Los primeros días de abril de 2013, un grupo de voluntarios y miembros de Greenpeace, acamparon en la precordillera chilena simulando las condiciones climáticas para una acción que realizarían pronto: funar el proyecto binacional Pascualama de la Transnacional canadiense Barrick Gold. Pero las fuertes inundaciones que por esos días afectaban a Argentina, con 91 muertos en la ciudad de La Plata, hicieron que la organización desistiera.

Varios miembros de la ONG regresaron a Argentina, salvo un reducido número de trabajadores, entre ellos una encargada de prensa, cuyos pasajes no fueron cambiados por el entonces director de logística del organismo, Leonardo Silva. La periodista trasandina comenzó a llamar frenéticamente a su jefe en Buenos Aires, Gustavo Stancanelli, acusando a Silva de “hostigarla y humillarla”.

-Yo había hablado antes con esta persona para que la cortara y también con el director ejecutivo, Martín Prieto. Todos, sistemáticamente, se hicieron los boludos. Me decían “no es para tanto, vos sabés como es Leo”. No es que haya sido visionario, estaba clarísimo la situación se iba a desmadrar- explica Stancanelli a The Clinic.

Silva ya había sido denunciado por la profesional, al interior de Greenpeace, tras sucesivos episodios de acoso y maltrato verbal tras el quiebre de una breve relación entre ambos el año 2011. Una vez que la periodista regresó a Buenos Aires, asegura Stancanelli, Martín Prieto le pidió que la despidiera. “Me dijo que le daba vergüenza que una persona de Greenpeace se comportara de esa manera, y no se refería al acosador sino a la víctima. Luego me solicitó que la echara”, agrega.

Fue entonces cuando varias mujeres de Greenpeace en Argentina, entre ellas la directora de campaña Eugenia Testa, intentaron impedir que se concretara la desvinculación: “Intervine, aunque no era una persona de mi área, y me enfrenté al director ejecutivo. Le plantee que si la echaban, yo iba a hacer una revuelta con las mujeres de la oficina”.

A los pocos días,14 empleados de la ONG enviaron una carta a la dirección Ejecutiva y a la Junta Consultiva de Greenpeace, denunciando a Silva de acoso y hostigamiento en contra de varias mujeres y compañeros de trabajo. Seis meses más tarde el director de logística fue desvinculado de Greenpeace y la trabajadora logró mantenerse en su cargo. El asunto quedó como un desagradable episodio interno hasta el 8 de marzo de este año, cuando comenzaron a aparecer las primeras denuncias en redes sociales.

Purplepeace”

Todo partió con un inocente cambio de nombre en el twitter de la ONG en Argentina. Fue el día del paro de mujeres contra la violencia machista, el pasado 8 de marzo, cuando el organismo de protección medioambiental decidió cambiar su nombre por “Purplepeace”, aludiendo al color que representa al movimiento feminista internacional. Para muchas exfuncionarias argentinas que observaron la transformación; más que un homenaje, la medida les pareció una broma de mal gusto. No tardaron en aparecer las reacciones.

El primer guiño lo hizo Eugenia Testa, la misma que había intervenido en el caso de acoso en Chile, a través de twitter: “Hoy destaco a mujeres solidarias, dignas e íntegras con las que dimos pelea a un grupo de hombres horrendos y mujeres cómplices, y que se bancaron las consecuencias”.

Lentamente comenzaron a sumarse voces. Días después Fernanda comentó en Twitter: “Era la más chica de la oficina, el que me seguía me llevaba al menos 10 años y eso creaba un morbo y aparentemente habilitaba a que todos me dijeran lo que opinaban de mí. Escuché desde carne nueva. Te creció el culo nena, vestida así pareces una muñequita sexy hot”.

Al otro día Cecilia Alemano escribió en la red del pájaro azul: “En @GreenpeaceArg ser mujer no está bueno. Lo sabemos quienes trabajamos ahí. Acoso, presión y relaciones abusivas de poder. Mis excompañeras -despedidas por promiscuas- denuncian todo”.

