“Lo primero que hay que hacer ante una elección presidencial y parlamentaria es disponerse a votar, incluso cuando hacerlo no constituya una conducta obligatoria”, sostiene Agustín Squella al inicio de la columna que escribe en El Mercurio a propósito de las elecciones presidenciales y parlamentarias del próximo 19 de noviembre.

Squella marca así cuál es su postura al respecto. Esto cuando las encuestas y las evidencias de los últimos sucesos de tal naturaleza indican que la mitad de los potenciales votantes no lo hace.

El Premio Nacional recuerda, antes de argumentar por qué es necesario votar, aun cuando sea en blanco, que el Congreso “en una decisión que tuvo tanto de ingenuidad como de oportunismo, cambió el sistema de inscripción voluntaria y voto obligatorio por el de inscripción automática y voto voluntario, enviando a los ciudadanos un mensaje tan frívolo como este: no se molesten en inscribirse y tampoco se molesten en ir a votar”.

Hecho el punto, con el ingrediente no menor que la tónica de las campañas ha sido una “generalizada vacuidad” -sostiene el columnista- para quien existía el derecho “a esperar algo más de nuestros candidatos que monosílabos como “crecimiento”, “no más AFP” o “resiliencia”, sea hace indispensable votar.

Justifica entonces que “votar significa ir el día de las elecciones al local correspondiente, recibir la papeleta y marcar una preferencia, o, si el menú resulta demasiado malo, no marcar ninguna y entregar el voto en blanco”.

“Quien vota en blanco, vota. No marca preferencia, es cierto, pero manifiesta una opinión bastante clara ante los nombres que se le ofrecen: ninguno le parece adecuado. El votante en blanco, por decirlo de esta manera, encamina sus pasos al restaurante, se instala en una mesa, pide el menú, devuelve este y se retira sin comer, y no porque no tenga hambre, es decir, ganas de participar, sino porque los platos que aparecen en la carta le parecen todos indeseables”, argumenta.

A diferencia de lo anterior -agrega- la “conducta del que no va a votar, en cambio, puede interpretarse de muchas maneras, y, por tanto, pierde significado político”.

“Marcar una preferencia es un acto ciudadano. Votar en blanco también. Abstenerse no lo es”, cierra.