Mientras esperaba su turno para pagar una multa en el Juzgado de Policía Local de Las Condes, Ele recibió el llamado de un número desconocido. La voz, sin embargo, le pareció cercana. O al menos reconocible.

-Necesito conversar urgente contigo- le dijo.

Un leve acento español, y ese tono grave que otorgan los años, permitió a Ele identificar a quien se encontraba al otro lado de la línea. Era un viejo conocido. El hermano Mariano Varona.

-¿Podemos hablar en la casa provincial?- le propuso.

Ele aceptó. Pagó rápidamente su parte y tomó el metro. Estaba perturbado. Al bajarse en la estación Pedro de Valdivia, amagó con volver a su casa una, dos veces. Se detuvo a pensar. ¿Qué era lo querían de él? Se paró frente a la enorme casona blanca de calle Sótero Sanz y tocó el timbre. Fue la mañana del 13 de septiembre de este año.

El hermano Mariano Varona, delegado provincial para la protección de menores tras el bullado caso de abusos adentro de la congregación, salió a recibirlo. “Me alegra que hayas podido llegar de inmediato”, le comentó. Ele estaba nervioso y decidió abrir la conversación con un chiste: “Si me está llamando para que vuelva a la congregación, olvídelo”.

En el año 1980, mientras aún era estudiante del Instituto Chacabuco de Los Andes, Ele había comenzado el proceso para transformarse en hermano marista. Proceso que llegó hasta 1985, cuando decidió renunciar a la vida religiosa, pocos meses después de haber hecho sus primeros votos. Por un breve período Ele fue un hermano marista más.

-No, no es eso. Necesitamos que nos ayudes- le dijo Varona.

Ele se sorprendió. Sabía del escándalo que habían generado las denuncias al interior de la congregación. Su primer impulso fue prometerle que no diría nada. Luego, ante la insistencia del religioso, pasó a relatarle los hechos de abuso que sufrió por parte del hermano Armando Alegría, mientras cursaba la enseñanza media en Los Andes.

Una historia que había contado al mismo hermano Varona hacía 35 años atrás.

-Ha pasado mucho tiempo, cuéntamelo de nuevo- le dijo el religioso.

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Ele tiene 53 años y prefiere ocultar su verdadero nombre para este reportaje. Creció en Saladillo, un campamento minero en la precordillera de la Quinta Región, a 40 kilómetros de Los Andes. Su padre, un campesino de la provincia, trabajaba como chofer de camiones para la división Andina de Codelco.

Saladillo, en ese entonces, estaba construido y segmentado para las tres “castas” de funcionarios: los staff, es decir, gerentes y plana ejecutiva; luego los guardians, profesionales de menor rango; y al final, los departamentos para los obreros. “Ahí vivíamos nosotros”, recuerda Ele.

Desde muy pequeño, se interesó por la vida religiosa. “Siempre tuve claro que quería ser cura”, afirma. En 1975, gracias a la influencia de los jefes de su padre, Ele pudo ingresar al sexto básico del Instituto Chacabuco de Los Andes, el primer colegio fundado en Chile por la congregación marista, en 1911. “Fue un enorme esfuerzo económico para mis papás, y a la vez fue como dejar de pertenecer a los blocks; todos mis compañeros eran hijos de staffs o guardians”, asegura.

A pesar de esta suerte de ascenso social, los compañeros aún se burlaban de él por su origen campesino. En un afán por integrarse, se interesó tempranamente por el grupo scout del Instituto, donde participaba la mayoría de los niños provenientes de Saladillo.

“Recuerdo que en octavo básico, un montón de gente de Saladillo estaba en los scouts. Pero de un año a otro, todos se retiraron, por consejo de otro hermano marista, Calixto García”, recuerda.

Al empezar primero medio, vio su oportunidad de entrar. Para hacerlo, se dirigió al hermano encargado de las patrullas. Ese fue el año en que conoció al hermano Armando Alegría.

En su corta carrera como niño explorador, Ele tuvo un ascenso meteórico: en su primera excursión fue asignado a la alta patrulla, es decir, pasó a ser uno de los líderes de su unidad. Pocas semanas después haría su promesa scout, saltándose así a quienes esperaban mucho antes que él.

