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Has sido de los más ilustres críticos del proyecto reformista de este gobierno, y de la filosofía que lo inspiró. ¿Crees que al país le conviene volver al camino de los años 90?
–No, nunca conviene volver atrás, evidentemente. Pero sí pienso que, para atenuar o corregir las sombras de la modernización, se necesita un diagnóstico más acertado de ellas. Y desde luego no creo correcto que, por entusiasmos, se abandone la senda de la modernización o se acabe abjurando de lo que la Concertación hizo en las dos últimas décadas. Yo no pienso que en los años 90 hayamos habitado un jardín del edén, algo así sería estúpido. Pero es igualmente estúpido pensar que la prosperidad actual de Chile, que les cambió la suerte a las grandes mayorías, pueda incrementarse abandonando ese camino. Y es claro que hoy, en la izquierda que se aloja en la Nueva Mayoría (NM), hay dos visiones enfrentadas: una más amistosa con la modernización capitalista, que aspira a corregir sus patologías de manera gradual, y la de quienes son muy críticos de ese proyecto y creen –aunque a veces lo nieguen– que los gobiernos de la Concertación estuvieron llenos de renuncias inconfesables, infectados por el error moral de haber sido poco valientes y haber tolerado que el capitalismo avanzara a sus anchas. Y ese enfrentamiento es lo que explica el absurdo de que el principal rival de la izquierda sea hoy la otra parte de la izquierda. Es muy raro esto que ha pasado: pareciera que la izquierda sólo considera objetos de crítica a sus mayores figuras, en tanto que la derecha no merece crítica alguna.

¿Cuál sería para ti un diagnóstico acertado de las sombras de la modernización?
–Bueno, lo primero sería constatar que en Chile hemos asistido a un gigantesco cambio en eso que Marx llamaba las condiciones materiales de la existencia, ¿no? Para quienes somos más viejos, la verdad es que las condiciones cotidianas de vida de los chilenos han cambiado de la tierra al cielo en apenas dos décadas. Esto es muy sorprendente. Y como parte de ese proceso ha habido otros dos fenómenos muy interesantes de mencionar. Por una parte, la gigantesca expansión del consumo. Y parte de la izquierda, lo mismo que la derecha, tienen una mala comprensión de ese fenómeno.

¿En qué sentido?
–La derecha ve en la expansión del consumo una especie de rotería, de ordinariez. Y la izquierda ve una forma de alienación, de envilecimiento de lo propiamente humano. Y para qué decir la Iglesia. Así que la Iglesia, parte de la izquierda y la derecha en esto están férreamente unidas. Todos ellos desconocen, diría yo, los aspectos liberadores, dignificadores que tiene el acto de consumo, y que para mí es uno de los fenómenos más notables de las últimas décadas en Chile.

¿Y el otro fenómeno?
–El otro, que se ha subrayado poco, es que hoy estamos en presencia de la generación de jóvenes más escolarizada, más educada de la historia de Chile, pero por lejos. Y entonces estos jóvenes, que provienen de las grandes mayorías históricamente excluidas, llevan en sí una experiencia de autonomía, pero también de frustración. Porque esperaban encontrar en la educación superior los bienes que proveía cuando ellos la miraban a la distancia, cuando era casi un sucedáneo de un título de nobleza. Pero hoy, que por fin acceden a ella, ya es una experiencia de masas y no provee esas formas de distinción. Y esto ha provocado una gigantesca frustración, en medio de todo este panorama. Entonces vivimos, culturalmente hablando, una época de progreso y desilusión: de abrazar bienes que se anhelaban sólo para descubrir que ya no son lo que eran. Y esa es la dialéctica con la que nos vamos a encontrar en las próximas décadas en Chile.

Y porque otros jóvenes, a diferencia de ellos, sí se siguen distinguiendo.
–Por supuesto. Pero este tránsito del progreso a la desilusión ha acompañado siempre a la modernización rápida y masiva, inevitablemente. Uno revisa las experiencias de masificación de la educación superior en la Francia de la posguerra, o en la Italia de la posguerra, y esto siempre fue así. Porque no se progresa de satisfacción en satisfacción, sino de deseo en deseo.

