En su antebrazo izquierdo, una imagen de Ezili Dantor, la virgen negra de Haití que sostiene un cuchillo y a su hijo negro en brazos. En el otro, el dibujo de la isla que República Dominicana comparte con Haití en el Atlántico.

El cuerpo de Johan Mijail (27) está cruzado por el imaginario pagano centroamericano y símbolos insulares. Obatalá, deidad del yoruba dominicano; Santa Marta, la dominadora de hombres; y el Gran Bwa, o gran árbol del vudú “que tiene la inteligencia del mundo vegetal”.

La negación de la cultura negra en República Dominicana y el Caribe, dice Mijail, es un fenómeno del que los escritores jóvenes de la diáspora, como Rita Hernández, Junot Díaz o Frank Báez, han comenzado a hacerse cargo. “Los libros de Rita invitan a imaginar el Caribe, pero no desde el turismo o la playa. Sino un Caribe donde hay una ascendencia y presencia afro en todo”.

Pero las islas, sostiene, se acaban. O lo que es lo mismo: toda insularidad tiene un límite.

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En los pastos del Campus Juan Gómez Millas de la Universidad de Chile, una decena de veinteañeros observan a un joven moreno, vestido apenas con bototos y una ajustada polera negra –y cuyas nalgas y genitales están salpicados con pintura roja-, introducirse una frondosa rama de plátano oriental por el ano.

Los asistentes, en su mayoría estudiantes de arte, se debaten entre la fascinación y el asco.

“Incluso entonces, estaba acostumbrada a eso”, reconoce Johan Mijail, joven escritor y artista dominicano, acerca de una de las primeras presentaciones de “Amor Vegetal”, allá por el año 2015. “Mis obras, mi cuerpo, siempre han resultado ser excesivos”.

Sentado en el jardín de una casa que cuida temporalmente en Ñuñoa, Mijail se ríe al recordar. Hace dos años, aún no tenía sus brazos cruzados por tatuajes de divinidades paganas, ni libros a cuestas, ni la admiración de personas como Paz Errázuriz o María Emilia Tijoux, quien incluso presentó uno de sus libros en la última edición de la Feria Internacional del Libro de Santiago. “La poesía de Mijail quema, seduce, interpela, acusa y complica”, fueron sus palabras.

Durante los años que lleva viviendo en Chile, además, Mijail ha publicado los libros Pordioseros del Caribe e Inflamadas de Retórica. Recientemente, fue incluido en la antología Vivir allá (Ventana abierta, 2017), una serie de relatos sobre la inmigración en Chile, y que reunió a escritores como Cristóbal Gaete y Pablo D. Sheng.

Uno de sus muchos intereses, afirma el dominicano, es el de devolverle un lugar al ano en el espacio público. El último módulo de los talleres literarios que dicta en Santiago y Valparaíso, -donde también enseña literatura transfeminista-, les propone a sus estudiantes hacer un ejercicio “proctopoético”. Esto es: a través de una fotografía de sus anos, generan un texto, poético, ensayístico o narrativo. Algo que él llama “poéticas anales”.

“Al final, con la lectura de los talleristas, se logra proyectar la imagen de los culos de todos los que están en el taller. Y se genera un espacio donde que se supera el lenguaje que piensa lo anal como algo pasivo, o como un monopolio de la homosexualidad, porque el ano también es un espacio para generar conocimiento. Es una metáfora de lo que va atrás, el fin, el sur”, dice.

— Lo que somos, finalmente, como latinoamericanos—, reflexiona.

— ¿Somos anos, entonces?

— Sí, pero además, es un espacio para generar un conocimiento subalterno desde esa metáfora del sureado. Y un gesto descolonial. La producción de un conocimiento completamente anal, donde no tiene que ver esa racionalidad occidental del hombre blanco. El culo, al final, es sólo una excusa.

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De su infancia dominicana, Mijail recuerda con especial afán el altar que su abuela materna mantenía en el patio de su casa en Villa Juana, una emblemática zona de Santo Domingo. En él, estaban representados los siete colores correspondientes a los siete santos –o demonios, según la lectura de la religión- del vudú dominicano.