La bola comenzó a crecer. Gustavo Stancanelli, el exjefe de prensa, comentó en la red social que le pidieron despedir “a una integrante de mi equipo, quien era acosada a full por un exdirector”. Hablaba de su asistente de prensa que denunció haber sido acosada por Leonardo Silva en Chile. Stancanelli, contactado por The Clinic, no sólo confirma las acusaciones que realizó la mujer sino que asegura que denunció a la junta consultiva de Greenpeace sobre la solicitud de desvinculación de su asistente, exponiendo el caso de acoso y hostigamiento. “Este tipo generaba muchas acciones machistas, misóginas. A esta chica comenzó a maltratarla en reuniones. “Cállate pelotuda”, le decía en frente de todos”, cuenta.

No fue la única vez que el exjefe de prensa del organismo observó episodios de este tipo protagonizados por Silva. “El tipo comenzó a salir con una funcionaria y en un momento de intimidad le saca fotos con el celular. El problema es que llegaba a las reuniones y te mostraba las imágenes. Obviamente la chica no le había dado ningún consentimiento para que este papanatas mostrara las fotos. Eso no me lo contó nadie, yo lo vi”, asegura.

El escándalo que había generado el caso de la asistente de prensa, motivó a 13 funcionarios de la organización a denunciar a Silva, el 3 de julio de 2013, por abuso de poder, acoso laboral, hostigamiento reiterado, amenazas, intimidaciones, maltrato, difamación y violencia de género, entre otras causales. El caso se destapó públicamente a partir de la efervescencia en redes sociales posterior al 8 de marzo.

Natalia Machain, abogada ambientalista y directora política de Greenpeace en Argentina, reconoce que tras seis meses de entrevistas individuales, la organización decidió desvincular a Leonardo Silva por “acoso laboral y hostigamiento”. Las personas que lo denunciaron alegan que le pagaron una indemnización millonaria y que se encontraron con él en otra actividad que organizaba la ONG.

Eugenia Testa, quien encabezó la denuncia en contra de Silva, fue exdirectora de campaña de Greenpeace hasta el año 2014 y la única mujer que formaba parte de un directorio de siete miembros. “Era un grupo bastante machista, donde había comentarios desubicados, lenguaje soez y chistes fuera de lugar. A veces, cuando argumentaba algo, trataban de sacarme del eje hablando de mis atributos físicos. Me da vergüenza decirlo pero se referían a mis pechos. Era algo bastante recurrente. Uno no sabe cómo reaccionar, porque estás en inferioridad numérica y no te lo esperas. Después te dicen que tienes mal carácter, que no aceptas un chiste y al final te tratan de loca”, explica hoy.

Testa aseguró a The Clinic que en cuanto se hizo parte en la denuncia realizada en favor de su compañera, los directivos del organismo decidieron redefinir su puesto de trabajo. “Las tareas que hacía se las repartieron entre los otros directores y a mí me dejaron básicamente en tareas administrativas. Hubo un vaciamiento de mi puesto, degradándome laboralmente, sin intervenir en reuniones claves, para desgastarme y que me fuera”, recuerda.

Finalmente decidió renunciar a fines del año 2014, luego de enterarse que sus cuentas de correo personal habían sido revisadas y parte de la información se habían divulgado públicamente. Una semana más tarde, dos funcionarias del equipo que encabezaba Testa; Consuelo Bilbao y Lorena Pujó, fueron despedidas con una diferencia horaria de 10 minutos. Consuelo había sido cuestionada por organizar a las mujeres y varones contra el acoso laboral. Lorena acusó ser tratada con violencia y de manera despectiva por Martín Prieto, el director ejecutivo de Greenpeace.

Prieto lleva 23 años en el cargo y desde el año 2014 que es el director ejecutivo de las oficinas de Argentina, Chile y Colombia. Gustavo Stancanelli, exjefe de prensa en el organismo, asegura que el director veía videos pornográficos en su escritorio, en una sala que compartía con más personas. “En la vida privada cada uno hace lo que quiere, pero vos no podés ser el director de una organización y estar viendo porno delante de todos con el volumen alto. ¿Qué está esperando? Qué todo el mundo se saque la ropa y se pongan a coger. Es demasiado bizarro y violento”, reflexiona.