¿No crees que el ideal meritocrático ha sido puesto en tela de juicio producto de esa decepción?
–Bueno, partamos por reconocer que si el ideal meritocrático se ha convertido en el combustible del malestar social, estamos asistiendo a un triunfo cultural irrefutable del capitalismo. Porque la idea de que “cada uno es hijo de sus obras”, como se lee en El Quijote, es típicamente capitalista y moderna. Es el ideal moral que subyace al mercado y a la competencia. O sea, los jóvenes hoy en día son más capitalistas que nadie, por eso se sienten maltratados si su esfuerzo individual no es retribuido con frutos igualmente individuales. Este es un hecho que yo constato, no un deseo que yo albergue, que quede claro. Pero mi punto es que no estamos en presencia de un movimiento social extendido que abjure de la modernización capitalista. Más bien se le está pidiendo que se ponga a la altura de los ideales y las fantasías que esgrime para legitimarse.

Pero eso no impide que, ante resultados que defraudan la expectativa que le permitió triunfar a ese ideal, la sociedad pueda empezar a buscar otros.
–Bueno, hasta ahora no ocurre. Podría ocurrir, desde luego, pero lo que dicen las encuestas es que la gente sigue teniendo una gigantesca fe en su esfuerzo individual.

Y que también demanda compensaciones por la asimetría, no tan meritocrática, con que esos esfuerzos son recompensados.
–Sí. Pero la molestia no es con toda desigualdad –si así fuera, la palabra del Evangelio sería la clave cultural de Chile– sino con aquellas que se deben a la herencia y no al esfuerzo. Y a esa molestia se suma otra: que el aumento del bienestar coexiste con el temor de que ese bienestar se derrumbe en cualquier momento, como un castillo de naipes. Entonces la gente necesita también redes de protección, lo cual ha sido, desde siempre, el proyecto socialdemócrata. Los reclamos del Chile contemporáneo son contra la desigualdad inmerecida y a favor de resguardos ante la vejez y la enfermedad. Si alguien quiere ver ahí una rebelión de las mayorías contra el proyecto de modernización, bueno… a mí me parece una total ilusión. O sea, atendamos a lo siguiente, a los hechos, no a los deseos, a los hechos: estamos ad portas de que la derecha, que durante todo el siglo XX logró ganar sólo una vez mediante las urnas, pueda ganar dos veces en ocho años. Y seguimos con la idea de que lo que está en crisis es el proyecto de modernización capitalista… realmente me parece incomprensible. Acaba de haber una elección municipal donde la derecha hizo retroceder fuertemente a la NM. ¿Y seguimos creyendo que el modelo está al borde del precipicio?

¿Te parece que el diagnóstico que inspiró al proyecto de Bachelet es tan radical como lo estás verbalizando?
–No, con lo que acabo de decir no me estoy refiriendo al diagnóstico de Bachelet. Me refiero más bien a estas visiones que circulan en las redes, que tienen los jóvenes…

El mal ánimo…
–Claro, de que en realidad estamos en presencia de una gran estafa, donde nos timan todos los días, donde la vida no vale la pena, que estamos en manos de élites inmisericordes, en fin. Ahora, respecto de la presidenta Bachelet, ella y los equipos que la asesoran efectivamente se hicieron solidarios de un diagnóstico errado. Vieron en las manifestaciones estudiantiles el primer síntoma de un movimiento social subterráneo que amenazaba poco menos que las bases de la convivencia… Es que recordemos los excesos verbales en que se ha incurrido. Se dijo, la presidenta lo dijo un 21 de mayo, que esta era la única manera de detener la gigantesca fractura social que en Chile se estaba anidando. Yo admito que son excesos retóricos, no estoy imputando graves errores intelectuales. Pero hubo un anhelo de sumarse a esta sensación de las nuevas generaciones de que estamos ante una suerte de gran estafa, y creo que ese fue un error profundo.