A nadie le extrañó entonces que fuese seleccionado para partir junto al hermano Armando y otros dos ruteros scouts a elegir el lugar para el campamento de ese verano. Una vez terminadas las clases, los cuatro partieron en una camioneta rumbo al Radal Siete Tazas. Durante la primera noche, el hermano se acostó junto a Ele en una de las carpas.

Ambos se quitaron la ropa, y Alegría guió el encuentro. “Hubo tocaciones, juegos, de todo. Yo era muy inmaduro, un hueón total. Tenía 13 años, recién cumplidos, no me había masturbado nunca”, masculla hoy con rabia. “Él acabó y se quedó dormido. Yo en cambio me quedé despierto, descubriéndome, tratando de eyacular. Yo era monaguillo, hasta esa noche pensaba que correrse la paja significaba mover una hilacha de paja de un lado a otro”, agrega.

A pesar del sueño y el cansancio, logró eyacular. “Le conté a Armando, pero me dijo que me había demorado mucho”, recuerda.

“Tienes que mejorar”, le habría dicho el hermano, como si todo se tratara de un juego.


Excursión organizada por el hermano Alegría entre alumnos de colegios maristas de Los Andes y Santiago. Año 1981

 

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Aquella tarde, Ele acompañó a su padre a regar el patio. Ahí, al costado de unas parras, éste le preguntó algo que lo dejó helado. Ele tenía 15 años.

-¿Qué pasa con Armando Alegría?- lo encaró su progenitor.

El adolescente le contestó que no pasaba nada y que su hermano era testigo de la buena relación que había entre ambos.

-¿Por qué tanta cercanía? No es normal que este gallo se venga a meter tanto a la casa- insistió su papá.

Ele recuerda que luego acudió a contarle a su madre y que junto a sus hermanos hicieron frente común. “Mi mamá le dijo que tenía la mente cochina y al final él quedó como mal pensado”, recuerda.

Las sospechas del padre no eran sólo por las visitas que el hermano Armando realizaba a la familia, sino por una serie de regalos que prodigaba a su hijo: zapatillas, ropa, entradas al cine y una cámara fotográfica marca Canon. “Era su manera de conquistarme”, resume Ele.

Armando Segundo Alegría Moscoso habría ingresado a los Maristas a través del juniorado, una especie de prenoviciado o Seminario Menor, que reclutaba a menores de edad con vocación religiosa entre familias vulnerables, particularmente provenientes de zonas rurales. Oriundo de Talca, Alegría fue invitado a la congregación por los hermanos que tenían un colegio en Constitución. Una vez investido participó en la fundación del Colegio Champagnat de Villa Alemana en 1967. Tras varias destinaciones recaló en el Instituto Chacabuco de Los Andes.

Antes de que Ele conociera al hermano Armando, había rumores sobre las supuestas inclinaciones de éste con menores de edad. Dos estudiantes del colegio descubrieron durante un campamento scout en el año 1977, en la carpa de Alegría, unas polaroid de él desnudo masturbándose con un alumno con el que compartía la misma tienda.

-Después, cuando él se entera nos llama para conversar y nos explica, apelando a su calidad de profesor de Ciencias Naturales, que las fotos eran para explicar un proceso biológico. El tema no escaló demasiado y el chico en cuestión se trasladó a un colegio marista en Rancagua- recuerda uno de los involucrados.

El favorito desde entonces fue Ele. El hermano Armando lo ascendió rápidamente a jefe de patrulla y comenzó a acosarlo en el colegio. El primer acto de connotación sexual, recuerda, fue en el laboratorio de ciencias. Todo partió con una supuesta conversación entre amigos. Alegría le confesó que con el alumno que se había trasladado a Rancagua, compartía su carpa y solían masturbarse juntos. Ele, obnubilado por la cercanía que el religioso le profesaba, le dijo que le gustaría “tener ese mismo nivel de confianza con él”. “Fui muy saco de huevas. Me puse una pistola y la disparé”, dice hoy.

