Miles de familias desamparadas y barrios completos bajo las aguas desde hace una semana muestra el dramático escenario de Huarmey, uno de los lugares más golpeados por las inundaciones que azotan a Perú, desbordado por la magnitud del desastre natural que alcanza a más de 100.000 damnificados.

En este municipio de unos 16.000 habitantes, situado a unos 300 kilómetros al norte de Lima, prácticamente todos han sido víctimas de una inundación sin precedentes por el desborde del río Huarmey, que anegó casi todas las casas, dejó al municipio sin luz ni agua y enterró automóviles completos en lodo.

Los más afectados se encuentran en la barriada de El Progreso, cuyo nombre parece ahora una utopía para sus vecinos, humildes trabajadores que duermen a la intemperie mientras sus casas, muchas hechas de adobe, permanecen inundadas con al menos medio metro de agua y corren el riesgo de derrumbarse.

Algunos se movilizan en improvisadas barcazas, pero los más avezados se adentran en las pestilentes aguas, por donde flotan los deshechos de los desagües, para caminar por un terreno irregular y pantanoso, cuyo fango succiona los pies, como señal de que todavía pasará tiempo antes que el barrio recupere la normalidad.

“Necesitamos una motobomba que nos saque el agua. No podemos esperar a que se pudra más. Hay un olor fuerte y nauseabundo porque los desagües han colapsado y han contaminado el agua”, afirmó a Efe Gloria Salvador, una vecina indignada por la ayuda casi nula recibida hasta ahora por parte de las autoridades.

Según la afectada, apenas les han dado algo de arroz, y reclama colchones y carpas donde vivir, hasta que puedan regresar a sus casas, y atención médica para los niños, pues algunos ya presentan problemas en la piel por el contacto con el agua encharcada y múltiples picaduras de mosquitos, transmisores de enfermedades como el dengue.

A pie de calle, los vecinos aprecian con frustración cómo los helicópteros de las Fuerzas Armadas pasan por encima de sus cabezas para llevar ayuda a otros lugares cercanos, mientras ellos siguen a la espera.

A Huarmey llegó en el fin de semana un barco de la Armada con unas 30 toneladas de ayuda, pero el Gobierno la está repartiendo desde el estadio municipal a toda la región de Áncash, y aún es insuficiente para abastecer a todos los afectados.

“Prácticamente hemos sido abandonados. A veces toda la ayuda se da en el centro y no para las afueras”, dijo a Efe Teodosio Castro, un jornalero cuya casa está frente a un sencillo parque del que emergen del agua las bancas y las farolas.

“Mi casa está prácticamente en ruinas. Tengo que tumbarlo todo para poder vivir aquí otra vez”, cuenta Castro entre sollozos y con el agua por la cintura, mientras recorre las estancias de su vivienda para revisar que nadie haya entrado durante la noche para llevarse lo poco que le queda.

David Chaupe corrió mejor suerte, y su casa se salvó de la riada por los pelos, pero ahora lamentó a Efe que no tiene trabajo y que los alimentos han subido mucho de precio.

El transporte también se encareció, lo que impide a los vecinos acercarse al estadio para hacer largas colas durante horas con la esperanza de recoger alguna donación.

Los mototaxis les piden 10 soles (unos 3 dólares) por llevarlos hasta allá, algo inadmisible para sus bolsillos, ya que antes de la emergencia cobraban 1 sol (unos 0,30 dólares) por el mismo recorrido.

En las zonas de Huarmey donde ya se retiró el agua, el fango todavía bloquea numerosas calles y mantiene vehículos atrapados, al punto que obliga a los policías a encadenar a un detenido en el balcón de la comisaría local, a la vista de los pocos que cruzan la calle, donde el lodo llega hasta la rodilla.

Allí donde el fango ya se secó, el polvo hace el ambiente casi irrespirable, pero pocos salen a calle con mascarilla para evitar cualquier patología respiratoria.

La dureza de la catástrofe en las calles de Huarmey es un crudo ejemplo de la devastación que viven varias regiones de la costa peruana por las inundaciones, que desde diciembre han dejado 78 muertos, 264 heridos, 20 desaparecidos, más de 100.000 damnificados y unos 640.000 afectados.