En ese tiempo –noviembre del año 2013- Franco Parra tenía 17 años y pensaba que era homosexual. Tenía tanta confianza en el sacerdote Manuel Alvarado que un día, después de la liturgia, le reveló algo que venía sospechando hacía rato. Algo que tenía que ver con su identidad.

—Padre, ¿sabe qué? Me gustan los hombres— le dijo.

El fraile franciscano, guardián superior del convento y su guía espiritual, le respondió con una pregunta que utilizan los padres cuando los asuntos no tienen vuelta.

— ¿Y qué querí que le haga? — inquirió.

Franco recuerda que el sacerdote le contestó que viviera su sexualidad libremente y que ojalá tuviera una pareja. “No te voy a juzgar”, le aseguró. “Me dijo que nuestra amistad continuaría, que nunca iba a tener rollos con él. Incluso después me tiraba tallas como si andaba con la regla o cosas así”.

Jamás Franco pensó que aquel acto de confianza, esa revelación tan íntima a quien calificaba como una figura paterna, desencadenara una serie de desagradables sucesos en su vida.

“Ahí me condené”, reconoce.

“Yo lo voy a consolar”

Franco Parra llegó a la iglesia de San Francisco porque no había hecho la confirmación. Su madre trabajaba en la calle Estado y él pasó a inscribirse al edificio ubicado en la Alameda en el año 2012. “Estaba terminando segundo medio y no sabía nada de la vida”, resume.

El laico a cargo del curso, en medio de las charlas, aprovechó de empapar a los aspirantes con la vida del fundador de la congregación. “Él nos habló sobre la forma de ser de Francisco. Me gustó que fuera desapegado de las cosas materiales, que valorara la sencillez y que intentara volver a como era Cristo en un principio”. Algo que Parra sentía más o menos en carne propia, debido a las habituales carencias económicas que su madre intentaba paliar con su trabajo de empleada doméstica.

Franco se insertó rápidamente en la órbita franciscana: comenzó a ayudar a los frailes en los comedores para la gente en situación de calle, a preparar la cena de los pobres en diciembre y a armar cajas de mercadería para repartir entre los más desposeídos. Las jornadas vocacionales fueron el paso posterior de su agitada feligresía.
El primero en enterarse de su inquietud fue el franciscano Nicolás Alfaro, quien lo derivó a Jaime Flores, el encargado de las captaciones. Participó junto a otros diez novicios como aspirantes a la orden, acudió a retiros y alojó varios fines de semana en el convento. Se retiró a fines de 2014 luego de sentir que no contaba con el apoyo de su guía espiritual, Manuel Alvarado. “Ahí pensé que era mejor irme, que ya había cumplido un ciclo ahí”, recuerda.

Saúl Zamorano (segundo de izquierda a derecha) y Manuel Alvarado (penúltimo de izq. a derecha). (Créditos: Franciscanos.cl).

Pero no fue tan así. Luego de abandonar las jornadas vocacionales, y mantenerse ausente un periodo, volvió para enrolarse como sacristán, trabajo por el que recibía 130 mil pesos mensuales. “Ayudaba en la misa, pasaba los utensilios, iba a comprar las hostias y los vinos. Me tocaba hacer el aseo dentro de la iglesia, oficiar de guardia y sacar a los borrachos de la iglesia”, recuerda.

Una vez le robaron el dinero que tenía ahorrado para comprarse un terno para su graduación desde la sacristía. Los monjes le dijeron que había sido su culpa haber dejado abierto el lugar, asegura, y que ellos no responderían por la plata extraviada. Sus compañeros de trabajo, finalmente, juntaron el dinero para arrendarle un traje. Fue la primera vez que le dieron ganas de abandonar la congregación. “No lo hice porque con ese dinero ayudaba a mantener mi casa”, asegura.

Fue en ese periodo que se enteró que su supuesto padre, aquel que su madre aseguraba que le había dado su apellido, no era su verdadero progenitor. Franco discutió con su madre y se fue de la casa. Esa misma tarde le pidió a Manuel Alvarado, entonces superior de los franciscanos, si lo podía dejar alojarse en el convento. Aceptó.

Con una depresión en cierne, tratada con medicamentos por una psicóloga, Parra buscó apoyo en algunos hermanos. Saúl Zamorano, un sacerdote que recientemente celebró 50 años al interior de la orden, fue su paño de lágrimas. “Mijito, quédese tranquilo, nosotros lo vamos a apoyar, yo voy a ser un padre para ti”, le habría dicho.

Franco asegura que el sacerdote lo abrazó y luego lo besó en la mejilla. Un gesto que con los días comenzó a subir de tono. Después de la misa, en la sacristía, el monje comenzó a toquetearlo.

—Ya mijito, yo lo voy a consolar—, asegura Franco que le dijo.