Samuel Leiva, exdirector de campañas en Chile, cuenta que en una reunión de coordinación en marzo del año 2014, a través de una videoconferencia, escuchó unos gemidos extraños. Al otro lado de la línea se encontraba Martín Prieto. “Una vez que se conecta, nos dice dos o tres palabras y de repente se siente los típicos sonidos de una película porno. Uno de los que estábamos le dice “Prieto, ¿qué es eso?” y él se hizo el desentendido, como si no hubiera pasado nada. Ni siquiera pidió disculpas”, recuerda.

Otra vez, asegura Leiva, durante una visita de Prieto a Chile lo escuchó referirse a una compañera de trabajo de una manera grotesca. “Esta debería chuparmela, dijo. No le tomé mucha importancia, pero lo encontré desubicado, como que se había pasado de patudo”, recuerda.

Scantanelli rememora otro episodio en Colombia. Un equipo de la organización se encontraba compartiendo un departamento y vio cómo su director se paseaba en calzoncillos delante de todos. “Había mujeres y el tipo se paseaba con sus slip, una especie de zunga brasileña, que era casi como pasearse en bolas”, recuerda.

Luego de la renuncia de Eugenia Testa, a fines del 2014, ella y sus dos excolaboradoras, Consuelo Bilbao y Lorena Pujó, iniciaron un juicio laboral en contra de la agrupación ambientalista acusando despido discriminatorio. Desde Greenpeace aseguran que la presentación es efectiva, pero que no tenía relación con cuestiones de género. Natalia Machain asegura que la verdadera razón de las desvinculaciones fue porque las mujeres comenzaron a colaborar en el partido verde de Argentina. “El primer mandato de Greenpeace a nivel internacional es la independencia político y económica. Eugenia reconoce esto. Sus dos colaboradoras, según pudimos verificar después, formaban parte de una manera inadecuada de esta agrupación, por eso se decide desvincularlas”, detalla.

Pocos meses más tarde, las mujeres presentan una denuncia a Greenpeace Internacional. El organismo decidió contratar a una consultora especializada en equidad de género y clima laboral. “Esta consultora derivó en un informe con la conclusión de que no se  habían detectado situaciones de hostigamiento laboral ni de discriminación”, agrega Machain. 

-La respuesta fue un total lavado de imagen. Esto ya no se trata de un problema de una persona, sino de toda la organización porque hubo denuncias, se hicieron evaluaciones y Martín Prieto sigue en el puesto, siendo protegido por Greenpeace internacional- concluye Eugenia Testa.

Casos en Chile

Samuel Leiva ingresó a Greenpeace Chile el año 98 como voluntario y terminó siendo el director de campañas del organismo en nuestro país. Un cargo donde se mantuvo hasta abril del año 2014 cuando decidió dar un paso al costado. Después de la fusión de las oficinas de Greenpeace en Argentina, Colombia y Chile, en el año 2012, Samuel asegura que no le empezaron a aprobar los planes de campaña, aislándolo de la toma de decisiones. “Algo muy similar a lo que le sucedió a Eugenia Testa. Después no te aprueban los planes, los proyectos quedan postergados y finalmente te sacan de una reunión”.

La oficina de Greenpeace en Chile reconoce el episodio, pero asegura que todo se debió una restructuración de área. “Efectivamente se le solicitó por escrito no ingresar a una única reunión, en los días previos a su salida, por cuestiones propias del proceso de evaluación de su rol”.

Después del portazo, asegura Leiva, acudió a la dirección del Trabajo a estampar una denuncia en contra del Director Ejecutivo del organismo con sede en Argentina. “Martín Prieto viajó exclusivamente a Santiago para desvincularme porque, según él, estaba desmotivado. Siendo que le había mandado un montón de correos, solicitando aclarar mis funciones y no me respondió. Si no quería trabajar conmigo me lo pudo haber dicho”, explica.

Greenpeace Chile, consultado por The Clinic, asegura que el proceso de desvinculación de Leiva fue en buenos términos. “Estuvo lejos de ser traumático, fue sumamente conversado, no tenemos antecedentes de una denuncia”, dice la vocera de la organización en Chile, Soledad Acuña.

