“Cuando el mundo está en manos de un niño”, se titula la columna que escribe David Brooks para The New York Times y que trata de algo que ya se ha dicho, pero que no deja de ser menor. Donald Trump es quien está al mando de la mayor potencia nuclear del planeta. Con todo lo que esto implica.

Para entrar en el tema, en su tesis, el columnista sostiene que “en distintos momentos, Donald Trump ha parecido un autoritario en ciernes, un símil de Nixon corrupto, un agitador populista o un corporativista”. Pero que con el paso de los meses ha quedado claro que no es nada de eso, sino más bien un niño. Sí, tal como se lee.

“Es infantil. Hay tres cosas que la mayoría de los adultos han logrado más o menos manejar para cuando cumplen 25 años; Trump parece no haber logrado ni una de ellas todavía. La inmadurez es el componente más claro de su presidencia, su leitmotiv es la falta de autocontrol”, argumenta.

Dice que de estas tres cosas, “en primer lugar, la mayoría de los adultos han aprendido a quedarse quietos. Pero mentalmente Trump es como un niño de 7 años que se la pasa saltando por el salón de clases (…) Su incapacidad para concentrarse le dificulta aprender hechos. Está mal informado sobre sus propias políticas y se tropieza cuando habla de sus propios temas de discusión. Se le hace difícil controlar su propia boca; por impulso promete una reforma de hacienda cuando su personal todavía no ha podido trabajarla”.

Lo que segundo que según Brooks lo define como un niño es que “la mayoría de las personas que están en edad de beber legalmente tienen un sentido de quiénes son y poseen algunos criterios para medir sus propios méritos o falta de estos. Pero Trump parece tener una necesidad constante de validación externa para establecer su propio valor; siempre parece desesperado por recibir aprobación y se vuelve un fabulador de sí mismo”.

En tercer lugar, como para redondear el planteamiento, dice que “la mayoría de los adultos logran percibir ligeramente qué piensan los demás sobre ellos. Por ejemplo: pueden exhibir una falsa modestia para no ser percibidos como repulsivos. Pero Trump no ha desarrollado ese hábito mental. Las demás personas son cajas negras que solo le proveen afirmación positiva o desaprobación. Es lo hace muy transparente. Quiere que la gente lo quiera, y por eso siempre le dice a los entrevistadores que es muy querido. Tal como él lo cuenta, cada reunión está programada para durar 15 minutos, pero sus invitados se quedan dos horas porque disfrutan de su compañía”.

Así las cosas, el columnista dice que “tenemos una situación perversa en la que los poderes analíticos de todo el mundo se están esforzando por tratar de entender a un hombre cuyos pensamientos son tan sustanciales como seis luciérnagas rebotando dentro de un frasco”.