Lo que no sabía Franco era que Saúl Zamorano, su agresor, sería designado la última semana de noviembre como el encargado de conducir la investigación eclesiástica por los abusos sexuales cometidos por la congregación marista. Zamorano pasó a ser requerido por los mismos delitos que supuestamente debía investigar.

“Sanciones verbales”

A pesar de la extrañeza que le provocó el acercamiento del fraile Saúl Zamorano, Franco siguió frecuentando la iglesia durante los fines de semana para cumplir con su trabajo de sacristán. El poco dinero que ganaba y el techo que ocasionalmente le proporcionaban en el convento, reconoce, se volvieron necesarios.

Sin contacto con su familia, el joven se encontraba en una posición vulnerable, económica y emocionalmente. “No sé en qué estaba pensando en ese momento, necesitaba un apoyo. No tenía comunicación con mis hermanos, ni mis tíos, ni nada”, recuerda.

“Al comienzo no le presté mayor atención, pero con las semanas, Zamorano empezó a acercarse más”, relata. Los encuentros, describe, se daban en los minutos previos a la eucaristía. “Me encontraba solo, y me empezaba a toquetear. Apretujándome en el pecho, me tocaba la espalda y los glúteos. Yo me resistía siempre”.

Una mañana de abril de 2016 –los toqueteos habían comenzado en febrero-, habrían sido sorprendidos por el fraile Miguel Correa. “Su reacción fue la de hacerse el loco, mientras que Saúl se levantó para hacer la misa como si nada”.

Minutos más tarde, asegura, Correa llamó al joven sacristán a su despacho.

—¿Qué es lo que está pasando aquí?—, inquirió el fraile.

Parra le relató los hechos. Mencionó la confianza que había puesto en Zamorano, los acercamientos impropios, los forcejeos. Cuando concluyó, la respuesta que escuchó de Correa lo dejó helado.

— ¿Cómo puedes estar aguantando esto? Quizás tú también eres el que lo está provocando—, le habría dicho.
Poco después de haber sido sorprendido, la orden envió a Zamorano a una gira por países de Sudamérica. No regresaría hasta diciembre de 2016. “Para mí fue un alivio, iba a poder trabajar tranquilo”, pensó Parra.
O eso creyó.

Pocas semanas después de que Zamorano dejara el convento, el Museo celebró el día del Patrimonio. Manuel Alvarado, director del recinto, invitó a Franco a que los acompañara en la celebración, que incluía champaña. Cuando la jornada estaba terminando, el fraile le dijo: “Franco, acompáñame”.

“Pensé que me iba a retar, porque quizá qué cagada me había mandado”, razonó, antes de seguirlo por uno de los pasillos del museo. “A esa altura estábamos solos: no quedaba nadie y los curas estaban arriba en el convento, en el segundo piso”.

Según recuerda, Alvarado lo llevó por el pasillo a una cafetería del primer piso, detrás de la parroquia. “Pescó un cigarro, que me mandaba a comprar con plata de las limosnas, y luego empezó a hablarme y a acercarse más de la cuenta. Comenzó acariciarme en la cara, y yo pensé qué cresta está pasando aquí. Hice como si me estuviese llamando mi mamá y salí corriendo”, recuerda.

Ese episodio, relata Franco, no sería el único. Varias veces durante ese año Alvarado lo “correteó” por los pasillos del convento. Tanto así que Parra decidió echarle pestillo a la puerta de su pieza cuando se quedaba a alojar en el recinto. Eso fue lo último que aguantó. “Él –Alvarado- era la persona a la que le tenía más confianza. Jamás se me pasó por la cabeza que pudiese hacer lo mismo que los demás, por eso decidí irme”, se lamenta hoy.

Tras retirarse del convento, en marzo de 2017, Parra recurrió a diversas organizaciones a buscar ayuda. Pese al apoyo del Movilh y la Fundación para la Confianza, su denuncia no prosperó porque no pudo acudir, por motivos laborales, a las citas con los abogados.

Paralelamente, el exsacristán fue a denunciar al superior de la orden franciscana el 21 de mayo del año pasado. El provincial de la orden -la máxima autoridad franciscana en Chile-, Santiago Andrade, lo recibió. “Me dijo que les iban a imponer una sanción a Alvarado y Zamorano, de no acercarse a mí, ni a otros niños o jóvenes”, recuerda Franco.

Franco reconoce hoy que esta fue “sólo fue una promesa verbal”. Disconforme con la respuesta del provincial, Franco llegó hasta la Oficina Pastoral de Denuncias (Opade), dependiente del Arzobispado de Santiago. “Allí me dijeron que iban a ingresar la denuncia, y que se la harían llegar al arzobispo Ricardo Ezzatti la primera semana de enero. Pero que con la visita del Papa Francisco, probablemente, no iba a tener respuesta hasta marzo”, rememora.

