Columna de Rodrigo Ruiz, Movimiento Autonomista: Más allá de la política del Uno

 

De las cenizas de la transición ha emergido una derecha pretenciosa y megalómana, cuyas contradicciones internas –que están allí para quien quiera verlas–, intentan ser resueltas por una proyección refundacional que más allá de los muchos cuestionamientos que admite, reviste una potencia indudable: instaló rauda su agenda legislativa y se despachó en dos semanas una parte no menor de las reformas del gobierno de Bachelet, sin que una desmembrada Nueva Mayoría pudiese hacer mucho para defenderlas.

La “guerra relámpago” de la derecha se desarrolla a un ritmo impresionante. La casi inexistencia de oposición política ha sido un factor clave para el avance simultáneo de dos procesos (solo) en apariencia contradictorios: el vertiginoso y violento desmontaje de las reformas del gobierno de Bachelet, con varios momentos de represión en las calles; y el igualmente vertiginoso virtuosismo de una acción cargada de sentido refundacional, que no deja problema relevante de la actualidad sin una promesa de solución.

El borde más filoso de la agenda está dado por las cinco comisiones, pretendidamente conducentes a acuerdos nacionales sobre aquello que el gobierno ha colocado como temas prioritarios, que omiten, sin embargo, cuestiones de alta relevancia, como la demanda que instaló masivamente el No+AFP, la vivienda, o el manejo de los recursos naturales.

A la agenda habría que añadir además otra –que como ya es costumbre en esos temas se instala en un espacio poco visible–, que reúne a empresarios y autoridades del área económica en torno al tema de la inversión, donde el gobierno debe ejercer una importante contención de expectativas ante la ofensiva que el empresariado ha posicionado con mucha fuerza.

De modo que, más allá de sus apariencias, la cuestión de los acuerdos nacionales ha devenido un potente mecanismo de encuadre, selección y fijación de los bordes de la política, en torno a aquellas cuestiones y enfoques que resultan fundamentales para convertir el triunfo electoral de la derecha en hegemonía. Esa es una primera idea, que se refiere a los acuerdos en cuanto mecanismo de una cierta relación de fuerzas.

En segundo lugar, es importante subrayar que los verdaderos acuerdos nacionales resultan de procesos reales, marcados por la participación efectiva de segmentos políticos y sociales relevantes, amplios, incluso enfrentados. Podrán entonces ser mejores o peores sus resultados, pero un hecho es claro: un acuerdo nacional de verdadera sustantividad institucional, si nos apartamos de la caricatura elitista de la nación, no es algo que aparece por decreto, ni emana unilateralmente de la voluntad de una fuerza triunfante. Eso se parece más a una supresión sumaria de la política que al diseño de un proyecto de país.

Allí radica, en tercer lugar, un problema ineludible para el Frente Amplio: mal haríamos en creer que el desmontaje de la derecha está centrado en la obra del gobierno de Bachelet, por mucho que la apariencia sea esa. No, la ofensiva gubernamental se descarga principalmente sobre una ciudadanía activada que de miles de formas diferentes dijo “No al lucro”, que logró correr los límites y establecer nuevas relaciones sociales en ámbitos como la educación, la relación con el medio ambiente, la soberanía de las mujeres sobre sus cuerpos, o nuestra libertad para ejercer identidades sexuales, entre otros.

Más allá de sus niveles de orden o desorden parlamentario, de sus problemas de institucionalidad interna o de unas diferencias excesivamente publicitadas, la exigencia relevante para el Frente Amplio interroga su capacidad para construir una iniciativa de la envergadura y la potencia que ha mostrado una derecha fuerte, en un momento en el que solo el oficialismo parece habitar el espacio político.

Esa derecha lleva sin dudas ventaja, pero pese a las muchas apariencias que la rodean, está lejos de tener unidad interna suficiente y ser capaz de contener los instintos que la debilitan desde adentro. La escena entonces está abierta, pero no lo estará para siempre. Reinstalar la política, y revitalizarla de una forma profundamente vinculada a esos imaginarios sociales propositivos y transformadores –que después de todo, dieron forma al propio Frente Amplio–, resulta clave para sostener una apertura donde más allá de la tentación derechista de un espacio unipolar, pueda prosperar una alternativa democrática.

*Rodrigo Ruiz, Militante del Movimiento Autonomista

Comentarios
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