Este viernes el diario El Mercurio recoge el testimonio completo del sargento de Gendarmería, Héctor Palma, formalizado y luego puesto en libertad por su actuar en el bullado caso de torturas en el penal Santiago Uno contra los ecuatorianos imputados del crimen de Margarita Ancacoy.

En su testimonio, Palma narra paso a paso lo que hizo durante la agresión a los presos y se defiende de aquellos que aseguran que hizo “visto gorda”, tal como aseguró el Ministerio Público.

En primer lugar, Palma relató que él y otros dos colegas son los encargados de cubrir los módulos 11 y 12. Uno se queda en el segundo piso de las visitas, mientras que los otros dos ven lo que resta. Como entre las 12 y 2 de la tarde todo siempre es bastante tranquilo, el gendarme le dijo a su compañero que se fuera a almorzar.

Palma cuenta además que debe vigilar los patios de los módulos 11 y 12 desde un sitio llamado la “Pecera”, que le otorga una buena visión de dichas zonas, también debe estar pendiente de los ingresos de abogados, gendarmes e internos que transitan por un pasillo cercano. Por si fuera poco, revisa el ingreso de internos que llegan desde tribunales o la enfermería.

Los requerimientos de los presos que lo llaman desde el patio también es una de sus preocupaciones, afirma Palma, al mismo tiempo que detalla que sucede “todo esto, en medio de un ruido ambiente permanente, entre el boche de los internos, la música que la ponen a todo volumen y el ingreso de gente a la zona”.

Pues bien, bajo este contexto Palma comienza a relatar el momento en que se dio cuenta de la tortura que se estaba realizando contra dos internos del recinto penitenciario:

“Como veinte para las dos de la tarde levanto mi cabeza y escucho un boche que superaba al ruido de la música. Miro y veo un tumulto en medio del módulo 11. Me paro, las llaves están colgadas. Pesco las llaves de la reja del módulo 11, me voy al acceso, abro la puerta de acceso al patio, dejo la puerta de acceso al patio abierta… Eso fue todo muy rápido. Llegar ahí fueron segundos. Me acerco a la turba y cuando voy llegando, veo que unos 50 gallos están pateando a un interno. Patadas en la cabeza, en la espalda, donde llegara. Pero le buscaban la cabeza. Cuando me logro meter bien dentro de la turba, me doy cuenta de que son dos internos a quienes están pateando. Esa acción, en otro módulo, hubiera sido para mí impensable, porque antes de que avanzara me hubieran metido así una lanza y me lanzan para afuera. Pero aquí me conocen y, de algún modo, me respetan”.

En este punto juró que actuó rápido, incluso admite que se le quedó hasta la reja abierta para llegar lo más pronto posible. Eso sí, aclara que los internos no podrían haber escapado, puesto que hay más rejas a medida que se avanza por los pasillos.

Añade que “lo que correspondía ahí era que yo pescara la radio y llamara a refuerzos. Pero si llamo a refuerzos pierdo 10 a 15 minutos esperando a que lleguen. Y en 10 o 15 minutos, a esos gallos los matan. ¿Me entiende?”

Tras rescatar a los ecuatorianos, detalla que “salieron los dos chocando con las murallas, y los internos todos se achoclonaron en la reja. Saqué a los dos y los metí en una pieza donde los cerré con reja. Y escuché el primer ‘gracias’, de uno de los dos. Me devolví y recién cerré la reja. ¡Ufff, terminé!”.

En otros pasajes sostiene que “esta no es primera vez que a los internos les cortan el pelo, porque esa es una cuestión ya casi tradicional en la población penal. Ni menos que les peguen. Aparte de sus fierrazos en la cabeza. Aquí no hay nada extraordinario. Esto es normal”.

A renglón seguido, el gendarme asegura que jamás supo que los ecuatorianos eran de connotación pública, puesto que si fuera así “no me pisan este lugar, yo los tiro para afuera”. Junto con ello, recalca que tampoco vio los golpes de corriente que fueron aplicados.

Sin saber realmente quiénes eran, Palma llamó a la guardia interna para que los sacaran y se olvidó del tema.

Luego de almorzar, le informan que hay que tomarle declaración por lo ocurrido. En ese momento le explican que “estos pasteles son ecuatorianos” y le preguntan: “¿Dónde quedaron los otros dos?”.

Fue un segundo en que quedó heladísimo, porque pensó que si seguían en los módulos podrían estar muertos.

“No, si los otros dos andan en otros módulos”, dijo otro funcionario, calmándolo.

Pese a que estaba tranquilo, durante la madrugada del jueves llegan 3 funcionarios de la PDI para interrogarlo en su hogar. Usó su derecho de no declarar sin la presencia de su abogado.

Al día siguiente le contaron que el Ministerio Público lo estaba requiriendo, por lo que quiso ir a la PDI a entregar su testimonio. En ese momento lo dejan detenido y se da cuenta que al otro día sería formalizado por delito grave.

Vale decir que el gendarme quedó en prisión preventiva por delitos de apremios ilegítimos y tortura por su tardío actuar.

En la actualidad se encuentra en libertad tras decisión de la Corte de Apelaciones de Santiago.