El 3 de enero pasado, Franco Parra estampó una denuncia por abuso sexual en contra de la congregación franciscana ante la Fiscalía Centro Norte. Saúl Zamorano llevaba poco más de un mes a cargo de investigar la trama de abusos sexuales ocurridos al interior de los colegios de la congregación marista.

“Pensaban que iba a ser su putito”

A raíz de las denuncias de Franco (jurídica y eclesiástica), la Orden Franciscana de Chile inició una investigación previa canónica el 5 de enero de este año para “determinar la veracidad de los hechos”. La indagatoria quedó a cargo del padre salesiano David Albornoz, quien en 2014 dirigió otra investigación en el caso del sacerdote Gerardo Joannon, acusado de participar en adopciones irregulares y de la que fue finalmente encontrado culpable.

Santiago Andrade, vicario provincial de la Orden Franciscana, aseguró a The Clinic a través de un comunicado que tanto Manuel Alvarado como Saúl Zamorano fueron suspendidos de sus servicios pastorales, “como medida preventiva y como expresión de colaboración hasta que termine la investigación”.

Respecto al nombramiento de la autoridad encargada de realizar la investigación sobre abusos sexuales en los maristas, cabe consignar que son las propias congregaciones quienes determinan la idoneidad del experto en la materia. La elección de Zamorano por parte de los maristas, no obstante, fue realizada al menos seis meses después de la primera denuncia verbal formulada al Vicario Provincial de la Orden franciscana, Santiago Andrade, y pocos días antes que Franco Parra denunciara formalmente al sacerdote en la Opade.

Al ser consultada la Conferencia Episcopal si estaban al tanto de lo sucedido, el portavoz de la misma, Jaime Coiro, aseguró a The Clinic que la institución religiosa “no tenía conocimiento” pero que , no obstante, “una persona acusada de abusos no debería participar en ningún proceso investigativo del mismo tenor”.

Sobre una eventual omisión respecto a la situación del sacerdote Saúl Zamorano, -un enorme tejado de vidrio-, la encargada de comunicaciones de los franciscanos, Claudia Tzanis, admite que el monje “tenía una amonestación verbal de que no se acercara al denunciante” y “no se estimó conveniente” informar a los maristas porque “la investigación previa no ha arrojado condena ni culpabilidad… Por lo tanto, no había nada que pusiera en peligro a alguien”.

El presidente del Consejo Nacional de Prevención de abusos de la Conferencia Episcopal, el obispo Alejandro Goic, aseguró que fue “un error nombrar a un especialista para hacer un juicio sobre la misma materia en la que es acusado”. “Es una imprudencia, no correspondía presentarlo a otra congregación. Se supone que se trataba de un experto en derecho canónico y era necesario que fuera implacable en este campo”.

La congregación marista recibió con sorpresa la denuncia comunicada por nuestro pasquín y asegura que “la designación de Zamorano fue recomendada por su experiencia en este tipo de investigaciones”. “No conocíamos, ni conocemos otros antecedentes respecto a lo que ha surgido hoy. Es algo que se le debe preguntar directamente a la orden franciscana”, respondió Ernesto Reyes, representante provincial para la misión marista.

Reyes agrega que debido a la delicada situación harán “las averiguaciones en forma interna y de comprobarse una situación incompatible con la tarea que se le ha encomendado, se procederá de inmediato a buscar otra persona idónea para el cargo”.

El fin de semana previo a que el Papa Francisco arribara a Chile, Franco Parra, quien no había tenido contacto con miembros de los franciscanos desde hacía meses, recibió un mensaje de Whatsapp en su celular de parte de David Albornoz, el investigador eclesiástico de su caso, pidiéndole que se juntaran el domingo recién pasado para explicarle los “los pasos a seguir en la investigación”. “Seguramente se enteraron que ustedes estaban detrás de mi caso y decidieron anticiparse para no aparecer como que no habían hecho nada hasta ahora”, asegura.

“Me da mucha impotencia y rabia que aún sigan impunes, que sigan acercándose a la gente, haciendo misa como si nada”, masculla hoy Franco. “A lo mejor ellos pensaban que porque trabajaba y dependía de ellos, iba a acceder a que me tocaran. Creo que ellos pensaron que yo podía ser su putito, uno que se iba a quedar callado sin decir nada”.

ModoPapa: Fraile encargado de investigación por caso Maristas fue denunciado por abuso sexual – The Clinic Online

Un joven exsacristán de la iglesia franciscana ubicada en Alameda denunció a la congregación, jurídica y eclesiásticamente, luego haber sido víctima de abusos sexuales por parte de dos sacerdotes. Uno de ellos, Saúl Zamorano, fue designado para conducir la investigación sobre abusos sexuales cometidos al interior de los colegios maristas.