No es el único caso en el país. Elizabeth Soto trabajó en Greenpeace desde el año 2009 a 2016, fue consejera política de campaña, y venía pidiendo un reajuste de sueldo hacía bastante tiempo. “Tenía un cargo de alta confianza, me relacionaba con autoridades, pero me pagaban bastante menos que un compañero del mismo rango”, cuenta. Sólo después de la salida de Samuel Leiva, su antiguo jefe, logró que le reajustaran el sueldo.

En otra ocasión la dejaron fuera de un viaje, sin consultarle previamente, pese a que como Bióloga Marina era experta en materia de océanos. Cuenta que le preguntó a Matías Asun, director de la oficina en Chile, y éste le respondió que lo hacía “porque tenía hijos”. “Es válido pensar que puedas tener problemas para dejar a los niños, pero por último que te preguntan. Una se organiza y va, pero que pongan como excusa que tienes hijos, lo sentí como una discriminación. Es súper valido prescindir de un trabajador, pero no creo que esa sea la forma. Es una mala práctica”, reflexiona Elizabeth.

Greenpeace Chile, consultado sobre el caso de Elizabeth, respondió que las mujeres tienen todas las disposiciones respecto a la flexibilidad de horario y de trabajo, “con las mismas oportunidades que el resto, igual trabajo e igual salario”.

Ingrid Lagos, otra exfuncionaria que trabajó hasta el año pasado en la oficina chilena, asegura que no tuvo ningún inconveniente durante los 10 años que trabajó en Greenpeace, salvo una excepción: cuando decidió afiliarse al sindicato. “Siempre me presionaron para que me saliera, particularmente el director de finanzas que se encontraba en Argentina. Nunca te lo dicen abiertamente, sino que eres una persona de confianza de ellos y que deberías estar más alineada con la dirección. En el fondo es una práctica antisindical”, asegura.

La partida de Ingrid fue de mutuo acuerdo y estuvo relacionada a su evaluación de desempeño y no tuvo ninguna relación con su participación en el sindicato”, aseguraron desde Greenpeace.

En el año 2012 varias trabajadoras de la organización en India denunciaron acosos, y una de ellas violación, por parte de un compañero de trabajo. El caso se destapó tres años después. El organismo aseguró a través de un comunicado que “los procedimientos fallaron” y la denuncia “no fue manejada adecuadamente”. “Somos conscientes de que tenemos que cambiar nuestra cultura para que la gente se sienta segura de informar tales sucesos”, aseveró la oficina de India.

Es precisamente esta situación, relativa a la cultura de trabajo interna, la que más ha calado en el grupo de extrabajadoras que denuncian a la agrupación ambientalista. Es por eso que no son pocas quienes definen al organismo como un verdadero “club de machos”.

Elizabeth Soto asegura que las denuncias que han aparecido durante el último mes, muchas de ellas reveladas años después de los sucesos, responden al compromiso de los trabajadores con la causa que defiende la organización. “Hay personas muy buenas al interior, pero hay otras ególatras y narcisistas que aprovechan la marca para sacar sus asuntos a flote. Lamentablemente muchos trabajadores no alzan la voz porque no quieren salpicar a la causa”, dice.

Hay una creencia que porque uno trabaja en causas benéficas, con principios universales, toda la gente de la organización comparte determinados valores. Eso no es así. Martín Prieto ha manejado la organización a su antojo. Lleva 23 años en el cargo. No hay transparencia ni alternancia, porque las prácticas o defectos  propios se vuelven una cultura organizacional diferente”, asegura Eugenia Testa.

Desde la organización en Argentina aseguran que solicitaron a Greenpeace Internacional la participación de Susan Sinnet, encargada de la oficina de integridad de la ONG para la elaboración de un informe. “Esta persona estuvo trabajando toda esta última semana en Chile y Argentina. Tenemos un compromiso absoluto en esta situación y esperamos las recomendaciones para ver si son necesarias algunas reparaciones al respecto”, aseguraron desde la oficina en Argentina.