Más que las reformas en sí…
–Desde luego. Yo creo que el esfuerzo transformador del gobierno de Bachelet, si uno respira y lo mira fríamente, si pone al margen la retórica y la torpeza increíble con que se ha llevado adelante, es bastante razonable. La idea de caminar hacia una sociedad que, en parte al menos, sea más universalista que contributiva, es decir, que todos tengamos derecho a ciertos bienes básicos con prescindencia de la contribución que hagamos para obtenerlos, es una idea que yo mismo he sostenido muchas veces y en la que creo firmemente. Pero a los gobiernos hay que juzgarlos por sus resultados. Si no se logra elaborar una narrativa razonable, si no se logra ejecutar técnicamente las reformas, si en casi tres años el gobierno ha sido incapaz de elaborar un buen proyecto de reforma a la educación superior, estamos hablando de un gobierno que lo ha hecho desgraciadamente muy mal.

¿Cuánto influye, en tu visión crítica del gobierno, la experiencia que te tocó vivir como rector de una universidad, por los efectos de la reforma y sobre todo de la gratuidad?
–No, no creo que eso haya influido tanto. Déjame decir que el principal impulsor de que esta universidad adhiriera a la gratuidad fui yo. La federación de estudiantes estaba más bien escéptica, por razones políticas. Pero yo me convencí de que el peligro para la universidad era, por temor a la gratuidad, homogeneizarse hacia los deciles más altos, arriesgando una pluralidad que no queremos perder. De manera que yo no tengo ningún problema con la gratuidad como definición de política pública. Me parece imprescindible que para los primeros deciles –no para todos– se supriman las barreras económicas de acceso.

¿Hasta qué decil?
–Creo que Chile debiera progresar en el tiempo hasta el sexto o séptimo decil, manteniendo un sistema de créditos para los deciles más altos. Ahora, es verdad que la entrada a la gratuidad no fue sencilla, nos obligó a un manejo bastante más estricto del gasto, pero logramos ajustarnos. A diferencia de otras universidades, acá no hubo reducción de personal ni de comunidad académica. Nuestro problema con la gratuidad a futuro es el que atañe a todas las universidades, y es que, como el dinero público que entra es menor al dinero privado que sale, el sistema en su conjunto se va a tender a empobrecer. Y esto sin ninguna duda va a causar problemas estratégicos a las universidades. Pero mis críticas a la reforma han sido de otra índole, y he tenido especial cuidado en nunca usar mi columna para manifestarlas. Mi opinión se la he hecho saber personalmente a la ministra muchas veces, y en documentos que he hecho circular.

¿En qué se resumen esas críticas?
–En que el gobierno no ha sabido diseñar una reforma que, primero, concite voluntades mayoritarias entre los actores del sistema, y segundo, distinga en dicho sistema tres sectores: un sector estatal, que en mi opinión tiene que ser preeminente, también lo he dicho; un sector no estatal, pero de orientación pública; y un sector enteramente privado, estableciendo un umbral que permita a las instituciones del tercer sector transitar al segundo si así lo prefieren.

EL JARDÍN DEL EDÉN

En la batalla ideológica por los “malestares”, eres de quienes defiende la explicación más cultural que económica: la incomodidad propia del sujeto en la modernidad. ¿No hay un riesgo de subestimar los problemas materiales?
–Lo que yo creo es que hay distintas fuentes de malestar, y que confundirlas supone el riesgo inverso: no advertir que el malestar de índole cultural, que ha acompañado siempre a los procesos de modernización, se masificó en Chile y hay que aprender a convivir con él.

¿En qué consiste?
–Bueno, tengamos en cuenta que toda la modernidad –y con “modernidad” decimos capitalismo occidental, Estado nacional, mediatización de la cultura– ha estado marcada por la ambivalencia de ser tanto la afirmación como la crítica de sí misma. La vida se hace mucho más electiva, pero por lo mismo más crítica y más inestable, carente de adscripciones sobre las cuales descansar. Y el individuo siempre se ha sentido acosado, frustrado por este proceso, de lo cual toda la filosofía moderna ha dado testimonio. Quizás en otro tiempo ese malestar tuvo un signo más aristocratizante, ¿no? Pero con la masificación de la autonomía y la libertad individual, que es lo que ha ocurrido en Chile, ese malestar también se ha masificado.

