Opinión
27 de Diciembre de 2025
El factor clave del poder: el equipo del presidente
Por Marco Moreno
La experiencia del gobierno de Boric mostró los riesgos de gobernar desde el círculo íntimo. En el proceso que abre Kast, la calidad del equipo cercano será el primer indicador real de la calidad del gobierno.
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En política, el foco suele ponerse en el liderazgo presidencial, en el programa o en la capacidad comunicacional del gobernante. Sin embargo, existe una variable menos visible —pero decisiva— para evaluar la calidad de un gobierno: la conformación del equipo que rodea al presidente en su núcleo más cercano. No el gabinete formal ni la arquitectura ministerial, sino ese espacio cotidiano donde se procesan diagnósticos, se filtra información, se diseñan escenarios y se toman decisiones estratégicas. Es allí donde, como advertía Carlos Matus, se define el verdadero límite del poder.
Matus fue categórico: el techo de calidad de un gobierno está dado por la calidad del equipo del gobernante. No por su voluntad, ni por la coherencia de su programa, ni siquiera por su capital político inicial. Un presidente puede tener convicciones firmes y legitimidad electoral amplia, pero si su entorno decisional es pobre, homogéneo o complaciente, ese gobierno estará estructuralmente limitado. La razón es simple: gobernar es decidir bajo incertidumbre, y la incertidumbre se gestiona colectivamente.
En su análisis sobre la oficina del gobernante, Matus introdujo una noción clave: la ceguera situacional. Esta no surge por ignorancia individual, sino por el diseño del entorno de decisión. Cuando el presidente se rodea de apoyo cálido —equipos que confirman intuiciones, evitan el conflicto, dan solo contención emocional y privilegian la lealtad personal— la capacidad de leer correctamente el escenario político se deteriora. El gobernante deja de ver restricciones, subestima costos y sobrestima su margen de maniobra.
Este marco resulta especialmente pertinente para observar el proceso actual de conformación del equipo de apoyo directo del presidente electo José Antonio Kast. Más allá de los nombramientos ministeriales, el verdadero test de calidad estará en cómo se estructura el núcleo asesor que alimentará la visión presidencial. Desde ese espacio —más que desde los ministerios— se construye la lectura del momento político, se jerarquizan prioridades y se define el tono estratégico del gobierno.
Un presidente que aspire a gobernar con efectividad necesita un entorno que funcione como sistema de contraste, no como caja de resonancia. Esto supone diversidad real: de trayectorias políticas, de experiencias profesionales, de instituciones académicas y de miradas ideológicas dentro de un marco común. La homogeneidad puede facilitar la coordinación, pero empobrece el análisis. La diversidad, en cambio, introduce fricción productiva y reduce la probabilidad de errores estratégicos.
La literatura sobre toma de decisiones ha mostrado con claridad los riesgos de los equipos cerrados. Irving Janis acuñó el concepto de groupthink para describir cómo los grupos altamente cohesionados tienden a suprimir el disenso, sobrestimar sus capacidades y minimizar los riesgos. En política, este fenómeno se traduce en decisiones mal calibradas, diagnósticos errados y desconexión con la realidad social.
Si Kast opta por un equipo homogéneo, ideológicamente cerrado o compuesto solo por figuras de confianza personal (más próximo al 24% obtenido en Primera Vuelta), su gobierno correrá el riesgo de reproducir una lógica ya conocida en Chile: presidentes con fuerte liderazgo formal pero con baja capacidad adaptativa. En cambio, si entiende que gobernar requiere diversidad real —expertise técnica, experiencia en gestión pública, trayectorias y formación heterogénea y lectura política que sea la expresión del 58% que le dio la victoria en Segunda Vuelta— podrá ampliar su campo visual y reducir la probabilidad de errores estructurales.
La experiencia reciente del gobierno de Gabriel Boric ofrece un contraste elocuente. En su fase inicial, el Presidente privilegió un círculo íntimo de amigos, compañeros generacionales y cercanos políticos. Esa decisión, más emocional que estratégica, terminó afectando la calidad del diagnóstico y profundizando una ceguera situacional persistente. No fue un problema de falta de formación o información, sino de ausencia de contraste. Las alertas llegaron tarde, los costos se subestimaron y la capacidad de corrección fue limitada.
La lección es clara: la calidad de un gobierno no se juega solo en las ideas, sino en la conversación interna que las produce. Un buen equipo no es el que aplaude, sino el que incomoda; no el que protege al presidente del conflicto, sino el que lo expone a escenarios incómodos antes de que lo haga la realidad. Como advertía Matus, la fortaleza del gobernante no está en controlar a su entorno, sino en diseñarlo inteligentemente.
Por eso, el proceso actual de conformación del equipo presidencial no es una cuestión secundaria ni técnica. Es una señal política de primer orden. Allí se anticipa el estilo de gobierno, la capacidad de aprendizaje y el margen real de efectividad. En política, el poder tiene límites. Y esos límites, casi siempre, no los impone la oposición ni el Congreso, sino también el propio equipo del presidente.



