¿Acaba de llegar a Chile? ¿Lo hizo hace un tiempo pero aún no nos termina de entender (y no me refiero al idioma, sino a las actitudes)? Este artículo fue escrito para Ud.

1.- En Chile nadie toma la iniciativa. No insista. Y el que lo hace o es héroe patrio (Prat) o villano (“Cóndor” Rojas). El inmenso resto de los ciudadanos del poto del mundo se deja llevar por la corriente. A nivel gerencial es habitual abrazar la “técnica del corcho”, que consiste en esquivar cargos de alta responsabilidad, de manera que la amenaza de la destitución o el despido nunca se cierna sobre quien la practica.

2.- El chileno siempre dirá que estuvo allí donde ocurrió ese evento top, que justo vio el programa en que hubo tal momento televisivo, que escuchó textual a X famoso decir lo que todos dicen que dijo (aunque ni haya soñado decirlo). Si fueran ciertas las versiones de todos los hijos de esta tierra que aseguran haberse empelotado cuando vino Tunick a esa acción de arte se habrían adherido cinco millones de compatriotas.

3.- La vieja colá. Amparadas en su edad y en una fragilidad que nunca fue más aparente que en estas instancias, las veteranas más dulces se transforman en potentes retroexcavadoras que arrastran todo a su paso cuando de comprar mortadela o azúcar se trata. Operan en horas comercialmente peak en almacenes de barrio de preferencia atestados de clientes. Como esos establecimientos rara vez cuentan con dispensadores de números para regular el turno de la atención, se van arrimando lenta pero decididamente a los lugares más cercanos al dependiente y cuando están a tiro de cañón exhalan, con la voz más inocente de que son capaces, su pedido, tornando imposible el reclamo de los quince que llegaron antes que ella. Una manga de apocados no es obstáculo para una anciana fresca e’ raja.

4.- Jamás de los jamases prestarle dinero a un chileno. No porque no lo devuelve, sino por el insufrible calvario que hace pasar a quien tuvo la mala idea de socorrerlo en un momento de apuro económico. El deudor informal nativo suele usar frases como “si te voy a pagar oh…”, “p’tas que soi’ desconfiao, la cagaste…” y, la mejor de todas… “de haber sabido que eras así no te pido esa plata prestada”. El cobrador llega a sentirse un inescrupuloso enfermizo, cuyo excesivo materialismo lo lleva a cobrar una vil suma aun cuando esto ponga en riesgo una amistad de años.

5.- Acá no devolvemos ni libros ni herramientas. Claro, por fuera Ud. verá que se trata de un préstamo temporal, pero en el fondo quien entrega el texto o utensilio y quien lo recibe –sobre todo quien lo recibe– saben que están ante una cesión irreversible.

6.- Más que pintoresca, la siguiente es una extraña acostumbre. Es casi como si se tratara de un juego, que buscara romper la rutina citadina y generar un mayor roce físico no sexual entre los ciudadanos. Se trata de lo siguiente: cuando las puertas de los vagones están por abrirse una gran cantidad de pasajeros se aglomera justo delante de ellas, con el objeto de obstruir la salida de quienes intenten bajarse en esa estación. Y no sólo eso: los que están afuera pujan por ingresar al vagón, dando lugar a esta graciosa dinámica, que llena de adrenalina esos momentos del día, sobre todo si hablamos de andenes sobrepoblados como Baquedano o Los Héroes. No se sulfure si le toca por primera vez y quiere bajarse del carro. Ya le encontrará la retorcida gracia.

7.- No importa con cuánta antelación le comunique a un nacido y/o criado en este país algún plazo para que le entregue algún informe, relación de hechos, trabajo universitario, minuta, memo o gestión, por más perentorio que le recalque que sea dicho plazo. Siempre él o ella van a esperar hasta el último minuto para hacérselo llegar. Y no es que sean sádicos y lo hayan elaborado, corregido y anillado hace días y aguarden la llegada de la fecha fatal para enviárselo porque quieren verlo consumido por la ansiedad. Es simplemente que está en su ADN. Acá se mira feo a los que llegan antes de lo acordado a un lugar. Para nosotros ésos son los verdaderos impuntuales.

8.- Perdonar al más aborrecible, olvidar la afrenta más fea, conformarse en tiempo récord con la situación más insufrible, abrazar de nuevo y como si nada al amigo que nos cagó con la polola (se estila en estos casos emborracharse y pelarla a destajo a ella). Son sólo algunas de las proezas masokas de las que no nos enorgullecemos, pero que tampoco nos mortifican demasiado. Al chileno le meten a diario el dedo en la boca, o el confort si Ud. quiere. Al chileno le pueden poner un concierto de Nicky Jam (el cantante más desafinado que ha pisado la Quinta Vergara ever) a 78 mil pesares la galucha y el Movistar Arena va a estar lleno de bote a bote. No ha pasado, pero para allá vamos. Eso de “solamente la puntita” el consumidor nativo lo cree una y otra vez.

