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El Ciudad China es un mall a medio terminar, ubicado en la frontera entre La Vega y Patronato. En sus primeros dos pisos, conviven ajustadamente una sanguchería caleña, tiendas de manteles hindúes e importadoras de poleras coreanas. Más arriba, y luego de sortear una pequeña valla que bloquea una escalera mecánica averiada, dos pisos completamente inhabitados: oficinas y tiendas en desuso, hormigón descascarado y rastros de humedad en las paredes.

“Tiene un aire a las películas de Tsai Ming-liang, ¿no?” pregunta D. Sheng, mientras avanza hasta un enorme ventanal que deja ver la cima del cerro San Cristóbal. Durante la entrevista, Pablo Matías Apablaza –su verdadero nombre– volverá a mencionar al director taiwanés varias veces, apelando a la estética de su cine –definida por espacios derruidos y cuerpos sudorosos en conflicto– como una clara influencia en su escritura. Su seudónimo es un doble homenaje: al actor Lee Kang-sheng, quien aparece en todas las películas de Ming-lian; y a Monkey D. Luffy, protagonista del popular manga One Piece.

Nacido el 24 de febrero de 1995, Apablaza creció hasta los 12 años entre gomeros, animales domésticos y una tortuga de nombre Jacinta en una casona antigua de la comuna de Recoleta. De ese período, recuerda las tardes oyendo Radio Imagina y canciones de Los Prisioneros, e inventándoles historias y profesiones humanas a sus gatos –para divertimento de su abuela materna– mientras sus padres trabajaban fuera de casa.

Recientemente, con Editorial Cuneta, D. Sheng publicó Charapo, su primera novela. La trama está centrada en las vicisitudes de un inmigrante proveniente de Tarata (pueblo perdido en la sierra amazónica peruana) que llega a trabajar para los dueños de un pequeño taller de telas en Patronato, y quien acaba esclavizándose a los orgullosos constructores coreanos de futuros centros comerciales. A lo “Ciudad China”.

El libro, como señaló Tal Pinto en The Clinic, “tiene el mérito de incorporar al corpus de la novela chilena actual el discurso migrante“. Camacho, su protagonista, explora en primera persona los submundos de los negocios coreanos, los cités y la prostitución en el centro de Santiago. Así, citando ahora a Rodrigo Pinto en la revista Sábado, la novela “advierte las rajaduras, las miserias y fracturas de una metrópolis de múltiples caras”.

Para Pablo, un gran ejemplo de esas fracturas es, precisamente, el Ciudad China. “Es uno más de los productos residuales del capitalismo. Una de las consecuencias de tener al Costanera Center entre Providencia y Vitacura es que, no tan lejos de ahí, crezcan este tipo de centros comerciales maltrechos”.

—Sólo que a nadie se le ocurriría saltar desde el Ciudad China, ¿no?
—No creo. Aunque, si lo piensas, podría ser hasta una gran performance.

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En el Perú, charapo es a la vez una especie de tortuga y el vocablo con que se denomina a los hombres que vienen de la selva. También es usado de manera despectiva por los limeños para referirse a los provincianos que se acercan por primera vez a la capital. “Di con la palabra después de consultar varios diccionarios sobre modismos peruanos. Me gustó porque refleja la idea de marginalidad, el rechazo, y porque además rima con Pejesapo, la película de la Carolina Adriazola y José Luis Sepúlveda”, sostiene Apablaza.

El origen de la novela se remonta a un taller literario dictado el 2014 por Francisco Ovando (amigo de Pablo y uno de los editores de Cuneta) y Matías Correa. “Antes de entrar en receso de vacaciones de invierno, nos pidieron traer los elementos básicos de una novela corta. De inmediato pensé en este conflicto, que siempre ha estado ligado a mi experiencia. A la semana siguiente llegué con los lineamientos centrales de lo que sería Charapo. Como les gustó la idea, me senté a escribirla”, cuenta.

Sentado en un restaurant de calle Patronato, mezcla de menú árabe y café colombiano, Pablo reflexiona en torno a la responsabilidad de la literatura de hacerse cargo de temas más allá de la intimidad propia del autor. “Lo que más me interesó al escribir este libro, fue tratar de empatizar con otras voces a través del ejercicio literario. Se habla mucho, también en el periodismo narrativo, de que el escritor tiene que encontrar una voz, su voz. Pero creo que en la literatura el escritor tiene que explotar la mayor cantidad de voces posibles, y tiene que saber jugar con eso”, afirma.

Voces que D. Sheng, por cierto, busca en los registros del tiempo presente. “Existe esta idea de la infancia en los 80, de la que se han hecho cargo muy bien Zambra o la Nona Fernández, pero pienso que, dentro de su valor, se alejan mucho de temáticas actuales. En Charapo me propuse hacer un ejercicio inverso a Bonsái. En vez de moldear un arbolito pequeño, minimalista, traté de enfocarme en los residuos de este gran árbol. Pienso que hacerse cargo de eso es también hacerse cargo de la basura y los residuos que uno ve en la calle. Existen temas urgentes, como la migración, de los que la literatura chilena se tiene que hacer cargo”, asegura Apablaza.

“A veces uno escribe un libro para llenar ciertos espacios”, concluye.

