Foto por @darkmeow

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“Vengo para mirar de nuevo

Para deducirlo y despertar el ojo ciego

Sin miedo, tú y yo
Descolonicemos lo que nos enseñaron
Con nuestro pelo negro, con pómulos marcados
Con el orgullo huido en el alma tatuado
Vengo con la mirada, 

Vengo con la palabra, esa palabra hablada

Vengo sin temor a no perder nada”

(Extracto de “Vengo”, Ana Tijoux)

 

 

Por Danitza Jiménez y Trinidad Bórquez

Cuando hablamos de desigualdad de género, ¿tiene sentido hablar de tener una actitud positiva hacia nuestro cuerpo? En La Rebelión del Cuerpo hemos recibido mucho ese comentario porque ¿Qué sentido tiene hablar de “una actitud positiva hacia nuestro cuerpo” si vivimos en una sociedad en donde, día a día, vivimos expresiones “más graves” de la desigualdad de género como femicidios, acoso y abuso sexual, brechas salariales obscenas, entre otras? Creemos – y sabemos – que la desigualdad de género es multifacética y persistente; y, como tal, todas sus expresiones son susceptibles de análisis, sobretodo las más invisibilizadas y naturalizadas. Entre estas últimas, por supuesto, encontramos nuestra relación con nuestro cuerpo, sustentando –en la base misma – las manifestaciones estructurales de la desigualdad de género. Por ejemplo, la misma “ola feminista” de este año, en tomas y asambleas, no sólo abordó la necesidad de una educación no sexista y la redacción de protocolos preventivos de abuso sexual, sino que también habló de temas como el “body positive” y la “gordofobia”. Entonces, cuando hablamos de desigualdad de género, la discusión entre dimensiones “más” o “menos importantes” nos parece, a lo menos, antojadiza.

El movimiento “body positive” – cuya traducción al español sería “positividad corporal” – se origina en la década los 60’ en Estados Unidos, de la mano de las escritoras Connie Sobczak y Elizabeth Scott, ambas psicoterapeutas especialistas en trastornos alimentarios. Su objetivo, entonces, fue enseñar a las personas a superar los conflictos con sus cuerpos a la luz de los nuevos discursos respecto a la relación “sobrepeso y salud” por parte de la Asociación Nacional para Avanzar en la Aceptación de la Grasa (NAAFA, en inglés). Actualmente, sin embargo, el “body positive” trasciende la visibilización y aceptación de los cuerpos gordos, y se centra en los conceptos de “autoaceptación” y “amor propio” en relación a una serie de características (físicas) “no deseadas” socialmente tales como la delgadez extrema, el tipo de cabello, los colores de piel, las arrugas, la estatura, las canas, las cicatrices, el vello corporal, la flacidez, y la discapacidad o malformaciones físicas. En diciembre de 2017, nos sorprendió “#TheREALCatwalk” (“La verdadera pasarela”, en español), actividad que se viralizó como “El desfile anti Victoria’s Secret” y que consistió en un desfile de lencería con modelos “pocos convencionales”, es decir, alejadas del cánon de belleza tradicional. El éxito fue tal que en 2018 Londres tuvo su propia versión. Sin embargo, estando a miles de kilómetros de estas ciudades, queda cuestionarnos ¿Cuál es el mensaje sobre “body positive” que se ha expandido hasta América Latina?

Primeramente, debemos ser claras en señalar que no creemos que este movimiento represente algo negativo. Por ningún motivo. Sin embargo, creemos que el análisis debe ir más allá de la “autoaceptación individual” y ver qué hay detrás de nuestros cuerpos diversos: qué historias, disidencias, clases sociales, valores, idiosincrasias, culturas, y colores son representados. Creemos que “traer el body positive” a América Latina o a Chile es un ejercicio mucho más complejo que sólo trasladar un concepto de lugar. Por lo tanto, es necesario que veamos el “body positive” desde la perspectiva de nuestro contexto socio-histórico, desde nuestra identidad latinoamericana.