9.- Un chileno nunca le dirá (a la cara al menos –ni por mail, ni whatsapp, ni DM) algo de Ud. que a él no le agrade. Excepciones si su cuenta de Twitter no muestra ni su foto ni da señas de su identidad real o si no lo conoce para nada y está 100% seguro de que nunca darán con su paradero. Si lo hace y no cae dentro de las excepciones referidas, probablemente sangre extranjera corra por sus venas. Y ojo: que no le diga que no tiene nada contra suyo no significa que sea cierto. Si el pelambre fuera una disciplina olímpica Chile sería una potencia deportiva mundial. Somos los reyes del eufemismo. Decimos “lo principal es que nació sanita” cuando nos mordemos la lengua por decir “la guagua pa’ fea…”, “te llamamos” en vez de “mientras yo viva nunca trabajarás acá” y, al junior de la oficina, “¿cómo te fue con mi trámite?” para no decir “me pasas el vuelto y la boleta. Sobre todo el vuelto”

10.- Pareciera que los ascensores fueran un lugar sagrado para los chilenos. Es que el silencio que reina en esos cubículos (sobre todo cuando van con presencia nominalmente humana) es sobrecogedor. Y no se crea que este mutismo obedece a que las personas transportadas por este aparato no se conocen: si se trata de vecinos la ausencia de sonido es aún más intensa.

11.- Por nada del mundo se le ocurra consultarle a un chileno por una calle a la que tiene que llegar. Se le pegará como una babosa gigante y tendrá suerte si retiene alguno de los datos que le proporcionará, más de un par, contradictorios. Todos llenándolo de sobreinformación innecesaria. Y lo mejor es que cuando Ud. piense que el suplicio terminó volverán por Ud. Una y otra vez, como en una pesadilla interminable. Primero le dirán “tiene que caminar dos cuadras hacia allá y donde está ese niño con las pelotas en el semáforo tirarse a la izquierda” 2 segundos después… “es una calle en la que al fondo hay una ferretería” 1 segundo después… “una ferretería grande, no la chica, que esa pasa cerrada” 38 nanosegundos después… “es que el dueño se cae seguido al frasco”

12.- Atención acá. Cuidadito con lo que dice. Por estos lados a prácticamente cualquier expresión que tenga un mínimo alcance erótico se le va a conferir una connotación manifiestamente erótica. Todo se toma en doble sentido. Y cuando digo todo me refiero a todo (“enterito”, para seguir con la tonterita). Ud. dice “profe, ¿cuándo va a poner la nota?” y basta que el pedagogo interpelado responda “a ti te la voy a poner hoy” para que todo el curso explote al unísono en toda clase de interjecciones, aullidos y vítores celebrando lo que para ellos ha sido una evidente amenaza de corte “sesual”. Si alguien hiciera una estadística al respecto, ésta sería demoledora. Se descubriría que no pasarían más de cinco minutos antes de que en un grupo de chilenos empiecen a proliferar alusiones, interpretaciones y hasta análisis telepáticos ombligo abajo (“antes de soplar las velas pide un deseo… ¡¡¡ése noooo!!!”). Si es una dama la que dice algo que deja en bandeja la posibilidad de hacer alarde de la mente de alcantarilla de los machos presentes, uno de ellos le comentará, con aire perdonavidas, “no voy a decir nada mejor…”. Es lo más cerca a la caballerosidad que somos capaces de llegar de este lado de la cordillera.

13.- “¿Hoy día era? Pucha… Pensé que no iba la cosa porque no me confirmaste que iba”. Típico. En Chile no basta con pactar un encuentro, reunión, almuerzo, junta de ex alumnos, carrete o partuza una sola vez. Hay que recalcar que nada ha interferido con el programa original (lo que es hasta cierto punto comprensible en un país cataclísmico como el nuestro), de manera que todo sigue su curso, según lo establecido. Si no existe ese mail, toque de Facebook, WhatsApp o telefonazo (“los espero entonces en mi casa mañana”, etc.), en especial en las horas previas a la fecha y hora señaladas, se entiende que se ha cancelado todo.

Créalo o no, así funcionamos por estas tierras. Códigos de pacotilla, pero que a estas alturas son inoperables.