¿Y cuáles serían los otros malestares?
–Al menos yo creo distinguir otros dos, que los hemos mencionado: uno más generacional, propio de este grupo que se ha incorporado a la educación superior sólo para descubrir que ya no brinda los beneficios de antes, y el de los nuevos grupos medios que temen que su bienestar se venga abajo con la vejez o la enfermedad. Yo creo que ningún proyecto político en Chile puede dejar de atender este último malestar. Pero a su vez, ningún proyecto político va a poder curar el primero, y quizás tampoco el segundo, y por eso es fatal confundirlos.

Pueda o no curarlos, la sociedad va a tener que lidiar con ellos igual.
–Pero yo creo que, al menos el malestar cultural, no puede ser gestionado por la política. La incomodidad del individuo cuando la modernización produce pérdidas de vínculos sociales, rupturas de memorias familiares, migraciones, cuando la vida se hace más apasionante pero también más frágil, todo eso es el alimento de la literatura, del cine, de las conversaciones cotidianas. Quien crea que la política va a curar eso está radicalmente equivocado, está haciendo una promesa totalmente falsa… ¡no vamos a ser felices! La felicidad no es un asunto político, como tampoco lo es la fe ni el destino final de los seres humanos. Eso se llama religión, psicoanálisis, New Age, no sé, autoayuda, pero no política. Y respecto del segundo malestar, la cuestión generacional, ahí la política tiene bastante que hacer, pero tiene, ante todo, que comenzar a decir la verdad: no hay ningún país que se haya modernizado rápido donde el certificado universitario sea una garantía de empleabilidad y de éxito en la disciplina que se estudió. Por lo pronto, podríamos mejorar las estructuras curriculares de la educación superior, para tener una oferta más flexible y más adecuada a los tiempos que vivimos. Pero la gran fuente de malestar, que es la primera, de la que se alimentan todos los teóricos del malestar, eso no tiene solución. El jardín del edén no existe, la política no va a construirlo.

Pero una vez que aparece un candidato afirmando lo contrario, ya es un tema político.
–Por cierto, eso es el populismo en un sentido técnico. Vulgarmente llamamos populista al que promete cosas sin saber si son factibles. Pero hay otro sentido de populismo, más técnico, que consiste en halagar a las masas, infantilizándolas y oponiéndolas a las instituciones. Cuando un político dice “yo soy un candidato de la ciudadanía, en tanto los otros la han traicionado”, estamos en presencia de ese populismo que efectivamente, creo yo, es un peligro hoy en Chile. Tropezar con eso es un error fatal, le hace daño a la democracia… es que a ratos olvidamos que la democracia no es una abstracción. Cuando hablamos de democracia hablamos de libertades civiles, de la diversidad, del derecho al disenso. Todo eso acaba dañado cuando glorificamos a las mayorías y nos queremos saltar la mediación democrática, a través de instituciones, de la voluntad popular, aspirando a una conexión casi espiritual entre el líder y esta abstracción ciudadana. Eso es fatal, y me parece que cualquier intelectual responsable tiene que oponerse a eso.

Pero al mismo tiempo, ¿no crees que atrincherarse contra esa amenaza populista genera una incapacidad de leer lo nuevo del momento? La modernidad tiene constantes pero cada momento tiene lo suyo, ¿no?
–Estoy de acuerdo. En verdad, a todo este diagnóstico debiéramos agregar que hoy estamos en presencia de una sociedad que se resiste a ser comprendida, y esto es fundamental. Hace apenas una década, con un puñado de encuestas y estadísticas económicas uno podía entender a la sociedad y predecir sus principales procesos. Hoy día no. No sabemos muy bien lo que está pasando. Por eso los ciudadanos sienten que no tienen referentes y las élites políticas que hay una ciudadanía con la cual no son capaces de conectar. Efectivamente estamos en medio de este problema y haciendo bien este diagnóstico mío –que es más sociológico que político– sería un error, coincido, atrincherarse en él esperando que el vendaval pase. La política tiene que saber advertir y conducir estas pulsiones que laten hoy en la sociedad, sin por ello adecuarse acríticamente a ellas. Y eso lo puede hacer un gran político, no cualquiera.