Históricamente, América Latina ha sido un territorio de conquista. Al igual que la tierra o los recursos naturales, nuestros cuerpos también han sido espacio de conquista. Los estereotipos de belleza, por lo general, representan un imaginario racista y prejuicioso, basado sobre la censura de los cuerpos indígenas, gordos, negros. La escritora boliviana Julieta Paredes señala que  nuestros cuerpos son el lugar donde las relaciones de poder nos marcan de por vida, lo cual se expresa cuando notamos que las imágenes mentales que construimos sobre los cuerpos están cargadas de machismo, racismo, clasismo. En el fondo, los estereotipos de belleza representan a mujeres altas, delgadas, con rasgos caucásicos que, en América Latina, representan a la clase alta. En el “mejor” de los casos, las mujeres que no seguimos este ideal de belleza somos “exóticas”, una “excepción” sexualizable o hipersexualizable como es el caso del cuerpo de la mujer negra en una sociedad que se considera “blanca” como la chilena.

A partir de discusiones como las anteriores es que se alza, en América Latina, el feminismo decolonial. Esta corriente apunta a la interseccionalidad de los conflictos de género/sexo con los de raza/etnia y clase, entendiendo que en Latinoamérica se da una conjunción de elementos coloniales que terminan por crear una situación particular de opresión para las mujeres. De este modo, el feminismo decolonial se plantra ante la clásica corriente feminista europea y norteamericana, dando cuenta la especificidad de las mujeres latinoamericanas. Trabajado por autoras como Ochy Curiel y Yurdekis Espinoza, el feminismo decolonial invita a darle una relectura crítica a nuestra historia a través del antirracismo como corriente importante dentro del feminismo (en cualquiera de sus luchas). En este sentido, cabe señalar que el “body positive” ni las corrientes feministas clásicas han logrado escapar a márgenes academicistas, racistas, clasistas, y de “primer mundo”. Basta con preguntarse quiénes son hoy las grandes referentes del feminismo: Simone de Beauvoir, Mary Wollstonecraft, Kate Millet, Susan Sontag, entre otras. No desconocemos el aporte de estas académicas, por el contrario, ha sido y es valiosísimo. No obstante, es preciso destacar que ninguna de ellas aborda el contexto latinoamericano.

Con el objetivo de destacar nuestro carácter latinoamericano, nuestra apuesta es dejar de hablar de “body positive” y comenzar a referirnos al “amor corporal” o a “la positividad del cuerpo”, en nuestro idioma. Es hora de comenzar a hacernos cargo de nuestra historia, de nuestros saberes, de nuestra imagen latinoamericana. Sabemos y reconocernos como latinoamericanas debe ser un elemento central en nuestro trabajo como feministas. La feminista brasileña Maria Betania Ávila explica que mientras el feminismo no reivindique el control de las mujeres de sus propios cuerpos, esta corriente no se puede radicalizar. Entonces, no podemos rebelarnos sin reconocer a nuestros cuerpos dentro de nuestros contextos, de nuestra comunidad latinoamericana, o como mestizas y “sudacas”: porque nuestros rasgos mestizos, baja estatura, piel morena, ojos rasgados, pelo grueso y oscuro, es lo que nos conecta con nosotras mismas y con nuestra historia colectiva. Así, entendemos que nuestros cuerpos son portadores de historia, de memoria, de lucha, y que no son algo reducible a la mera “aceptación por sobre el estereotipo”.

¿Cuál es el sentido del “body positive” en América Latina, entonces? Creemos que el conflicto con nuestros cuerpos no es algo individual, por lo tanto, no es algo que deba ser tratado o remediado individualmente con corrientes como el “body positive”. Por el contrario: colectivamente debemos apropiarnos de lo que siempre se nos ha sido negado, colectivamente debemos construir el amor al propio cuerpo. Es nuestra autoestima, precisamente, nuestra herramienta de empoderamiento: no existe cuerpo que no sea cuerpo político.