Johan Mijail creció en un barrio de clase media acomodada, lejos de Villa Juana. Hijo de la unión entre una mujer de raza negra y un “tíguere”: un “neo macho dominicano” o padre proveedor al cual veía prácticamente todos los días, pero con el cual nunca vivió. “Papi nos tenía en un departamento soñado, donde vivíamos nosotros, los hijos de la negra. Y tenía otro donde vivía con su mujer blanca”, recuerda.

La aparente disfuncionalidad, dice, no era algo extraordinario en su país. “Los tígueres dominicanos son así. Tienen hasta tres o cuatro familias. Y estas mujeres viven peleando, como en una teleserie, por este hombre”.

A pesar de haber crecido en un ambiente más bien intelectual, su madre repetía ritos del sincretismo cultural caribeño: colocaba el nombre de su marido en la heladera “para enfriarlo”, o se encomendaba a divinidades yorubas para amarrarlo. “Son cosas hermosas, poéticamente, aunque también son el resultado de rituales que reproducen lógicas muy heteropatriarcales”, afirma hoy.

Durante su período escolar compitió en olimpiadas de lectura, y antes de salir del colegio ya había leído a escritoras como Simone de Beauvoir y Susan Sontag. Fue el mismo período en que inició sus primeros descubrimientos sexuales. “Cuando era adolescente, le robaba tabaco y preservativos a mi hermano y me los metía por el culo. Hice post porno antes de que se pusiera de moda”, bromea.

En la Universidad Autónoma de Santo Domingo estudió periodismo, carrera que alternó con tres años en el bachillerato de la escuela de Bellas Artes. “Me gradué con máxima distinción. La lectura para mí era una forma de que no me huevearan, porque desde chiquitita siempre fui una loca”.

El año 2011, durante un festival de performances realizado en Santo Domingo, conoció al artista chileno Samuel Ibarra Covarrubia, quien lo invitó a realizar una intervención en el sur de Chile. En Puerto Saavedra, conocería a Lorenz Aillapán, el “Hombre Pájaro”, y trabaría amistad con otros artistas mapuche. “La Araucanía, aún devastada por el terremoto del 2010, era un paisaje muy desolador, pero a la vez mágico e importante de explorar”, rememora.

— ¿Por qué decidiste radicarte en Chile?

— Aquí el cuerpo comenzó a hacer lo que el cuerpo hace: generó afectos, entre medio salió mi libro, y se dio. Pero además, Chile es el laboratorio del capitalismo en el mundo. Es un lugar al que se puede llegar a resistir.

— ¿Pero por qué Chile?

— El artista del Caribe es un artista de la diáspora. Siempre se tiene que ir, porque la isla se acaba. Pero los artistas dominicanos siempre están mirando hacia el norte, y me pareció poético e importante construir nuevas rutas, nuevos caminos; mirar hacia el sur.

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No hace mucho, mientras caminaba por avenida Portugal, Mijail escuchó un insulto desde una camioneta: “¡Masisí!. El hombre, un chileno vestido como trabajador de la construcción, rió escandalosamente mientras el vehículo se alejaba. Al googlear el término, Mijail se dio cuenta que se trataba de un insulto en creole: “maricón”.

— Me grita “masisí” porque de seguro en su espacio de trabajo, de hombre trabajador, ese hombre que llena de orgullo a la izquierda masculina, comparte con haitianos que le enseñaron la homofobia en su idioma— , reflexiona.

— Se ha hablado poco de que la homofobia puede estar presente en la inmigración.

— Claro. No porque alguien sea negro o haitiano, necesariamente va a dejar de ser homofóbico.

Se produce una especie de “infantilización” de la figura del inmigrante que, mayoritariamente desde el progresismo, es vista siempre como algo puro.

— Sí y es una actitud súper amnésica. Porque esa persona que infantiliza olvida que Haití fue el primer país en hacer una revolución negra, o que hizo la primera independencia en América. Cuando un político hace gestos de discriminación positiva, está olvidando toda la memoria de resistencia de esos cuerpos. Esa es una actitud sumamente colonial.

El episodio, sostiene, lo ha hecho reflexionar sobre los procesos migratorios, raza, sexualidad y género. “¿Qué sabía ese hombre sobre mí? ¿Qué habrá sabido de Haití? Las islas que somos, están empezando a ser compartidas por otras memorias, otros cuerpos, y Chile, como República Dominicana, es una isla donde nos enseñaron a aislarnos de nuestros hermanos latinoamericanos”, remata.