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Esquina de Loreto con Santa Filomena. A la hora en que varios grupos de escolares salen del colegio, Pablo espera vestido completamente de negro: chaleco dentro de sus pantalones pitillos y chaqueta con adornos orientales a la altura de los hombros. Luce graciosamente similar a los actores taiwaneses que tanto admira.

Caminamos hacia el poniente por Santa Filomena y Pablo apunta los edificios y construcciones coreanas, como la enorme Iglesia Presbiteriana que la comunidad construyó el año 2007 en calle Buenos Aires. “Es muy llamativo cómo se visten los coreanos acá, con chaquetas de marca y relojes caros. Al comienzo, en los 80, lo que más hacían era comercializar ropa. Ahora casi todos se cambiaron al rubro de la construcción: ellos hicieron casi todos los centros comerciales de calle Manzano y Río de Janeiro”.

Uno de los temas que Pablo se propuso tocar en Charapo fue la relación de hostilidad entre los inmigrantes de “primera y segunda categoría”. “Existe una diferencia económica evidente. En muchos casos, la cultura de masas ha tendido a idealizar el mundo de los inmigrantes en Chile, con teleseries coloridas y sobreactuadas, y desde una óptica optimista que casi nunca se cumple. En Charapo quise escribir desde un narrador que en ningún caso intenta dejar una moraleja: simplemente sobrevive, subsistiendo y fracasando constantemente. Y lo que es peor, sometido por otros migrantes”.

Mientras avanzamos, un grupo de haitianos vestidos con uniformes amarillo fosforescente camina lanzando bromas en creole. Siguen hacia el sur, internándose por un barrio de casonas antiguas casi siempre mal tenidas y de negocios esquina con productos caribeños.

Este fue el barrio donde Pablo conoció, de pequeño, a Ángelo, un niño cuya familia completa se mudó desde el Perú siguiendo al abuelo paterno, quien trabajaba como escultor. “Cuando uno es chico vive con una mirada desprejuiciada. Uno conocía a alguien y no le importaba si era de otro país. Altiro nos pusimos a armar juegos, a coleccionar álbumes, a pasar tiempo en la casa del otro. Ahí aprendí palabras, comidas y música nuevas, un mundo que me interesó mucho”.

—En el epígrafe de Charapo hay una frase de la canción “Como un ave” del Grupo Celeste. En ella, el cantante se cuestiona: “Y ahora le pregunto al destino, ¿qué pasó con mi camino?”. ¿Cuál es tu conexión con la cumbia peruana?
—Encuentro que es mortal. La cumbia chicha es algo muy cercano a lo que es la vida real. Hay una sinceridad en ella que es muy susurrante: apela más al murmullo que a la exacerbación de los sentimientos, y eso la hace más fuerte.

—Y uno de los temas más recurrentes en sus letras, después del desamor, es el de la migración.
—Yo lo interpreto como la representación de vidas cotidianas que se desplazan por temas laborales o de amor. “Como un ave”, por ejemplo, representa eso. Tiene una letra muy triste, pero que en ningún caso se compromete con una actitud sacrificial, o de dar la lata por darla. Se trata más bien de aceptar la pena, pero continuar cantando.

—Da la impresión de que la cumbia peruana tiene esa facilidad, la de hacerte bailar, borracho y con los ojos cerrados.
—Claro, es que sus letras suelen tener un contenido desgarrador. Una especie de lirismo popular muy propio del Perú. Pienso que es la superación incluso de la décima chilena, que se ordena en fragmentos muy acotados y perfectos en sí mismos. La chicha peruana vendría a ser como el residuo de ese ejercicio. Ésa es la gracia. Es para bailar y, sin embargo, es muy nostálgica. Quizás por eso nos hace tanto sentido. Es algo que me interesa relacionar. A veces cuando uno está borracho y piensa en el amor, por ejemplo, surgen sentimientos purísimos. Eso me atrae de la cumbia chicha, la honestidad, el no tenerle miedo al ridículo. En las discos para peruanos en Recoleta, donde se escucha más sound que chicha, se da un ambiente en torno al trago que todavía no logro comprender del todo. Puede llegar a ser violento, pero también triste: no hay nada más triste que una pelea de borrachos.

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Mientras bajamos las escaleras del Ciudad China, Pablo comenta que muchos de sus primeros trabajos en poesía se basaron en los baños de los centros comerciales orientales de Patronato. “Es un lugar de tránsito para personas de muchas nacionalidades, espacios que no son lugares, definidos solamente por la mercancía, por ese capitalismo residual del que hablamos hace un rato”.

Si bien Pablo identifica antecedentes históricos sobre literatura migrante en Chile, es difícil encontrar hitos culturales contemporáneos que traten este tema “más allá de la comida, que es lo único que el chileno valora de la cultura extranjera”. Un antecedente es la novela Migrante, de Felipe Reyes; además del trabajo que la académica y literata peruana Lucía Steche ha llevado a cabo con comunidades de haitianos en Santiago. Recientemente, la biblioteca de la Municipalidad de Recoleta también invitó a Pablo a dictar un taller de creación literaria en la comuna: “Escrituras Migrantes”.

“Es interesante pensar que en estas instancias están naciendo nuevas literaturas, nuevas voces. Este tipo de aportes hacen pensar que el futuro de la novela chilena es más auspicioso”, finaliza D. Sheng.

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Charapo
Pablo D. Sheng
Cuneta, 2016, 94 páginas