Este año será recordado por diversas razones, pero sin duda la revelación de parte de nuestros propios pecados como sociedad es lo que marcará un antes y un después respecto a cómo hemos sido tratadas las mujeres, sobre todo por la valentía de muchas de contar verdades que muchas no hemos sido capaces de comentar con nosotras mismas y mucho menos con un tercero. Ni hablar de un medio de comunicación, a través del cual el relato de un abuso sexual llega a un “muchos” totalmente ilimitado, un otro que en estos tiempos nos puede gritar por redes sociales que somos unas locas, unas mentirosas, unas paranoicas. Nada muy nuevo cuando se trata de ser mujer y alzar la voz. Tampoco nada muy nuevo cuando se trata de decir “fui abusada” o “fui abusado” y llega esa pregunta que te quiebra: “¿Estás segura(o)?” ¿No lo habrás imaginado?”

Ser valiente para narrar una experiencia de abuso -como lo han recalcado los especialistas- requiere de un trabajo largo e incluso interminable de terapia y reconstrucción de confianzas para conseguir algo que es sumamente difícil y muy preciado: el relato de lo que pasó. No es fácil ordenar la memoria, pues el abuso tiene algo de eso, de ser engañoso con nosotros mismos. Es por eso que las dudas dañan y hacen retroceder, porque quizás yo lo provoqué o hasta lo acepté, aunque haya tenido seis años o tenga 40. Bien lo aborda la documentalista Jennifer Fox en su película “The Tale” (HBO; 2018), en la cual la valentía estuvo en mirar su propia experiencia traumática de adolescente cuando fue violada sistemáticamente por su preparador físico en clases de equitación, un evento que su mente había disfrazado de una relación consentida y que destaparla fue como un bombazo. Y así como no es fácil ordenar el puzzle mental, contarlo puede ser una odisea.

El comentado reportaje de Canal 13 sobre la defensa del cineasta Nicolás López rompe algo en las presuntas víctimas, daña, y sus efectos van más allá la historia puntual de estas acusaciones. Publicar las declaraciones de las denunciantes en la Fiscalía y los mensajes y audios de Whastapp -que son los medios de prueba de la defensa de López- destruyen no sólo la confianza que estas mujeres pusieron en la justicia, sino también la posibilidad de que otras víctimas, ya sean hombres o mujeres, se atrevan a hacerlo. No es novedad decir que la protección de una víctima de abuso sexual es fundamental para no re victimizarla, es decir, hacerla vivir nuevamente el trauma, lo que sabemos que implica miedo, vergüenza y sufrimiento, pero parece que, aunque lo hemos repetido hasta el cansancio, hace falta recalcarlo.

“Es que no es cierto”, “es que ellas mienten”, es la defensa del cineasta. Que ellas estuvieron en permanente contacto con él y llamarlo o juntarse es prueba de ello. Juan Pablo Hermosilla, abogado de las denunciantes, acierta cuando explica que conductas como esas son algo común en el abuso, porque la verdad es que lamentablemente (y eso es parte del daño posterior), esa relación muchas veces se sigue manteniendo, ya sea porque el victimario es amigo de la familia, es de la propia familia o es alguien incluso del grupo de amigos. Es algo retorcido e incomprensible, pero es totalmente cierto. Decirlo aquí no es acusar a Nicolás López ni estar del lado de nadie, es simplemente dar cuenta de un hecho importante a considerar al momento de informar. López sigue siendo un presunto abusador y quienes lo denunciaron son presuntas víctimas, la verdad la determinará la justicia y eso es lo que todos esperamos. Aunque personalmente quiero más, y eso tiene que ver con que aprendamos más a informar sobre estos casos, porque hay consecuencias sociales importantes y como periodistas somos respetados en la medida en que nos ganamos ese respeto.

2018 será recordado como el año en el que muchas víctimas de abuso sexual se atrevieron a desenterrar sus peores miedos y sufrimientos para hacer justicia para ellas y también para el resto. Pensaremos en 2018 como el año en que las mujeres decidimos que no más, que basta, que ya ha sido demasiado, y en todos los ámbitos. Por eso marchamos y todavía nos movemos atentas y suspicaces en una sociedad que, a veces en un pestañeo, nos sigue relegando y nos intenta marcar, con o sin sutilezas, que nada ha cambiado tanto. Ver en televisión abierta los detalles de los testimonios de las mujeres que acusan a Nicolás López, acompañados de imágenes de ellas con poca ropa e insinuando que todo se trata casi de una confabulación colectiva contra el director (sin entender el costo que tiene para cada una), es parte de eso. De lo que nos falta.

*Lyuba Yez, periodista.
Experta en ética periodística.