Los abusos comenzaron en el laboratorio, sobre las mismas colchonetas que usaban los scouts en los campamentos. Tocaciones, caricias, besos y sexo oral. “Me decía que todo era parte de nuestra amistad, cosas que debían quedar entre nosotros, porque la gente no las iba a entender”, agrega. Luego pasó a otras dependencias: la sala de mimeógrafo, el cuarto oscuro de fotografía y hasta la misma pieza del religioso.

-Una vez el hermano Ángelo Zuchett me pilló saliendo de la pieza de Armando y me dijo que estaba prohibido que los alumnos estuvieran ahí-, recuerda.

Ele asegura que Zuchett, entonces director del establecimiento, estaba al tanto de las aventuras del hermano Armando. Incluso, recuerda, una vez acompañó a Alegría al obispado de San Felipe porque éste quería transformarse en sacerdote y dejar de ser hermano. Los recibió Monseñor Francisco Borja Valenzuela. Ele se sorprendió que el Obispo comenzara a interrogarlo a él. “Me preguntó de dónde conocía al hermano, si mi familia estaba al tanto. Parecía una conversación trivial, pero ahí me di cuenta que algo sabía”, recuerda.

El hermano Armando salió indignado de la reunión. Le comentó a Ele que los maristas lo estaban “cagando” y que el hermano Ángelo le había contado al obispo que habían dos familias en el colegio que habían denunciado abusos sexuales y que habían sacado a sus hijos del colegio.

Fue en el año 1980. La Iglesia católica estaba al tanto de los pecados del Hermano Armando.

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Apenas pasó a tercero medio, y luego de que Armando fuese enviado a un colegio a Curicó, Ele inició el proceso para transformarse en hermano marista. Su antigua vocación por el sacerdocio, sumado a la ausencia de Armando, hizo que se volviera a sentir cómodo con la idea de una vida religiosa. La congregación le asignó como acompañamiento vocacional al hermano Máximo del Pozo, quien también enseñaba en el Instituto Chacabuco.

-Uno de los primeros consejos que me dio fue que no me acercara más a Armando Alegría- afirma Ele.

Luego de un breve paso por el Instituto San Martín de Curicó, Alegría se había radicado definitivamente en Santiago, en el Instituto Alonso de Ercilla. Apenas llegó a la capital, llamó a Ele para informarle de su traslado.

El adolescente se sintió abrumado.

A pesar de las indicaciones del hermano Máximo, Ele viajó hasta la capital. “Fuimos a ver películas, paseamos juntos, pero ya no me trataba con la misma cercanía de antes. Comenzó a pedirme algunos de los regalos que me había hecho. Me contó que había conocido a otro chico. Tenía un nuevo preferido”, rememora.

A pesar de ello, Alegría siguió visitando esporádicamente la casa de los padres de Ele en Saladillo, quienes lo tenían en alta estima. Un verano, incluso, la familia del joven visitó la casa del religioso en Constitución.

En 1982, Ele ingresó a la casona del seminario ubicada en calle Santa Mónica 2066, en el barrio Brasil. Entre sus compañeros aspirantes, se encontraban Miguel Ángel Katalinic y René Aguilera. El primero dejaría la congregación y se convertiría en profesor del Alonso de Ercilla, siendo condenado por abuso sexual en contra de un alumno del establecimiento. Aguilera, en tanto, se transformaría en sacerdote y se quitaría la vida en 2010, luego de ser denunciado por haber abusado de un menor en San Bernardo.

Estar en Santiago, afirma Ele, fue como salir de una burbuja. “Yo era súper ingenuo, pero el conocer tanta gente, me abrió el mundo. Fue la primera vez que cuestioné mi vocación. Me gustaban otras cosas, quería tener una familia. Estaba vuelto loco con las niñas del Campus Oriente”.

Sin embargo, continuó en el postulantado. Mariano Varona solía visitarlo, en su rol de encargado nacional de formaciones. En uno de los encuentros con el hermano, Ele denunció por primera vez los abusos que había vivido con Armando Alegría. “Le conté todo, todo. Aún recuerdo como Mariano se puso de rodillas y me pidió perdón. Me dijo que lo dejara en sus manos, que se iba a encargar de esto, y que sobre todo no le contara a nadie”, recuerda.