Necesita el oído para escucharlas y el lenguaje para responderlas.
–Absolutamente.

¿Ves a Ricardo Lagos con esas dos capacidades?
–Ja, ja, ja. No, Lagos está en un problema serio, creo yo. Porque efectivamente Ricardo Lagos, que en mi opinión es uno de los grandes políticos de la historia de Chile, e intelectualmente, sin ninguna duda, uno de los más notables, hoy tiene serias dificultades para conectar con estos fenómenos, y las encuestas lo están mostrando. Quizás porque él lee la sociedad en términos de política pública, de proyectos tecnológicos de mejoras del bienestar social, y hoy la sociedad no se deja leer en esos términos. Yo creo que el gran desafío de Lagos, y de todos los políticos, es conectar con la sensibilidad de los nuevos grupos medios que en apenas una generación han roto con su pasado y por lo mismo son muy indóciles, muy autónomos. Ellos van a inclinar la balanza en las próximas elecciones. Pero hoy vemos a la izquierda más preocupada de disputar su hegemonía interna –que es a tres bandas, porque la izquierda “extra NM” no es menor– que de hacer un esfuerzo por comprender el país. Y Lagos sigue preso de esa disputa, mientras en la derecha tenemos una hegemonía tranquila. Si esto continúa, va a ganar la derecha.

¿Cuánto crees que pesa la izquierda que está fuera de la NM?
–Creo que es importante, pero le falta un tiempo. Tiene, como la juventud, una capacidad notable de detectar los problemas, pero una confianza excesiva a la hora de saber cómo resolverlos. Y creo que Boric, por ejemplo, es realmente un líder muy talentoso, pero todavía está construyendo una izquierda demasiado generacional. Tiene que cruzar ese umbral si quiere hegemonizar el campo de la izquierda. Dicho de otra manera, tiene que resignarse a que algún día dejará de ser joven.

Quizás Chile sea el único país donde el candidato que está descolocando a la clase política, Guillier, no apela al espectáculo sino al silencio.
–Bueno, es una mezcla, ¿no? Porque Alejandro Guillier, que es un hombre talentoso, reconozcámoslo…

Esa convicción te la formaste recientemente…
–No, es que la gente puede ser talentosa y nada más, digamos. Pero decía que es una mezcla porque, seamos honestos, Guillier es impensable sin la televisión. Ahí construyó una personalidad atractiva por una actitud de cierta bonhomía, suavemente comprensiva con todo, incluso con sus propios puntos de vista. Una actitud más bien pudorosa a la hora de explicar ideas, ¿no? Y ahora está haciendo eso que Lacan recomendaba a los psicoanalistas: “hacerse el muerto”, no reaccionar frente al neurótico, porque así el neurótico le transfiere al analista todas sus pulsiones, sus angustias. Es lo que ya hizo Bachelet en su segunda incursión, cuando tuvo el escrupuloso cuidado de no expresar ninguna idea hasta quedar muy firme en las encuestas. No sé si en el caso de Guillier sea deliberado o azaroso, pero parece estar haciéndose el muerto, manteniendo esta actitud de bonhomía, de generalidades para acá y para allá, filtrando de vez en cuando alguna ironía para aparecer en la prensa… Pero no mucho más que eso.

Y en ese sentido, es lo contrario de Trump.
–Sí, en esa dimensión es lo contrario. Pero además de su pasado televisivo, que no es un dato menor, tiene algo más profundo que lo emparenta con Trump. Y es que en ambos hay –con modales distintos, por supuesto– la misma idea de conectarse con una ciudadanía profunda que los demás estarían traicionando.

¿Populismo, entonces?
–En el sentido técnico de la expresión, populismo absoluto.

Si se llega a dar una segunda vuelta entre Guillier y Piñera, ¿qué podría decir tu columna de ese domingo?
–¡Ja, ja, ja! Qué difícil… Por ahora diría que una segunda vuelta Guillier-Piñera sería la mejor expresión de que la política siempre acaba siendo una elección entre dos males.

