberración. ¿Será que esta lógica de liberación tiene algo de la paradoja del empobrecimiento sexual del que hablas?
Hoy la permisividad sexual es bastante mayor, pero pienso que eso no implica una relación con el erotismo. Lo sexual también puede convertirse en una forma de control biopolítico, aunque parezca liberado. Por ejemplo, esa idea tan normativa de la mujer multiorgásmica. Estas cuestiones hoy no se interrogan demasiado porque de un tiempo a esta parte, el sexo se ha convertido en un asunto de salud.

-Sexo de farmacia…
¡Aparecen estudios de investigadores recomendando el sexo porque sería bueno para mejorar la frecuencia cardiaca! Eso es deserotizar, es como el café descafeinado, o las gaseosas light, estamos en una época del sexo sin erotismo.

¿Podría esta deserotización como pérdida de los vínculos, tener alguna relación con la violencia sexual?
En el campo de lo sexual efectivamente la falta de erotización implica instrumentalizar el cuerpo del otro. Exponerse a otro implica riesgos, la impotencia suele indicar el deseo, el síntoma es siempre una posibilidad. Por el contrario, en el intento de ahorrarse el síntoma, lo sexual pierde la capacidad de la interpelación del encuentro con otro cuerpo, éste es situado como instrumento, uno que si no me satisface entonces puedo romperlo. Por ejemplo, el uso de viagra para evitar la prueba de potencia puede implicar excluir tal interpelación y poder estar con cualquier cuerpo, perdiéndose el vínculo con el otro de modo erótico.

FEMINISMO Y CORRECCIÓN POLÍTICA

-¿Cuál es tu hipótesis sobre la violencia de género?
Pienso que existe el problema de la violencia radical en todo ámbito por el debilitamiento de las relaciones sociales en el capitalismo actual. Hace cincuenta años frente a un altercado en un colectivo, seguramente esos hombres se bajaban y arreglaban sus asuntos en un lugar apartado, hoy la gente se pelea en el banco, en el cine. La falta de códigos en las relaciones sociales genera más violencia.

-¿Pero hay algo especifico en la violencia de género? Porque lo cierto es que son los hombres quienes en mayor medida agreden a las mujeres que viceversa. Hace poco muchos salieron a marchar bajo la consigna “Ni una menos” para visibilizar este problema.

Yo apoyo las movilizaciones de “Ni una menos”, es cierto que el varón tiene mayor tendencia a ser violento. No obstante, frente a una reacción violenta hay que preguntarse si esa persona lo es porque es hombre o porque se trata de un rasgo personal o de ciertas condiciones que generaron ese acto. Porque hacer caracterizaciones del hombre violento, atribuyendo toda violencia de un varón al hecho de su anatomía, empuja a la cacería del hombre. Respecto de la violencia hoy, insisto en hay que preguntarse por la violencia radical producto del debilitamiento de las relaciones sociales. Y también reconozco una pregunta pendiente respecto del asunto de los femicidios vinculados a lo amoroso. Preguntarse por cuáles son las coordenadas de lo amoroso que son caldo de cultivo para la violencia.

-Pensarlo así es un tema complicado, porque asociar estas muertes a lo pasional tiene implicancias jurídicas, como una figura terrible que es el atenuante de los celos.
Hay diferencias entre la opinión pública y el trabajo de investigación. No discuto por ejemplo el valor de la palabra femicidio en lo público, en su valor epidemiológico. Pero no es lo mismo pensarlo como concepto, el cual no se ha configurado claramente. Se debe al menos problematizar ubicar a la mujer en el lugar de victimización siempre. Quienes trabajan con mujeres, muchas veces encuentran en la victimización un obstáculo, y que por cierto, se contradice con los discursos de empoderamiento, no encontrando salida por ahí a la violencia. La masculinidad ha quedado hipotecada en lo jurídico. Cuando el término femicidio se aplica de forma generalizada no permite estudiar cuáles son las formas de constitución de la masculinidad hoy, y lo que se da en el terreno de las relaciones amorosas y sexuales. Esto provoca que existan pocos estudios sobre la masculinidad.

-¿Hay menos libertad para investigar estas cosas quizás por la sanción del pensamiento políticamente correcto?
Sí, alguna vez me llamaron de un diario argentino para entrevistarme por mi supuesta postura antifeminista, y lo cierto es que no lo soy. Sino que planteo preguntas y matices, como por ejemplo, problematizar el término femicidio como concepto o interrogar que sea el patriarcado la explicación total de la opresión de género. Judith Butler, pensadora feminista con la cual me identifico, plantea la necesidad de que el feminismo sea crítico de sí mismo y de revisar las acciones totalizadoras. La corrección política hace difícil tener una voz disidente, si planteas un matiz te acusan de estar del lado opositor, de criminal. Butler hace la analogía con la acusación que se les hizo a los intelectuales que interrogaban la posición de víctima de Estados Unidos en el atentado del 11 de septiembre, éstos fueron tildados de terroristas.

-¿A qué te refieres con posiciones totalizantes en el feminismo?
Las que tienen consecuencias segregativas, por ejemplo, los “vagones rosas” (vagones de metro exclusivos para mujeres), o la construcción de perfiles criminológicos del hombre violento, eso es esencialista y es lo peor de la criminología del siglo XIX. Lacan decía que hay que cuidar que el siglo XXI no realice las fantasías perversas del siglo XIX. Por eso el feminismo debe ser crítico con el mundo y también consigo mismo.

-Y parece que ese lugar vacío de debate lo cooptan las posiciones reaccionarias más radicales tipo Donald Trump.
Coincido, que es lo que ocurre a falta de discusión. Hoy hay un tipo de debate en el que si cuestionas ideas establecidas se te acusa de estar del otro lado. Esto no se trata de ser o no feminista, sino que el tipo de discusión cae en una falacia argumentativa totalizante, en que una de las partes queda en el lugar de pureza y la otra del mal radical, ahí la discusión se hace imposible. Por cierto, mi visión es limitada, es desde la filosofía y el psicoanálisis pero reconozco que falta debate. Hay que separar la visibilización de la violencia hacia la mujer -gesto con el que concuerdo- de la espectacularización de la violencia, por ejemplo, cuando los medios construyen noticia para confirmar sus propias hipótesis preconcebidas y dicen “es otro caso más”. Nunca es otro caso más, se borran las particularidades. Quedan así cosas por dilucidar.

-A propósito de la contingencia, ¿ves alguna relación entre el triunfo de Trump y los conflictos de género?
En primer lugar, hacer una lectura de género en este caso, explicar que Trump triunfa sobre Hillary porque él es hombre y ella mujer, es empobrecer el análisis político. Y en segundo lugar, con esto los movimientos feministas quedan comprometidos a tener que tomar una posición crítica, debiendo revisar sus estrategias de acción social, como los movimientos de masa. Sus estrategias están siendo esterilizadas, desestimadas por gobiernos que parecen mostrar poco interés en ellas.

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