Una semana después, Varona volvió con noticias. “Ya informé de la situación al Consejo Provincial, se van a tomar medidas”, le dijo. En aquella época, el Consejo Provincial estaba conformado por seis hermanos, quienes asesoraban al Provincial local, Juan Cebrián, la máxima autoridad marista en Chile. Además de Varona, el consejo estaba compuesto por los hermanos Jovino Morala, Santiago Rosa, Pedro Marcos, Luis Izquierdo y Gilberto Plaza.

Pese a sus reticencias, Ele permaneció en el seminario y, al año siguiente, se trasladó a Limache para ingresar al noviciado de los maristas. En la primera reunión formal que tuvo con el encargado del recinto, Luis Izquierdo, Ele volvió a relatar lo vivido con el hermano Armando. “Me llevó a una cancha de fútbol del pueblo, y le conté lo que había pasado con Armando. Yo asumí que él ya sabía, por Varona, pero actuó un poco sorprendido por todo. No volví a tocar el tema con él”.

En la conversación que mantuvieron en septiembre de este año en la residencia de calle Sótero Sanz, Varona aseguró no recordar detalles de la denuncia hecha por Ele a comienzos de los años 80’.

El 5 de enero de 1985, Ele hizo sus primeros votos, de pobreza, castidad y obediencia. Era oficialmente un hermano marista. Duró apenas seis meses. En julio de ese mismo año renunció a la congregación.

Al año siguiente, Armando Alegría figuraba como el superior adjunto del Colegio Champagnat de Villa Alemana, la segunda máxima autoridad del establecimiento. Posteriormente se desempeñaría en distintos colegios de Chile. Su última destinación fue entre los años 2011 y 2017, como encargado de los servicios informáticos de la casa general de la congregación en Roma.

Armando Alegría en la actualidad.

 

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Tras dejar el noviciado, Ele conoció a la mujer que luego sería su esposa. “El primer día le conté todo lo que yo había vivido en el colegio. Ella ahora se ríe, dice que ese día pensó que en qué cacho se había metido”, recuerda.

Luego del nacimiento de su primer hijo, durante un veraneo en Quintero, ella le propuso que pasaran al colegio Champagnat de Villa Alemana, donde se encontraba Armando Alegría. “Vamos a enfrentar a esos conchasumadres, para que vean que no lograron quebrarte”, sugirió su esposa.

Para sorpresa de Ele, en el establecimiento no sólo se encontraba Alegría, sino que también estaba de visita Mariano Varona. La familia y los hermanos tomaron once juntos. “Les contamos un poco sobre nuestras vidas. Nada importante. Después nos despedimos y nos fuimos. Mi señora me dijo ‘lo cagamos’, no lo va a soportar”, recuerda.

Han pasado 29 años después de aquel encuentro. Luego de leer el reportaje publicado por The Clinic, “El oscuro sótano de los maristas”, Ele se puso en contacto con otros sobrevivientes, y decidió hacer pública su historia, “a la espera de que más víctimas de Armando u otros hermanos decidan denunciar”.

Ele, además, retornó a su natal Saladillo para las celebraciones del 18 de septiembre. Quería, al fin, revelarles la verdad a sus hermanos. “Ese chuchesumadre”, profirió la menor del clan, “y más encima siempre lo teníamos en la casa”. Como parte de su proceso, Ele también le contó a su hijo el infierno que vivió siendo un adolescente. Su primogénito lo abrazó largamente.

A pesar de que la congregación ingresó su caso en una de las denuncias enviadas a la Fiscalía, Ele aún no ha sido llamado a declarar ante el Ministerio Público.

“En el fondo, yo quería que me llamaran. Varona, o quien fuera. Esperé toda mi vida que se hiciera justicia, pero ahora no espero nada”, finaliza.

*The Clinic intentó contactarse con el hermano Mariano Varona para consultarle sobre la denuncia de encubrimiento en su contra. La congregación, a través del representante del Provincial para la misión, Ernesto Reyes, declinó referirse al tema, y aseguró que seguirán “aportando toda la información que se tiene a la Fiscalía”. Los maristas tampoco se refirieron a las destinaciones del hermano Armando Alegría, ni tampoco por qué siguió trabajando con menores luego de haber sido denunciado en reiteradas ocasiones hace más de 35 años.