kafka

Remontándose hasta la Batalla de la Montaña de 1620, donde católicos y protestantes se enfrentaron en Praga, es que el alemán Reiner Stach empieza construir la vida de Franz Kafka, biografía de 2.360 páginas que acaba de publicar.

“De pequeño pisaba adoquines con cruces que recordaban los ejecutados de esa batalla; gracias a ella, su familia pudo emigrar desde el Este a Austria”, cita Stach, quien recorre todos los aspectos de la vida del autor de “El proceso” y “La Metamorfosis” en “Kafka”.

Stach habla de un Kafka perfeccionista y compulsivo, y lo describe como una persona no tan extraña como se creía, no tan parecida a quien comenzó a imaginar al hombre degradado en animal, convertido en insecto.

“Hay una veintena de relatos de personas que le conocieron y ninguna deja constancia de que fuera desagradable o extraño; al contrario: era encantador, simpático, quizá un poco infantil y naïf, y muy querido por sus compañeros de oficina… La imagen y la descripción de tipo extraño vino dada por algunas mujeres, a las que decepcionó, en buena parte porque nunca les decía las cosas claras: se debatía entre casarse y los ataques de pánico de pensar que con esas ataduras no podría escribir nunca más; especialmente ese retrato se debe a Milena Jesenská, que dijo de él que era un santo que vivía en un mundo equivocado, ‘un desnudo entre vestidos’: imagen bonita, pero equivocada porque Kafka era muy sensible, pero no un ser indefenso”.

“Sin duda era un hombre singular, con algún tic neurótico, como inspeccionar siempre todos los colchones para ver si estaban limpios, o hacer gimnasia milimétricamente como indicaban las ilustraciones, pero era fruto de que todo lo quería hacer perfecto, sin mácula”, agrega.

Al referir la obra del checho, apunta a que la producción de Kafka era impulsiva, en pocos días, generalmente tras lo que sucedía como un chispazo “de una imagen muy pictórica basada en acontecimientos reales, para retraerse luego en semanas o meses de sequía creativa, como si el almacén lleno se fuera agotando de ideas”, cita el País de España.

También sostiene que hay una mezcla de lo terrible con los cómico.

Por eso es que afirma que los profesores deberían mostrar “ese Kafka humorístico y no empeñarse en el lúgubre; lo que hay que dar a conocer son sus cartas y sus entradas de diario…”.

A poco menos de un siglo de la muerte de Kafka, Stach cree que la obra se comprende más ahora que a principios del siglo XX, pues se le aborda de manera más literal, no desde la perspectiva existencialista o psicoanalítica.