Todo comenzó con un café en el barrio Les Paurales de Barcelona. Era febrero del 2016, y Guillem Sánchez (36), periodista que acababa de llegar al diario El Periódico, esperaba sentado a un hombre que traía una historia difícil de creer. O eso pensaba.

“Según me había contado por teléfono, su hijo había sido abusado por un profesor que llevaba enseñando 30 años en el colegio marista de Sants Les Corts”, recuerda hoy, sentado en una sangüichería en calle Marcoleta, en el centro de Santiago. “Yo me preguntaba, ¿cómo iba a estar un tío 30 años abusando de chavales?”.

Pero la cita fue sólo el inicio del mayor caso de pederastía eclesiástica registrado en la historia de España. Tras meses de investigación periodística y policial, se llegaron a contabilizar más de 43 víctimas, las que denunciaban haber sufrido abusos por parte de 12 docentes –entre ellos siete hermanos maristas- desde la década de los 70’ hasta los años 2000. Una trama que contó con omisiones, encubrimiento y complicidad por parte de la congregación marista.

Los mismos factores que llevaron a Sánchez a interesarse por el caso chileno.

¿Cómo se descubrió el caso de los maristas en España?
La figura de Manuel Barbero es imprescindible. Él tiene un hijo que estuvo en el colegio marista de Sants-Les Corts, en Barcelona, y quien sufrió los abusos sexuales del profesor de educación física, Joaquim Benítez. Manuel Barbero lo denunció, pero también, movido por la sospecha de que este profesor habría podido abusar de más víctimas, creó una cuenta de correo llamada abusosenmaristas@gmail.com, la que pegó en las calles aledañas a la escuela. Al poco tiempo, empezó a recibir denuncias de personas que decían “Joaquim Benítez también abusó de mí”. Tras el café hicimos las averiguaciones: las denuncias existían, estaban presentadas y se estaban investigando por un juzgado. Lo publicamos en portada.

¿Qué generó esa publicación en España?
Fue algo muy comentado, por lo que representan los maristas y por la gravedad del caso. La cuenta de correo de Manuel Barbero comenzó a recibir más mensajes, y hubo gente que también llamo a la redacción, diciendo “yo también viví lo mismo con Benítez”. Poco a poco la mancha se extendió, porque los correos, las llamadas, ya no hablaban sólo de Benítez, sino que de otros profesores y otros colegios.

¿Los primeros en aparecer eran pederastas laicos?
Sí, el primero fue laico, pero eso se fue equilibrando y en el triste balance final hay siete hermanos y cinco laicos denunciados.

¿Cuál fue la reacción de la congregación en un comienzo?
Ellos pidieron respetar la presunción de inocencia, aunque lamentaban el hecho. También dijeron que nunca habían sabido nada, y que en ningún caso se podía hablar de encubrimiento. Luego se vio que efectivamente sí estaban al tanto de todo lo que pasaba. Poco a poco fueron apareciendo víctimas y padres, que nos decían “nosotros fuimos a la escuela para decir lo que pasaba”.


¿Qué sucedió judicialmente con estos docentes y hermanos?
El problema que hay en España, muy parecido a lo que pasa aquí, es que la prescripción de los abusos sexuales infantiles no les da tiempo a las víctimas de denunciar. Una de las características que tienen estos abusos es que las víctimas no siempre sienten la fuerza para denunciar hasta que son muy grandes, hasta los 40 o 50 años. Para entonces ya es demasiado tarde. A diferencia de lo que pasa en Estados Unidos, donde no prescriben jamás, o en Alemania, donde prescriben, pero mucho más tarde, lo que le da más margen a las víctimas. Creímos que, tal vez, serviría para abrir el debate de la prescripción, pero lo cierto es que no se ha hecho nada en este sentido. De todos los docentes denunciados sólo hay uno, Joaquim Benítez, que está siendo juzgado, porque algunos de sus abusos no estaban prescritos.

¿Cómo surgió el interés por el caso chileno?
A mí me contactó un exalumno de los maristas de Chile, quien había vivido muchos años en Barcelona. Él siguió el caso maristas de Barcelona, y me escribió un mensaje vía Twitter: “Parece que todo lo que pasó en Barcelona, está pasando aquí en Chile también”. De entrada pensé, bueno, hay sólo un caso, que era el del hermano Abel Pérez. Aún no tenía la relevancia que tomó después. A esa altura, ambos habíamos leído lo escrito en The Clinic, entonces el asunto se tornó distinto: aquí en Chile se está reproduciendo lo que pasó en Barcelona.

¿Qué patrones comunes has identificado entre el caso español y el chileno?
Primero, el tipo de relación y convivencia que existía entre los profesores, hermanos y alumnos, daba muchas oportunidades para un pederasta. Además, el ambiente en España y Chile eran muy similares por sus condiciones políticas, que hacían que la Iglesia, sus representantes y por ende los hermanos maristas tuviesen muchísimo poder. El patrón es el mismo porque, si las víctimas llegaban a hablar –algo que ya era difícil-, la congregación tenía maneras de acallar todo. Por ejemplo, cambiando al profesor de colegio, enviándolo al extranjero, etcétera. Todo era una forma de actuar que se parece mucho a la que hubo aquí.