Carlos Peña

KANT PARA TODOS

¿Cómo te sientes, en tu calidad de columnista, frente al desborde de opinología que ha habido en el país? El “opinante” ya se volvió un ser medio odioso. ¿Te incomoda ser uno de ellos?
–Para nada, a mí me parece bien este fenómeno, y espero haber contribuido a que se produzca. Sobre todo me parece sano que los más jóvenes se sientan llamados a dar opiniones firmes en el debate público. Algunos lo hacen criticándome a mí, a veces los leo…

¿También lees los comentarios a tu columna en Emol?
–También los leo.

No eres hipersensible…
–No, no… Creo ser una persona cuyo principal recurso es ser bien prescindente de la opinión ajena. Entiendo que la gente se irrite, pero desde pequeño aprendí que las escrituras en los baños de los colegios no había que tomárselas muy en serio, así que el anonimato que se da en las redes… Entiendo que se presta para esas cosas, pero son expresiones del inconsciente de las personas, de sentimientos, de molestias ante una opinión ajena. Como al mismo tiempo, otro montón de opiniones laudatorias que hacen de mí, tampoco me las tomo tan en serio.

Te pelan harto por citar a Kant y a Hegel a propósito de cualquier asunto contingente…
–Ja, ja, ja…

…aprovechemos de aclarar tus motivaciones para hacerlo.
–Bueno, sí, eso podría parecer un culteranismo inútil, me doy cuenta de eso. Pero si la cita es a propósito de una buena idea, ¿por qué no? Siempre he pensado que quien ejerce el periodismo de opinión tiene que saber poner esas fuentes, o las que sean de su dominio, a disposición de la plazuela plural que es el diario. ¿O acaso Kant es sólo para quienes cultivan las altas cumbres del espíritu? ¿Hay que reservarlo para los papers académicos o la conversación entre colegas? Yo creo que todos los grandes filósofos son tipos que se preocuparon por problemas urgentes de su tiempo, y sólo el adocenamiento de nuestra cultura académica los ha distanciado del debate cotidiano.

El año pasado publicaste el libro “Ideas de perfil”, un paseo por treinta intelectuales modernos. ¿Crees que el pensamiento occidental, más allá de su riqueza crítica, ofrece maneras de darle sentido a la vida en el mundo que vivimos hoy? ¿O eso hay que buscarlo en Oriente?
–Conozco muy poco la tradición oriental, pero respondiendo por la occidental, sin duda que sí. Mira, yo creo que para aprender a pensar por uno mismo es imprescindible entender primero a otros. Ese es el primer paso, y es el gran valor que tiene la lectura. Y en el caso de ese libro, todos están ahí por haber hecho alguna reflexión que me parece totalmente pertinente para comprender nuestra actual condición.

Elijamos a uno.
–Bueno, elijamos a Žižek. Žižek sostiene que la condición humana tiene, en su misma constitución, una herida que es imposible suturar, un vacío insalvable. Y que toda ideología política o creencia religiosa es en realidad el esfuerzo fantasioso por suturar esa herida. Y que en períodos de cierta tranquilidad, esa fantasía logra seducirnos, pero tarde o temprano la fantasía se disipa, la herida vuelve y todo comienza otra vez. Me parece una idea formidable. Y citaría también a Chesterton –para ser plural y citar a un autor que le guste a la derecha conservadora, si es que alguno de ellos lo ha leído–, quien insiste en esta misma idea. En “Ortodoxia” dice que la vida humana tiene la estructura del cuento de hadas, porque se soporta en una fantasía, y que por eso nos parece absurdo que Cenicienta pregunte por qué tiene que irse de la fiesta a las 12: si no tuviera que irse a las 12, no habría fiesta. La vida humana tiene una estructura fantasiosa, cuya función es colmar, de manera siempre provisoria, un vacío inevitable. Me parece que no hay que olvidar esto.

¿Por qué?
–Porque cuando uno lo olvida se toma las fantasías demasiado en serio, y es ahí que las ideologías se transforman en sueños escatológicos frente a los cuales el precio nunca es demasiado alto. Cuando eso ocurre, como ocurrió en los años 60 en América Latina, bueno, nos acechan las desgracias.