Eso hablaría un poco de algo que se ha dado en Chile, la tesis del encubrimiento.
El caso es que en España, de los abusos sexuales a menores no se hablaba. Y como no se hablaba, no se actuaba contra ellos. Entonces, lo que hacían los maristas era sobrellevar el problema. ¿Cómo lo gestionaban? Internamente a través de la confesión, y si había familias que protestaban, pues sencillamente los cambiaban de centro, o los enviaban a misiones. Todo eso es una trama de encubrimiento, más o menos consciente, y manos o menos planificada.

Aquí también existió otro patrón recurrente que tiene que ver con los viajes, los campamentos scout, muy vinculados al tema de los abusos.
Sí, varios de los abusos que se denunciaron en España no sucedieron en el colegio, sino durante campamentos, u otras instancias donde los pequeños estuvieron bajo la tutela de los hermanos maristas. Era cuando más solos estaban, de máxima vulnerabilidad. Hubo chicos que relataban el haber estado durmiendo en una litera, y haberse despertado con un hermano tocándole por debajo del pijama. Eran profesores que de día eran hombres correctos, pero que de noche mostraban esa oscuridad. Hubo casos en que estos profesores ni siquiera se incomodaban. Si un niño se encorvaba o se ponía a la defensiva, este profesor simplemente se iba hasta la siguiente litera.
Para probar los abusos, en Catalunya se llegó a utilizar una cámara oculta.
La pronta prescripción de los delitos hacía que todo fuera muy frustrante para nosotros, pero sobre todo para las víctimas, los sobrevivientes. Porque si ellos se atrevían a denunciar después de tanto tiempo, la policía y el sistema judicial les decía “tu denuncia ya no sirve para nada”. Sólo les quedaba que los hermanos maristas lo reconocieran, o les dieran la razón, cosa que tampoco hicieron. Lo único que quedaba entonces, era que el acusado reconociera públicamente que esto era cierto. Entonces, hubo una víctima –del profesor que identificamos como A.F-, que me dijo “quiero llegar más allá. Si me das una cámara, yo iré a hablar con él”. Bueno, este chico encontró esta manera, y a nosotros nos sirvió para demostrar fehacientemente que, lo que estaban diciendo estos alumnos, era verdad. Eso, después de toda la investigación, fue muy gratificante.

¿Cómo se lo tomó la comunidad marista en general?
Los maristas nunca quisieron hablar directamente con nosotros. Hubo comunicados de apoderados y profesores que cargaban muy duramente contra los periodistas. Incluso realizaron una manifestación afuera del Saint-Les Corts –una especie de símil del IAE- donde los alumnos se cogieron de las manos dándole la vuelta a la escuela, para demostrar que estaban con ella. Se confundía un poco el hecho de que se estuvieran investigando los abusos sexuales que se dieron ahí, con el hecho de que hubiera algún tipo de inquina contra los maristas.

Estas denuncias llegaron hasta el subdirector de Les Courts, ¿previamente, él había sido denunciado y luego cambiado de establecimiento?
Sí, algunas familias se acercaron a presentar denuncias en contra de este hermano, y la escuela les dijo que lo apartarían. Y al cabo de poco tiempo regresaba, y bueno, terminó como subdirector del establecimiento.
Situación muy similar que ocurrió aquí con el hermano Armando Alegría
Claro, que existieran denuncias en tu contra no era un problema para permanecer enseñando, y menos para promocionarse. Este subdirector era de las personas más influyentes que había en este entorno de Catalunya.

Acá en Chile se sigue la pista de sacerdotes de otras congregaciones, diocesanos, que llegaban a los establecimientos a ofrecer sacramentos, y que aparentemente terminaron abusando de algunos menores. ¿Allá sucedió algo similar?
Esto es una de las cosas que no publicamos, ya que nadie denunció formalmente eso ante la policía. Pero sí hubo correos que nos hablaban de que esto pasaba. Eso sí, nunca se acercaron físicamente a hablar con nosotros. Eso, en España, no está bien explicado, pero cuando leí su reportaje, dije “mira, esto pudo haber pasado acá también”.

Aquí los victimarios están en una casa de acogida, en calle Sótero Sanz, donde están instalados. Aún no han sido expulsados, lo que ha generado mucho ruido, el hecho de que la misma congregación los tenga “protegidos” en un espacio.
Allá fue lo mismo. Lo que ahora dicen, es que ellos se asegurarán de que esas personas no estén nunca más en contacto con menores. Pero siguen estando con ellos, y eso no da ninguna garantía.

Aquí en Chile, la congregación creó una comisión, en la que se ofreció a canalizar las denuncias a la fiscalía a través de ellos. ¿Cómo ves eso?
En Barcelona lo intentaron, pero la comunidad no confiaba en ellos, y no les resultó. Confiaban más en los periodistas y en la policía que en los maristas. Ha habido evidencia muy documentada de que estos mismos actores habían ocultado las denuncias, entonces, ¿por qué ahora deberían estar diciendo la verdad? No hay garantías.

Cuando te juntaste con Manuel Barbero por primera vez, ¿te imaginaste que ibas a destapar un caso así?
No, no. A mí lo que me contaba Barbero ya me parecía difícil de creer. O sea, la historia de un padre que empapela un colegio, que recibe correos con más casos, de un profesor que había estado 30 años abusando. Yo me preguntaba, ¿cómo iba a estar un tío 30 años abusando de chavales? No me lo creía. Pero lo que vino después, fue escalofriante.