Naciste el mismo año de la Revolución cubana. ¿Alcanzaste a ser revolucionario?
–En parte sí, claro.

¿Qué tan en parte?
–Uno de los recuerdos más notables que tengo, y esta es la única confesión personal que voy a hacer, es haber visto a Fidel. Ayer lo recordaba con mi hermana. Mi padre, que era, digamos, un socialista, nos llevó de la mano a mí y a mi hermana más chica a ver a Fidel, cuando vino a Chile. Y pudimos verlo a treinta centímetros. Fue una experiencia sorprendente.

¿Qué edad tenías?
–Doce años. Y recuerdo haber visto a un gigante de barba, con una pistola al cinto, y al lado un señor burgués de corbata y terno que se veía algo desusado en la escena, por decirlo así… Todas las personas, en mi caso por influencia de mi padre, nos entusiasmamos, nos dejamos cubrir por esa ensoñación. Fidel fue una ensoñación para toda América Latina. Pero fue una ensoñación. Y en algún momento dejé de creer en eso y volví a otra cosa. Pero nunca fui un revolucionario si por tal se entiende a alguien que pasó a la acción política. Siempre fui un intelectual inofensivo.

Matta decía que hay que creer, porque creer es como la circulación de la sangre. ¿Qué es lo que hace circular tu sangre?
–Bueno, todos vivimos con alguna fantasía, ¿no?, en el sentido lacaniano de la expresión. Pero yo no creo en las fantasías colectivas, realmente. Ya no. O sea, no creo que la sociedad humana sea –la imagen es de Isaiah Berlin– un compacto arrecife de coral, compartiendo una misma conciencia moral, un mismo proyecto, como si la historia fuera una caravana donde todos caminaran afirmando al que está al lado. La historia humana no es así. Yo prefiero imaginar la sociedad como un archipiélago, donde cada uno es una isla, y de tanto en tanto se comunica con otra…

¿De tanto en tanto no más?
–Por supuesto, no hay que exagerar.

Para Octavio Paz, que socialista no era,la tarea pendiente del liberalismo era acortar la distancia entre la libertad y la fraternidad. ¿Crees que habría que resignarse a esa distancia?
–Pero ¿por qué dices “resignarse”? ¿A qué vienen estos anhelos de fraternidad? Yo entiendo, desde luego, que es propio de los jóvenes sentir una nostalgia de comunidad, un anhelo de sumirse en una conciencia colectiva donde la riña, la competencia y las ventajas de unos sobre otros desaparezcan. Es una ensoñación bonita, y está muy bien alojada en los ideales religiosos. Pero cuando se la lleva a la política, suele terminar anulando la posibilidad de contradecir a la mayoría, de tener vidas que a la mayoría le parezcan torcidas, defectuosas. Por eso lo que temo es que, si volvemos a embelesarnos con esos anhelos de amistad intensa, donde el “yo” prácticamente desaparezca, volvamos también a olvidar la idea de que cada persona tiene un fondo insobornable; que cada uno tiene que tomar una posición ante la vida y ante el destino y hacerse cargo de esa responsabilidad, que es indelegable; que cada uno tiene derecho a trazar para sí el proyecto de vida que le plazca, aunque a la mayoría le moleste. Esos valores liberales yo los tengo en alta estima, e invitaría a no olvidarlos. No hay fervor comunitario capaz de compensar la pérdida de la libertad, que siempre, como la responsabilidad, es una cuestión individual. Así que en estos tiempos de fervor por la cohesión social, yo creo que hay que reivindicar el valor de la individualidad.

No te vas a ganar 50 mil likes en Facebook con esas declaraciones.
–Es probable que no.

Y para tu propia aventura individual, ¿la poesía o el psicoanálisis?
–El psicoanálisis, sin ninguna duda. A pesar de que no hay mucha diferencia, la verdad.

¿Cómo así?
–Ambos, después de todo, exploran y se asoman a ese vacío, a esa herida que está a la base de la condición humana y que no admite sutura. A pesar de todas las ideologías, de todos los entusiasmos y de todas las fantasías que se esmeran porque la olvidemos.